Destapar el ‘sí, pero no’
¡Cuántas veces se proclama!
¡Cuántas veces se reclama! Y, ¡cuántas veces suena a disco rayado, a
performance mediática o a paripé!
¡Diálogo, diálogo, diálogo!
Sin duda básico para encauzar la resolución de conflictos o problemas y
desarrollar iniciativas. Supone reconocer que el asunto a tratar se puede
abordar desde distintos ángulos, admite planteamientos diversos y resulta
recomendable cotejar los presupuestos propios con pareceres ajenos antes de
tomar una decisión. El diálogo es siempre una herramienta al servicio de quien
tiene el poder decisorio; ni suple sus atribuciones, ni le exonera de sus
responsabilidades.
Para que sea útil, el
diálogo ha de tener un motivo concreto para evitar la dispersión, predisposición
de los interlocutores para escucharse y apertura de mente para recibir con
atención los planteamientos y argumentos que difieren de los propios. Si,
además, el intercambio se realiza en un clima de confianza y lealtad, se
convierte en un valioso ingrediente para afinar en la toma de decisiones.
La disposición para
dialogar ha de incluir la voluntad de testear los propios postulados, algo así
como la falsación que propone Popper para contrastar una teoría; una actitud
que no casa con la rigidez de quien acude con el ánimo de imponer una postura,
temiendo que la aportaciones de los otros interlocutores dañen gravemente su
planteamiento por el hecho de descubrir una grieta que se debería tapar o una arista que convendría
pulir. El ‘diálogo de sordos’ es un monólogo que no lleva a ninguna parte, una
formalidad hueca, un espejismo.
Ignasi Beltran (1) cita a varios autores que se han
pronunciado sobre la tendencia a aferrarse a las ideas propias, entre ellos Haidt: «a las personas se les da muy bien cuestionar las
afirmaciones hechas por otros, pero cuando se trata de su creencia, entonces es
su posesión, casi como una hija, y en ese caso lo que quieren es protegerla, no
cuestionarla y arriesgarse a perderla» (2). Las ideas y criterios que vamos
forjando a lo largo de nuestra vida no deben encerrarse en un departamento
estanco para que permanezcan inmutables. Si se quiere avanzar, enriquecerse
como personas, no se ha de temer que les toque el aire y soporten algunas
inclemencias –lo que se aparta de lo previsible-. Si valen la pena se
consolidarán, si observamos deficiencias podremos mejorarlas, si nos damos
cuenta de que nos perjudican convendrá prescindir de ellas, aunque admitir una
equivocación en el terreno de las ideas es un proceso doloroso que cuesta
asumir, porque entendemos que deteriora la imagen que hemos construido de
nosotros mismos: ¿qué van a pensar?
La resistencia a modificar
o cambiar ideas preestablecidas también se manifiesta en el diálogo que esconde
un 'sesgo de confirmación' como el que apunta Bacon: «la razón humana, cuando ha
adoptado una opinión, hace que todo lo demás la apoye y concuerde con ella. Y
aunque haya mayor número de ejemplos, y de mayor peso, en el lado opuesto, los
desatiende y desdeña o, mediante una distinción, los aparta y rechaza, para
que, por esta perniciosa predeterminación, la autoridad de su primera conclusión
permanezca inviolada» (3) -también citado por Beltran-. El
diálogo se convierte en tóxica pantomima cuando enmascara objetivos
narcisistas.
Hemos de ser conscientes de que la
complejidad de la vida reclama que la convivencia se sostenga en un continuo
diálogo –abierto y generoso- que permita alcanzar consensos, aunar voluntades y
que la policromía de sensibilidades que conviven salga a la luz alimentando las relaciones e
iniciativas sociales en un clima de respeto generalizado.
(1) Ignasi Beltran de
Heredia Ruiz: Jueces y sesgo de
confirmación. Publicado el 19 septiembre de 2019. Enlace: https://ignasibeltran.com/2019/09/19/jueces-y-sesgo-de-confirmacion/
(2) Jonathan Haidt: La mente de los justos, Editorial:
Deusto (2019), página 125
(3) Francis Bacon: Novum órganum (1620). Citado en
Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sesgo_de_confirmación y por Stuart
Sutherland: Irracionalidad: el enemigo
interior. Editorial: Alianza (2015), página 196











