diumenge, 30 d’abril del 2023

Apreciar el legado

Aprender y dar continuidad a lo recibido

«Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo», escribió el filósofo y literato George Santayana. La Historia no es sólo un relato de hechos pasados, sino un retrato del ser humano a través del tiempo, que nos ayuda a entender la naturaleza íntima que subyace en él. Aunque el escenario sea cambiante, hay un poso que permanece, que corresponde a cada ser humano gestionar a lo largo de su vida enfrentándose al entorno; dos realidades confluyen: una imagen de Dios –contingente, creativa…- y una naturaleza herida –endiosada, autocomplaciente, vanidosa…-.

De la Historia, transmitida con rigor y explicada con honradez, no sólo se aprende, sino que se obtienen las herramientas que favorecen una buena convivencia, un respeto hacia nuestros semejantes. El menosprecio a los que nos han precedido es propio de quien une a la ignorancia la superficialidad; el adanismo no es otra cosa que una emanación de la soberbia. El monje e historiador Agustí Altisent lamentaba en una entrevista (*) esta actitud prepotente: «la Historia es quizás más necesaria que nunca: lamentablemente, asistimos en nuestros días a una siniestra ruptura con el pasado», y apuntaba «Con la Historia uno se da cuenta, además, de que no estamos en un lago, sino en un río, que va hacia adelante pero viene de atrás

Tener en cuenta esta premisa puede ayudar a que los avances técnicos, científicos y tecnológicos no se desvinculen de lo más profundo del ser humano: su razón de ser. Dice Altisent: «El progreso humano –en el aspecto intelectual de comprensión del mundo y en el aspecto moral de madurez del comportamiento- es individual, aunque aprovechando lo recibido de los antepasados y (como decía Goethe) conquistándolo para poseerlo. Un ejemplo sencillo: cuando yo descubro el fantástico sentido que tiene un dicho que repetía mi abuela, creo que he progresado. Es decir: el progreso no consiste tanto en buscar una cosa que todavía no existe como en encontrar algo que ha existido siempre y que es como el centro moral del universo humano, descubrir algo que estaba guardado en los rescoldos profundos de la Humanidad

Junto a los avances, hay males que aquejan a la Humanidad persistentes, aunque aparezcan representados de otro modo. Altisent cita al hitoriador ateniense Tucídides que «decía que mientras los hombres sean como son, las cosas ocurrirán del mismo modo». Este comentario se puede complementar con lo escrito por Antonio López Eire, catedrático de Filología Griega, en un artículo publicado en una revista universitaria madrileña: «Nos enseña el pesimista Tucídides que el imperialismo, las guerras y las stáiseis o revoluciones derivan indiscutiblemente de las tres características principales de la inmutable naturaleza humana: su afán de dominar a los demás (állōn arkhḗ), la codicia (pleonexía) y la ambición (philotimía)» (2).

Al monje cisterciense esta visión no le hacía ser pesimista. Saber cómo somos, o cómo podemos llegar a ser, no tiene porqué desmoralizarnos, sino que puede estimularnos a vivir más intensamente nuestra realidad: «La vida es apasionante». Hace falta, eso sí, saber qué terreno se pisa y saber sacarle jugo: «Ocurre que la gente -mucha gente, y yo mismo muchas veces-, a causa de un exceso de avidez, perdemos el goce de las cosas elementales. La gente, por ejemplo, viaja mucho; pero puede dejarse olvidado frente a su casa aquello que va a buscar con su largo y apresurado viaje. La gente tiene mucha prisa y, en ocasiones, pierde por la prisa aquello que ya tenía. Todos somos muy ambiciosos y, en la búsqueda de lo que no tenemos, perdemos lo que ya tenemos.

Agustí Altisent
(1923-2004)
Detrás de eso está la no-aceptación de lo que se es, el orgullo (y el engaño) de preferir ser lo que no se es; la falta de mortificación del corazón. Hay que querer la vida como Dios nos la hace, no como nos la haríamos nosotros. He dicho a veces que Adán quería hacerse dios por su cuenta comiendo manzanas en lugar de recibir y cultivar la “imagen de Dios” que el Creador la había hecho ser. Y así perdió tanto. Los males actuales proceden también de este tipo de pecado.»

