Cascos para oírnos
“El yayo Mariano
nos leía el novelón”, así refiere mi madre las veladas en la casa familiar durante
su infancia. Es para ella un recuerdo entrañable, donde resalta la
declamación de su padrastro –ella se quedó huérfana cuando tenía un año y
medio- que les introducía en la historia que estaba relatando. Una escena difícil
de repetir en la actualidad donde las múltiples alternativas de entretenimiento
al alcance de los miembros de la familia tienden a ejercer un efecto disolvente.
La dispersión
también afecta al ámbito personal, como refiere Miguel Ángel Martí en La serenidad: “el mundo de la técnica
nos sitúa más bien fuera de nosotros mismos, quizá demasiado lejos para retomar
nuestro universo interior. Vivimos hacia fuera, cuando sabemos que sin tener el
«corazón caliente», reconfortado, abrigado por nuestros propios pensamientos,
de nada sirve situarnos en la vanguardia de la diversión.” (1)
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El cardenal Osoro en la intervención referida |
Preguntado por la
polémica generada en torno a la iniciativa de Hazte Oír el cardenal Osoro dijo:
“Pongan este eslogan: '¿Qué nos pasa para no saber lo que nos pasa?'. Ese es el
autobús que yo quiero, no quiero otro” (2). Una pregunta que se había planteado
y contestado con un juego de palabras muchos años antes Ortega y Gasset (3). El
prelado cántabro, sin embargo, parece invitarnos a un autoexamen, buscando una
respuesta personal y social, como exponía en una homilía pronunciada en la
fiesta de la Inmaculada Concepción: “¿Qué nos pasa para no saber lo que nos
pasa? ¿Qué nos pasa para no ser capaces de vivir como hermanos? ¿Qué nos sucede
para no construir la fraternidad? ¿Qué medidas han entrado a nuestra vida que
no respetamos los derechos humanos más elementales que además hemos reconocido?”
(4)
Es difícil
contestar a estas cuestiones immersos en un entorno físico y mental ruidoso
donde llegan innumerables mensajes por tierra, mar y aire que reclaman nuestra
atención. Pendientes de lo de fuera -donde se incluye también la preocupación
por el aspecto exterior, la imagen- puede marginarse inspeccionar lo de dentro;
con tanto de lo que ocuparse, falta tiempo para la introspección, para la
reflexión sosegada, y así es imposible encontrar respuestas a la pregunta.

El ensimismado protagonista
de Atrapado en el tiempo (5) tiene el
privilegio de repetir una y otra vez la escena que se desarrolla en una jornada
de su vida: ‘el día de la marmota’. Solo él puede modificar el escenario y el
papel de los demás personajes con su actuación. Esa posición de ventaja, sin
embargo, no le libera del bucle que le encamina una y otra vez al comienzo del
mismo día cuando el radio-despertador se activa a las 6 de la mañana. Todo ello
hasta que logra desembarazarse de la coraza que le aislaba de los demás y es
capaz de reconocer en cada uno de ellos otro
yo digno de ser respetado.
Nuestro tiempo ni
se repite, ni se detiene, y depende en gran parte de nosotros hacia dónde
deviene. Las circunstancias pueden ser favorables o adversas pero está a
nuestro alcance controlar el timón para corregir, enderezar, retocar o mantener
el rumbo. Solo hace falta empeñarse en dedicar tiempo a pensar si la dirección emprendida
es la adecuada.
(1) Miguel-Ángel
Martí García: La serenidad. Una actitud
ante el mundo (2005) – Eiunsa. Colección Yumelia autoayuda. 4ª edición 2008
- 116 páginas. Prólogo, página 14.
(3) “No sabemos
lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos
pasa”, publica Ortega en Esquema de las crisis, que luego formó parte de su
curso En torno a Galileo, de 1933. Fuente: www.circunstancia.net/la-lucha-contra-los-gigantes/