Crecer con medida
El tema destacado que aborda la tercera y última
temporada de la serie televisiva danesa Borgen es la creación de un nuevo
partido político por la ex primera ministra, Birgitte Nyborg, que ha abandonado
su anterior formación desencantada por el rumbo que están marcando sus actuales
dirigentes. La relevancia Nyborg y las expectativas que ofrece el nuevo
proyecto atraen a muchos que ven la posibilidad de que encajar sus ideas políticas en la nueva organización. La sede social se convierte en un guirigay de
entusiastas propuestas discordantes que aspiran a formar parte del ideario del
nuevo partido. Tras reunirse con el núcleo duro de la formación, Nyborg, llama
la atención de los concentrados para exponerles las líneas maestras que
identificarán al partido, que contrastan con algunas de las propuestas que se
están impulsando, propiciando el abandono de bastantes de los allí reunidos que
ven frustradas sus expectativas.

‘¿Queréis ser más? ¡Sed mejores!’ Tengo grabada esta
frase que oí desde hace mucho tiempo. El deseo por contagiar a muchos lo que a uno le
ilusiona, le llena de entusiasmo, da sentido a su vida; aquello por lo que
considera que merece la pena comprometerse y luchar, es un noble anhelo. La
fecundidad de un ideal produce una satisfacción indescriptible. Pero el afán de
expansión puede pervertir en ocasiones el fundamento, la multitud se convierte
en un señuelo que arrebata o difumina la razón de ser del ideal. A muchas
organizaciones sociales, culturales, religiosas, políticas… el éxito numérico
de adhesiones les aboca a desnaturalizarse; tener muchos seguidores se
convierte en más importante que el por qué y el para qué están; pensando que si
son más es que lo están haciendo bien, aunque acaben por no saber lo que
realmente son en realidad; a fuerza de bailar al compás de la moda pierden el
atractivo característico de sus señas de identidad.

En estas palabras se conjuga la experiencia vivida y la
observación. Pensé en ello tras leer y oír el discurso de Jesús sobre el pan de
vida que provoca una estampida de seguidores: “es dura esta enseñanza, ¿quién
puede escucharla?”. Por si fuera poco, a continuación Jesús pregunta a sus
apóstoles si quieren seguir el mismo camino –como publicista tendría poco
futuro hoy en día-. Los apóstoles, aunque probablemente no entendieron la
profundidad del mensaje, se fían de él –la fe no es evidencia- y Pedro toma la
palabra en su nombre: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida
eterna, nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios.” A pesar
de ello, el impulsivo y noble Pedro no quedará exento de que se le paren los
pies cuando se pasa de frenada y recibir alguna reprimenda más. El seguimiento
de Jesús, apto para todos los públicos, no es fácil: “Si alguno quiere venir en
pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Hay una fuerte
tendencia a olvidarse de ello o hacerse el distraído.
No se ha de perseguir aguar el buen vino para satisfacer
a más paladares, sino educar los paladares para que sean capaces de apreciar y digerir el
buen vino. La manera en que se sirva puede variar con el paso del tiempo, haciéndolo
más presentable a los gustos del momento, pero su esencia permanece. Se puede
pensar que esto aboca a la rigidez, al inmovilismo. Pero no es así. Los hábitos
sociales cambian, pero hay elementos sustanciales en el ser humano que no, a
pesar de los multimillonarios intentos de la idolatría tecnológica por
desnaturalizarlo o robotizarlo.Una iniciativa o un mensaje benefactor para las
personas y para la sociedad, más aún si tiene carácter intemporal, puede
proclamarse de distintas formas y, según el momento en que se produzca o la
sensibilidad de quien lo proclame, poner mayor énfasis en una cuestión u otra,
sin que ello conlleve perder su raíz, su fundamento. Si éste se pone en riesgo
por el deslumbramiento que genera el ansia de una gran aceptación o seguimiento,
aquello que constituía su razón de ser puede convertirse con mayor o menor
rapidez en un guiñapo más o menos vistoso.
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En las bíblias católicas consultadas se omite el versículo 14 |
Otro fragmento evangélico puede ser propicio para ilustrar el argumento. Va dirigido a unos personajes
determinados, pero es aplicable a todos, especialmente aquellos que dirigen
organizaciones y asociaciones de carácter social, político, religioso,
cultural…: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los
hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que
están entrando no les dejáis entrar. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos
hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega
a serlo, le hacéis hijo de condenación el doble que vosotros!”
Para evitar que valiosos proyectos personales y
colectivos que adquieren relevancia social se conviertan en una farsa, a la frase
que iniciaba el segundo párrafo: ‘¿Queréis ser más? ¡Sed mejores!’, le iría bien complementarla
con esta otra no apta para advenedizos: ‘y los que vengan han de querer y esforzarse
por ser mejores’.