Rompiendo
moldes
‘Nunca es
tarde si la dicha es buena’, dice un refrán. Mientras vive, el ser humano está
inacabado, no está dicha la última palabra sobre lo que es y ha sido su vida.
Es cierto que la biografía pesa y supone en muchas ocasiones llevar encima un
corsé que dificulta desprenderse de todo lo que estorba para ir ganando en
humanidad, en aquello que nos engrandece como seres humanos abstraídos del
reconocimiento social que conlleve.
Malcolm
Muggeridge era un afamado periodista y escritor casi octogenario cuando hizo público
en un artículo su conversión al catolicismo. La incorporación a la Iglesia Católica
tiene formalmente fecha y hora, pero la conversión es un proceso que nunca se
acaba, la transformación que ha de operar Jesucristo en cada uno de sus seguidores
no acaba nunca durante la vida terrenal. Pero cuando una persona conocida da el
paso y lo hace público suele provocar un cierto revuelo en su entorno, remueve
conciencias.
Transcribo a
continuación los párrafos iniciales de su artículo publicado en The Times el 27 de noviembre de 1982 con
el título Why I am becoming a Catholic
(*), donde queda patente –así lo percibo- la intervención divina en el proceso
de conversión, no sólo es cuestión de razonamiento y voluntad.
«Por qué me
hago católico
Podría
parecer bastante absurdo el que alguien como yo, a sus ochenta años cumplidos,
solicite la admisión en una iglesia determinada –en mi caso, en la Iglesia
Católica-. Como si uno cancelara su póliza de seguro de vida cuando está a
punto de morir. Pero, dado que la pertenencia a una iglesia tiene que ver más
con la eternidad que con el tiempo, los años apenas importan. Al fin y al cabo,
si los niños son bautizados antes de que sean capaces de comprender el
significado del bautismo, ¿por qué los octogenarios no van a ser recibidos en
una iglesia poco tiempo antes de abandonarla en un ataúd?
La
conversión al catolicismo es algo que me ha obsesionado por largos años.
Deseaba dar el paso, pero algo misteriosamente me contenía. Guardo un vivo
recuerdo de un paseo con la Madre Teresa discutiendo este importante asunto.
Ella, deseosa de verme dentro de la Iglesia Católica; yo, más que deseoso de
complacerla: tanto que era para mí una verdadera tentación hacer lo que ella
quería sólo por complacerla.
No se puede
expresar con palabras lo mucho que le debo. Ella me ha dado una visión
completamente nueva de lo que significa ser cristiano, del increíble poder del
amor, y me ha mostrado cómo el amor puede echar brotes en un alma entregada hasta
cubrir el mundo entero.
La Madre
Teresa me había contado antes en Calcuta cómo la Comunión de cada mañana le
hace seguir adelante: sin esto, desfallecería y perdería el rumbo. ¿Cómo,
entonces, podía yo volver la espalda a ese alimento espiritual? Yo traté de
defenderme citando a Simone Weil según la cual Dios precisa de algunos que le
sirvan fuera de la Iglesia, y que en su caso estaba dispuesto que ella debía
estar sola, ser extranjera, sufrir destierro en el mundo (1).
No quedó
convencida la Madre Teresa, quien, como su tocaya de Ávila, combina la
intuición mística con un agudo espíritu práctico y el buen humor. Tampoco le
impresionaron mis quejas acerca de la disidencia de ciertos sacerdotes y
prelados en la Iglesia. Jesús, dijo, escogió doce discípulos, uno de los cuales
resultó ser un traidor y los demás huyeron. ¿Por qué, entonces, debíamos
esperar que los papas y obispos lo hicieran mejor?
Supongo que
en nuestra vida espiritual tiene lugar una especie de proceso subterráneo por
el cual, después de años de duda y vacilación, emergen la claridad y la certeza
y decimos, como el ciego al que Jesús dio la vista: «Sólo sé una cosa: que
antes era ciego y ahora veo» (2).
O, como
Pascal en su momento de máxima luz gritamos «Certeza, certeza, alegría, paz…
Olvido del mundo y de todo salvo de Dios» (3). Cuando esto ha ocurrido, uno
emprende la tarea de averiguar cómo y porqué, pero siempre después de la
claridad, no como parte del proceso en virtud del cual se ha hecho la luz.»
 |
Copia escrito autógrafo de Pascal |
(*) La
traducción del artículo se ha obtenido del reportaje que realizó la revista Nuestro
Tiempo a Malcolm Muggeridge, publicada en el número 354, diciembre 1983
(1) Simone
Weil en una carta a Gustave Thibon, explicó tal vez su razón más profunda: “Si
es de la Iglesia de lo que habla, es verdad que me encuentro cerca, pues estoy
a sus puertas. Pero eso no quiere decir que esté próxima a entrar en ella. Es
verdad que el menor impulso bastaría para hacerme entrar; pero todavía hace
falta ese impulso, sin el cual puedo quedarme indefinidamente a la puerta. Mi
ferviente deseo de complacer al P. Perrin no puede cumplir la función del
impulso, sino que, al contrario, más bien me retiene para evitar una mezcla
ilegítima de actitudes. En este momento estaría más dispuesta a morir por la
Iglesia, si algún día hubiera necesidad de morir por ella, que a entrar en
ella”. Extraído de https://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura---ocio/simone-weil-constante-busqueda-verdad-gustave-thibon/20221028134315204447.htm
(2) Juan 9,
25
(3) En 1654,
Pascal sufrió un desvanecimiento y quedó inconsciente durante un tiempo. Tuvo
una visión de carácter religioso muy intensa, e inmediatamente anotó esta
experiencia, cosiendo este documento en su abrigo y traspasándolo cada vez que
cambiaba de ropa. A este escrito se le conoce hoy en día como Memorial:
Lunes 23 de
noviembre, día de San Clemente. Papa y mártir y otros en el martirologio.
Víspera de
San Crisóstomo, mártir y otros.
Aproximadamente
desde las diez y media de la noche hasta cerca de media hora después de
medianoche.
Fuego.
“Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios
de Jacob, no de
los filósofos y de los sabios”.
Certeza, Certeza. Sentimiento.
Alegría. Paz.
Dios de Jesucristo.
Deum meum et Deum vestrum
“Tu Dios será mi Dios”.
Olvido del mundo y de todo, con la
excepción de Dios.
Solo se encuentra en las vías
enseñadas en el Evangelio.
Grandeza del alma humana.
“Padre justo, el mundo no te ha
conocido, pero yo te he conocido”.
Alegría, alegría, alegría. Lágrimas
de alegría.
Dereliquement me fontem aquae vivae.
“Dios mío, ¿es que me abandonas?
Que no me separe de Él eternamente.
“Esta es la vida eterna para que te
conozcan como el solo Dios verdadero, y Aquel que tú has enviado, Jesucristo.
Jesucristo.
Jesucristo.
Me he separado de Él: le he huido,
negado, crucificado.
iQue jamás me separe de Él!
Solo se conserva por las vías
enseñadas en el Evangelio.
Total y dulce renunciación.
A partir de
entonces, su obra se dedicó a la filosofía y a la teología.
Extraído de https://unamiradaeneltiempo.wordpress.com/2009/11/03/pensamientos-pascal/