Educación filial
Como cada tarde de colegio
llevé la merienda a mis hijas al acabar las clases. Ese día traje también
cuatro trozos de un dulce de pasta de hojaldre, dos para cada una. Cuando fui a
hacer el reparto la mayor me pidió que le diera un trozo a una de sus
compañeras que ‘se moría de hambre’. No sólo accedí, sino que además le ofrecí
otro para ‘saciar su apetito’ sin que me lo pidiera. De los dos que quedaban la
mayor cogió el trozo más grande, quedando para la pequeña el menor y las
migajas, que al principio quiso rechazar, aunque más tarde lo cogió
respondiendo a mis ruegos. Me di cuenta entonces que me había equivocado.
El disgusto de mi hija
duró durante todo el viaje de regreso a casa, a pesar de disculparme e intentar
relajar la tensión emocional haciendo un poco el payaso mientras conducía, consiguiendo
sólo que rompiera a llorar. Un nuevo desacierto.
Al llegar a casa le dije a
mi mujer que escuchase lo que le tenía que decir Anna, que tendría toda la razón
en lo que le contase, saliendo de escena para no interferir en el diálogo. Como
era previsible me tocó recibir después la reprensión materna -¡ya está bien!-
para la que ya me había preparado. De hecho, no era un comportamiento extraño
en mí que en algunas ocasiones estuviera más atento con personas ajenas a la
familia y ya me lo habían advertido más de una vez.
La raíz del problema no
era material –el trozo que había quedado- . Yo había traído dos trozos para
ella y, sin darle la oportunidad de invitarla a compartir uno de los suyos, la
relegué al último lugar en el reparto.
Con su reacción, Anna me
había dado una lección práctica de lo que san Agustín conceptualizó como ‘ordo
amoris’, que también han desarrollado otros pensadores y filósofos como Max Scheler
y Robert Spaemann, que lo utiliza como uno de los pilares de la ética de la
benevolencia que propone. Somos seres limitados incapaces de responder a todas
las demandas emocionales de atención a los demás, por eso es preciso actuar con
orden para satisfacerlas. En este caso la atención a mi hija debía ocupar una
posición preferente.
En la familia parece que
sólo son los padres los que educan, pero basta prestar atención y tener buena
disposición, para descubrir que también los hijos con gestos, advertencias
o amonestaciones también educan a los padres sin pretenderlo: recordándonos nuestros
consejos, dándonos a conocer lo que aprenden o compartiendo sus intuiciones.
Una retroalimentación educativa familiar que enriquece la relación y ayuda a
todos a ser un poco mejores.
La enseñanza de aquel día de
Anna tuvo todavía un nuevo episodio. Cuando ya se había calmado y la acompañaba
a su clase de baile me pidió perdón por su comportamiento. Una puya amorosa
totalmente inesperada. Una vez más le dije que era yo el que lo había hecho mal
y debía pedirle perdón. Un abrazo y un beso sellaron la reconciliación. Gracias
Anna.