Conocer el pasado ayuda a comprender el presente en muchas cuestiones que nos conciernen. Estar abiertos a ese conocimiento nos permitirá descubrir muchos misterios que subyacen en comportamientos humanos que nos cuesta asimilar. El respeto a los que nos han precedido permitirá que transitemos nuestro camino con mayor solidez.

(*) La historia vista desde Poblet. Reportaje sobre el monasterio y entrevista de Josep Mª Tarragona al monje cisterciense Agustín Altisent. Publicado en la revista Nuestro Tiempo, número 354, diciembre 1983

(1) Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, más conocido como George Santayana (Madrid, 16 de diciembre de 1863-Roma, 26 de septiembre de 1952), fue un filósofo, ensayista, poeta y novelista español. Santayana, que creció y se formó en Estados Unidos, escribió toda su obra en inglés y es considerado un hombre de letras estadounidense… Probablemente su cita más conocida sea «Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo», de La razón en el sentido común, el primero de los cinco volúmenes de su obra La vida de la razón. Recogido de https://es.wikipedia.org/wiki/George_Santayana

(2) Antonio López Eire, catedrático de la Universidad de Salamanca (1943-2008): La revolución en el pensamiento político de Tucídides (1), página 97. Extraído de https://revistas.ucm.es/index.php/GERI/article/download/GERI9090110089A/14654

dijous, 27 d’abril del 2023

El compromiso no tiene edad

Rompiendo moldes

‘Nunca es tarde si la dicha es buena’, dice un refrán. Mientras vive, el ser humano está inacabado, no está dicha la última palabra sobre lo que es y ha sido su vida. Es cierto que la biografía pesa y supone en muchas ocasiones llevar encima un corsé que dificulta desprenderse de todo lo que estorba para ir ganando en humanidad, en aquello que nos engrandece como seres humanos abstraídos del reconocimiento social que conlleve.

Malcolm Muggeridge era un afamado periodista y escritor casi octogenario cuando hizo público en un artículo su conversión al catolicismo. La incorporación a la Iglesia Católica tiene formalmente fecha y hora, pero la conversión es un proceso que nunca se acaba, la transformación que ha de operar Jesucristo en cada uno de sus seguidores no acaba nunca durante la vida terrenal. Pero cuando una persona conocida da el paso y lo hace público suele provocar un cierto revuelo en su entorno, remueve conciencias.

Transcribo a continuación los párrafos iniciales de su artículo publicado en The Times el 27 de noviembre de 1982 con el título Why I am becoming a Catholic (*), donde queda patente –así lo percibo- la intervención divina en el proceso de conversión, no sólo es cuestión de razonamiento y voluntad.

«Por qué me hago católico

Podría parecer bastante absurdo el que alguien como yo, a sus ochenta años cumplidos, solicite la admisión en una iglesia determinada –en mi caso, en la Iglesia Católica-. Como si uno cancelara su póliza de seguro de vida cuando está a punto de morir. Pero, dado que la pertenencia a una iglesia tiene que ver más con la eternidad que con el tiempo, los años apenas importan. Al fin y al cabo, si los niños son bautizados antes de que sean capaces de comprender el significado del bautismo, ¿por qué los octogenarios no van a ser recibidos en una iglesia poco tiempo antes de abandonarla en un ataúd?

La conversión al catolicismo es algo que me ha obsesionado por largos años. Deseaba dar el paso, pero algo misteriosamente me contenía. Guardo un vivo recuerdo de un paseo con la Madre Teresa discutiendo este importante asunto. Ella, deseosa de verme dentro de la Iglesia Católica; yo, más que deseoso de complacerla: tanto que era para mí una verdadera tentación hacer lo que ella quería sólo por complacerla.

No se puede expresar con palabras lo mucho que le debo. Ella me ha dado una visión completamente nueva de lo que significa ser cristiano, del increíble poder del amor, y me ha mostrado cómo el amor puede echar brotes en un alma entregada hasta cubrir el mundo entero.

La Madre Teresa me había contado antes en Calcuta cómo la Comunión de cada mañana le hace seguir adelante: sin esto, desfallecería y perdería el rumbo. ¿Cómo, entonces, podía yo volver la espalda a ese alimento espiritual? Yo traté de defenderme citando a Simone Weil según la cual Dios precisa de algunos que le sirvan fuera de la Iglesia, y que en su caso estaba dispuesto que ella debía estar sola, ser extranjera, sufrir destierro en el mundo (1).

No quedó convencida la Madre Teresa, quien, como su tocaya de Ávila, combina la intuición mística con un agudo espíritu práctico y el buen humor. Tampoco le impresionaron mis quejas acerca de la disidencia de ciertos sacerdotes y prelados en la Iglesia. Jesús, dijo, escogió doce discípulos, uno de los cuales resultó ser un traidor y los demás huyeron. ¿Por qué, entonces, debíamos esperar que los papas y obispos lo hicieran mejor?

Supongo que en nuestra vida espiritual tiene lugar una especie de proceso subterráneo por el cual, después de años de duda y vacilación, emergen la claridad y la certeza y decimos, como el ciego al que Jesús dio la vista: «Sólo sé una cosa: que antes era ciego y ahora veo» (2).

O, como Pascal en su momento de máxima luz gritamos «Certeza, certeza, alegría, paz… Olvido del mundo y de todo salvo de Dios» (3). Cuando esto ha ocurrido, uno emprende la tarea de averiguar cómo y porqué, pero siempre después de la claridad, no como parte del proceso en virtud del cual se ha hecho la luz

Copia escrito autógrafo
de Pascal
(*) La traducción del artículo se ha obtenido del reportaje que realizó la revista Nuestro Tiempo a Malcolm Muggeridge, publicada en el número 354, diciembre 1983

(1) Simone Weil en una carta a Gustave Thibon, explicó tal vez su razón más profunda: “Si es de la Iglesia de lo que habla, es verdad que me encuentro cerca, pues estoy a sus puertas. Pero eso no quiere decir que esté próxima a entrar en ella. Es verdad que el menor impulso bastaría para hacerme entrar; pero todavía hace falta ese impulso, sin el cual puedo quedarme indefinidamente a la puerta. Mi ferviente deseo de complacer al P. Perrin no puede cumplir la función del impulso, sino que, al contrario, más bien me retiene para evitar una mezcla ilegítima de actitudes. En este momento estaría más dispuesta a morir por la Iglesia, si algún día hubiera necesidad de morir por ella, que a entrar en ella”. Extraído de https://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura---ocio/simone-weil-constante-busqueda-verdad-gustave-thibon/20221028134315204447.htm

(2) Juan 9, 25

(3) En 1654, Pascal sufrió un desvanecimiento y quedó inconsciente durante un tiempo. Tuvo una visión de carácter religioso muy intensa, e inmediatamente anotó esta experiencia, cosiendo este documento en su abrigo y traspasándolo cada vez que cambiaba de ropa. A este escrito se le conoce hoy en día como Memorial:

Lunes 23 de noviembre, día de San Clemente. Papa y mártir y otros en el martirologio.

Víspera de San Crisóstomo, mártir y otros.

Aproximadamente desde las diez y media de la noche hasta cerca de media hora después de medianoche.

Fuego.

“Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de

los filósofos y de los sabios”.

Certeza, Certeza. Sentimiento. Alegría. Paz.

Dios de Jesucristo.

Deum meum et Deum vestrum

“Tu Dios será mi Dios”.

Olvido del mundo y de todo, con la excepción de Dios.

Solo se encuentra en las vías enseñadas en el Evangelio.

Grandeza del alma humana.

“Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido”.

Alegría, alegría, alegría. Lágrimas de alegría.

Dereliquement me fontem aquae vivae.

“Dios mío, ¿es que me abandonas?

Que no me separe de Él eternamente.

“Esta es la vida eterna para que te conozcan como el solo Dios verdadero, y Aquel que tú has enviado, Jesucristo.

Jesucristo.

Jesucristo.

Me he separado de Él: le he huido, negado, crucificado.

iQue jamás me separe de Él!

Solo se conserva por las vías enseñadas en el Evangelio.

Total y dulce renunciación.

A partir de entonces, su obra se dedicó a la filosofía y a la teología.

Extraído de https://unamiradaeneltiempo.wordpress.com/2009/11/03/pensamientos-pascal/

divendres, 14 d’abril del 2023

L’ingredient que mereix tot avenç

Testar el rumb

La curiositat ha fet que parés atenció en un dels llibres que m’havien lliurat per decidir incorporar-los a la meva biblioteca o destinar-los a que tinguessin una nova vida portant-los a l’associació ‘Llibre Solidari’. Després de donar una ullada a les primeres pàgines m’he posat a llegir-lo. Tot i l’extensa difusió que han tingut els seus llibres, no n’havia sentit parlar de l’autor. Michel Quoist -prevere, teòleg, sociòleg i escriptor catòlic francès, segons la Viquipèdia- inicia Reeixir (1) amb un capítol anomenat ‘L’home en perill’, un toc d’alerta pel risc d’envaniment al que estem sotmesos els éssers humans encoratjats pels avenços socials i tecnològics, quan no van acompanyats d’un enriquiment interior; la sensació d’autosuficiència, d’empoderament, que proporcionen aquests avenços va massa vegades unida a un empobriment espiritual, on no créixer suposa retrocedir.

Reprodueixo bona part del capítol esmentat que, un cop alliberats de la temptació de pensar que només es refereix a dèficits estructurals de la societat, pot estimular una reflexió personal que doni més rellevància al que hom fa, amb la incorporació d’una dimensió que sovint es deixa de banda:

«Avui, un altre mal, encara més greu si és possible, perquè és més pregon, envaeix la Humanitat, començant pels pobles més avançats i els homes més “civilitzats”. Es tracta d’una desintegració interior, d’un podriment de l’home mateix...

Gràcies a les seves realitzacions extraordinàries, el Món modern és prodigiosament bell i gran. L’home, orgullós de les seves conquestes i del seu poder sobre la matèria i sobre la vida, sembla dominar-lo cada dia més. Però a mesura que per mitjà de la ciència i de la tècnica domina l’univers, l’home perd el domini del seu univers interior. Cala el misteri dels Móns, tant dels infinitament petits com dels infinitament grans, i es perd dins del seu propi misteri. Vol dirigir l’univers, i ja no sap dirigir la seva pròpia persona. Domestica la matèria, però quan, deslliurat de la seva tirania, hauria de viure més de l’esperit, la matèria perfeccionada es gira contra ell, i ell n’esdevé esclau, i és l’esperit qui mor.

Si l’home “perd l’esperit”, ho perd tot. Ja no hi ha home. Puix és l’esperit qui és primer. És perquè la idea neix de l’esperit que la matèria s’organitza sota la mà de l’home i que la construcció s’eleva... Però si l’esperit es malmet, l’home està en perill, perquè la carn del seu amor, la màquina que ha construït, la ciutat que ha alçat, el Món que ha bastit, es giren contra ell i l’esclafen. La matèria s’esmuny novament de l’home. Ja no hi ha home. Cal refer-ho tot...

Certament la nostra civilització està en perill, però no pas tant en les seves fronteres geogràfiques com en les fronteres mateixes del cor humà. El veritable corc és a l’interior, avança inexorable, amb l’esquer de les facilitats del Món modern, que ofereixen al cos la fruïció de la carn, a l’esperit, l’orgull del poder...

Caldrà que la humanitat sencera escolti el solemne i sempre actual advertiment de Jesucrist: “De què serveix a l’home guanyar l’univers, si perd la seva anima?” (2)

Malgrat tot, el Món modern és exaltant i no sols no tenim el dret de frenar el seu fulgurant progrés, sinó que tenim el deure de treballar-hi en lloc de fugir-ne. Però tant mateix la nostra tasca fora vana si no treballéssim gens, amb el mateix esforç, per tornar a l’home la consciència de la seva ànima. Cal refer l’home, perquè l’univers –per ell- sigui refet en l’ordre i en l’amor.

