divendres, 13 d’abril del 2018

El timón del devenir


Cascos para oírnos


El yayo Mariano nos leía el novelón”, así refiere mi madre las veladas en la casa familiar durante su infancia. Es para ella un recuerdo entrañable, donde resalta la declamación de su padrastro –ella se quedó huérfana cuando tenía un año y medio- que les introducía en la historia que estaba relatando. Una escena difícil de repetir en la actualidad donde las múltiples alternativas de entretenimiento al alcance de los miembros de la familia tienden a ejercer un efecto disolvente.

La dispersión también afecta al ámbito personal, como refiere Miguel Ángel Martí en La serenidad: “el mundo de la técnica nos sitúa más bien fuera de nosotros mismos, quizá demasiado lejos para retomar nuestro universo interior. Vivimos hacia fuera, cuando sabemos que sin tener el «corazón caliente», reconfortado, abrigado por nuestros propios pensamientos, de nada sirve situarnos en la vanguardia de la diversión.” (1)

El cardenal Osoro
en la intervención referida
Preguntado por la polémica generada en torno a la iniciativa de Hazte Oír el cardenal Osoro dijo: “Pongan este eslogan: '¿Qué nos pasa para no saber lo que nos pasa?'. Ese es el autobús que yo quiero, no quiero otro” (2). Una pregunta que se había planteado y contestado con un juego de palabras muchos años antes Ortega y Gasset (3). El prelado cántabro, sin embargo, parece invitarnos a un autoexamen, buscando una respuesta personal y social, como exponía en una homilía pronunciada en la fiesta de la Inmaculada Concepción: “¿Qué nos pasa para no saber lo que nos pasa? ¿Qué nos pasa para no ser capaces de vivir como hermanos? ¿Qué nos sucede para no construir la fraternidad? ¿Qué medidas han entrado a nuestra vida que no respetamos los derechos humanos más elementales que además hemos reconocido?” (4)

Es difícil contestar a estas cuestiones immersos en un entorno físico y mental ruidoso donde llegan innumerables mensajes por tierra, mar y aire que reclaman nuestra atención. Pendientes de lo de fuera -donde se incluye también la preocupación por el aspecto exterior, la imagen- puede marginarse inspeccionar lo de dentro; con tanto de lo que ocuparse, falta tiempo para la introspección, para la reflexión sosegada, y así es imposible encontrar respuestas a la pregunta.

El ensimismado protagonista de Atrapado en el tiempo (5) tiene el privilegio de repetir una y otra vez la escena que se desarrolla en una jornada de su vida: ‘el día de la marmota’. Solo él puede modificar el escenario y el papel de los demás personajes con su actuación. Esa posición de ventaja, sin embargo, no le libera del bucle que le encamina una y otra vez al comienzo del mismo día cuando el radio-despertador se activa a las 6 de la mañana. Todo ello hasta que logra desembarazarse de la coraza que le aislaba de los demás y es capaz de reconocer en cada uno de ellos otro yo digno de ser respetado.

Nuestro tiempo ni se repite, ni se detiene, y depende en gran parte de nosotros hacia dónde deviene. Las circunstancias pueden ser favorables o adversas pero está a nuestro alcance controlar el timón para corregir, enderezar, retocar o mantener el rumbo. Solo hace falta empeñarse en dedicar tiempo a pensar si la dirección emprendida es la adecuada.

(1) Miguel-Ángel Martí García: La serenidad. Una actitud ante el mundo (2005) – Eiunsa. Colección Yumelia autoayuda. 4ª edición 2008 - 116 páginas. Prólogo, página 14.
(3) “No sabemos lo que nos pasa, y esto es precisamente lo que nos pasa, no saber lo que nos pasa”, publica Ortega en Esquema de las crisis, que luego formó parte de su curso En torno a Galileo, de 1933. Fuente: www.circunstancia.net/la-lucha-contra-los-gigantes/
(5) Atrapado en el tiempo. Título original: Groundhog Dayaka.  Año: 1993. Duración: 101 min. País: Estados Unidos. Dirección: Harold Ramis. Fuente: www.filmaffinity.com/es/film245798.html




Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada