dimecres, 29 d’abril del 2020

El diálogo convertido en círculo vicioso

Destapar el ‘sí, pero no’


¡Cuántas veces se proclama! ¡Cuántas veces se reclama! Y, ¡cuántas veces suena a disco rayado, a performance mediática o a paripé!

¡Diálogo, diálogo, diálogo! Sin duda básico para encauzar la resolución de conflictos o problemas y desarrollar iniciativas. Supone reconocer que el asunto a tratar se puede abordar desde distintos ángulos, admite planteamientos diversos y resulta recomendable cotejar los presupuestos propios con pareceres ajenos antes de tomar una decisión. El diálogo es siempre una herramienta al servicio de quien tiene el poder decisorio; ni suple sus atribuciones, ni le exonera de sus responsabilidades.

Para que sea útil, el diálogo ha de tener un motivo concreto para evitar la dispersión, predisposición de los interlocutores para escucharse y apertura de mente para recibir con atención los planteamientos y argumentos que difieren de los propios. Si, además, el intercambio se realiza en un clima de confianza y lealtad, se convierte en un valioso ingrediente para afinar en la toma de decisiones.

La disposición para dialogar ha de incluir la voluntad de testear los propios postulados, algo así como la falsación que propone Popper para contrastar una teoría; una actitud que no casa con la rigidez de quien acude con el ánimo de imponer una postura, temiendo que la aportaciones de los otros interlocutores dañen gravemente su planteamiento por el hecho de descubrir una grieta que se debería tapar o una arista que convendría pulir. El ‘diálogo de sordos’ es un monólogo que no lleva a ninguna parte, una formalidad hueca, un espejismo.

Ignasi Beltran (1) cita a varios autores que se han pronunciado sobre la tendencia a aferrarse a las ideas propias, entre ellos Haidt: «a las personas se les da muy bien cuestionar las afirmaciones hechas por otros, pero cuando se trata de su creencia, entonces es su posesión, casi como una hija, y en ese caso lo que quieren es protegerla, no cuestionarla y arriesgarse a perderla» (2). Las ideas y criterios que vamos forjando a lo largo de nuestra vida no deben encerrarse en un departamento estanco para que permanezcan inmutables. Si se quiere avanzar, enriquecerse como personas, no se ha de temer que les toque el aire y soporten algunas inclemencias –lo que se aparta de lo previsible-. Si valen la pena se consolidarán, si observamos deficiencias podremos mejorarlas, si nos damos cuenta de que nos perjudican convendrá prescindir de ellas, aunque admitir una equivocación en el terreno de las ideas es un proceso doloroso que cuesta asumir, porque entendemos que deteriora la imagen que hemos construido de nosotros mismos: ¿qué van a pensar?

La resistencia a modificar o cambiar ideas preestablecidas también se manifiesta en el diálogo que esconde un 'sesgo de confirmación' como el que apunta Bacon: «la razón humana, cuando ha adoptado una opinión, hace que todo lo demás la apoye y concuerde con ella. Y aunque haya mayor número de ejemplos, y de mayor peso, en el lado opuesto, los desatiende y desdeña o, mediante una distinción, los aparta y rechaza, para que, por esta perniciosa predeterminación, la autoridad de su primera conclusión permanezca inviolada» (3) -también citado por Beltran-. El diálogo se convierte en tóxica pantomima cuando enmascara objetivos narcisistas.

Hemos de ser conscientes de que la complejidad de la vida reclama que la convivencia se sostenga en un continuo diálogo –abierto y generoso- que permita alcanzar consensos, aunar voluntades y que la policromía de sensibilidades que conviven salga a la luz alimentando las relaciones e iniciativas sociales en un clima de respeto generalizado.

(1) Ignasi Beltran de Heredia Ruiz: Jueces y sesgo de confirmación. Publicado el 19 septiembre de 2019. Enlace: https://ignasibeltran.com/2019/09/19/jueces-y-sesgo-de-confirmacion/
(2) Jonathan Haidt: La mente de los justos, Editorial: Deusto (2019), página 125
(3) Francis Bacon: Novum órganum (1620). Citado en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Sesgo_de_confirmación y por Stuart Sutherland: Irracionalidad: el enemigo interior. Editorial: Alianza (2015), página 196

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