Com més grans són per a l’home les facilitats de viure i de fruir, més necessita llum per a comprendre que aquestes no són més que mitjans d’assolir un fi més alt; més necessita força interior per tal de no lligar-s’hi; més necessita amor per tal de no capitalitzar-les en profit seu, i en perjudici dels seus germans... En desenvolupar-se el món, l’home, per a edificar-lo sòlid i benèfic, l’ha d’animar amb més d’esperit i d’amor.

Per tal que la Humanitat i l’Univers reïxin, ara no n’hi ha prou de retornar a l’home la seva ànima, cal oferir-li aquell “suplement d’ànima” que ja Bergson reclamava (3).

Si l’esperit de l’home trontolla enfront de la matèria triomfant, és que ell oblida, ignora o nega Déu. El drama, doncs, es resumeix així: o bé l’home s’aferra a Déu tot desempallegant-se de la matèria, o bé s’aferra a la matèria i es desempallega de Déu. Breu, si l’home està en perill, és que es tria ell mateix i que tria la matèria...

Malgrat la seva caiguda, l’home s’admira. Les seves realitzacions, no són prodigioses?: tot admirant-se, s’oblida d’admirar Déu, d’adorar-lo. A mesura que el seu extraordinari poder sobre les coses creix, oblida l’Omnipotència de Déu. Fa de les coses el seu Déu, es fa déu ell mateix, al lloc de Déu.

Així l’home “civilitzat” es divorcia del veritable Déu, i malgrat les seves grans declaracions, tan segurament com per l’elaboració de doctrines atees, basteix un Món en el qual ja no hi ha lloc per a Déu...

Per tal que l’home i el Món modern “reïxin”, cal no solament tornar l’ànima a l’home, sinó cal també i sobretot tornar-li Jesucrist. Si no, demà ja no hi haurà home. L’home està en perill.»

(1) Michel Quoist: Reeixir. Títol original: Réussir (1960). Editorial Claret – Col·lecció: Els Daus, número 32. Traductor: Joan Ruiz Calonja. 247 pàgines. Capítol: L’home en perill, pàgines 7-11.

(2) Evangeli segons sant Mateu, capítol 16, verset 26

(3) Henri Bergson: Las dos fuentes de la moral y de la religión, de 1932:

«Al dotarnos de una inteligencia fundamentalmente fabricadora, la naturaleza había preparado así para nosotros un cierto engrandecimiento. Pero estas máquinas que funcionan con petróleo, con carbón, con “hulla blanca”, y que convierten en movimiento energías potenciales acumuladas durante millones de años, han venido a dar a nuestro organismo una extensión tan vasta y una potencia tan formidable, tan desproporcionada a su dimensión y a su fuerza, que seguramente no había sido prevista en el plan de estructura de nuestra especie. Representan una suerte única, el éxito material más grande del hombre sobre el planeta. Al principio hubo tal vez una impulsión espiritual: la extensión vino automáticamente, gracias al golpe de pico casual que se topó bajo la tierra con un tesoro milagroso. Ahora bien, en este cuerpo desmesuradamente agrandado, el alma sigue siendo hoy lo que era, demasiado pequeña para llenarlo, demasiado débil para dirigirlo. De ahí el vacío entre el cuerpo y ella. De ahí los tremendos problemas sociales, políticos, internacionales que son otras tantas definiciones de este vacío y que provocan hoy, para llenarlo, tantos esfuerzos desordenados e ineficaces. Harían falta nuevas reservas de energía potencial, pero esta vez moral. No nos limitemos pues, a decir, como hicimos en líneas anteriores, que la mística llama a la mecánica. Agreguemos que el cuerpo agrandado espera un suplemento de alma, y que la mecánica exigirá una mística. Los orígenes de esta mecánica son tal vez más místicos de lo que pudiera creerse, y no volverá a encontrar su dirección verdadera, ni rendirá servicios proporcionados a su poder, más que si la humanidad, a quien ha encorvado todavía más sobre la tierra, llega, gracias a ella, a enderezarse y mirar al cielo». Extraído de Álvaro Cortina Urdampilleta: Sobre las dos fuentes de la técnica y de la invención en Henri Bergson, publicado por Ediciones Complutense en Anales del Seminario de Historia de la Filosofía. Enlace: https://revistas.ucm.es/index.php/ASHF/article/download/56806/51351