Recomenzar
Ponerse a escribir de nuevo
algo para publicar en el blog después de unas cuantas semanas sin hacerlo
resulta costoso. Parece como si no fueras capaz de encontrar un hilo conductor suficientemente
sólido sobre temas en los que piensas que vale la pena decir algo, entre otras
razones porque es el mejor método que he encontrado para no dejarme llevar por
impulsos primarios al juzgar situaciones, decisiones, acontecimientos,
comportamientos… y, a la vez, para cuestionarme respecto a ellos.
Tengo la ventaja de poder
realizar esta tarea sin una dependencia profesional; además, hace ya bastante tiempo
que percibí que conviene no agobiarse por el número de lectores que sea capaz
de aglutinar, en parte porque no sé hasta qué punto son fiables los datos que
me ofrece el contador de blogger. Habiendo tanto donde escoger con propuestas
muy atractivas, hay que agradecer que haya alguien que te preste atención.
Lo que he constatado es el
aprendizaje que adquiero con ello, hasta el punto de considerarlo como un medio
muy propicio de conocimiento propio. Cuando pones blanco sobre negro lo que te
bulle en la cabeza, el asunto que se trata adquiere una nueva dimensión, intervienen
factores racionales que moderan los emocionales. Si, además, lo expones en un
escaparate al alcance de un público vasto e indeterminado se convierte en un
acicate -cuando no se buscan parabienes- para expresarse de la manera en que
uno entiende las cosas, con las limitaciones lingüísticas y literarias que
arrastra, huyendo de convencionalismos y estereotipos sociales, con el propósito
que pueda ser útil para alguien.
¿Por qué escribo? Necesito canalizar mis pensamientos e inquietudes y, en mi caso, es un medio provechoso para hacerlo.
