Los contratiempos son alertas
El atisbo de nostalgia
aflora entre quienes evocan épocas en que un gran número de fieles llenaba los
templos en las celebraciones litúrgicas y se respiraba un ambiente cultural favorable
a la práctica religiosa y la tradición convertía algunos sacramentos en acontecimientos
sociales: bautismo, primera comunión, matrimonio… Cuando la vivencia de la
fe constituye una tradición familiar, es una contrariedad que cuesta asumir comprobar
que los descendientes se alejan de la pauta marcada por sus progenitores.
Conviene no obviar la
libertad de cada uno para orientar su vida; los hijos no han de convertirse una
mera proyección de los anhelos de los padres. Sin embargo, el comportamiento del
entorno más cercano influye en las decisiones que toman: ‘las palabras mueven, pero
el ejemplo arrastra’, dice una sentencia. En este contexto Charles J. Chaput apunta:
“La razón por la que la fe cristiana es indiferente para tantos jóvenes estriba
en que -con demasiada frecuencia- no ha sido importante para nosotros, o no lo
suficiente como para sufrir por ella.” (1) Lo que se vive superficialmente o a
medias carece de atractivo.
Las facilidades se
convierten a menudo en losas porque producen un exceso de confianza en que todo
se desarrolla según lo previsto sin apenas requerir esfuerzo. Desde hace unos
cuantos años tengo el convencimiento de que ser consecuentes con la fe nunca ha
sido una tarea fácil, ni cuando se respiraba un ambiente proclive en la calle
ni cuando se pretende expulsarla del espacio público. A ello también se refiere
Chaput: “Los escépticos suelen considerar la religión, como un sentimentalismo
organizado, o una especie de enfermedad mental. Sin embargo, la fe cristiana
bien vivida no ha sido jamás una forma de escape de la realidad, ni una muleta
emocional, ni un arma para herir a los demás.” (2)
El objetivo de todos los
cristianos es común: la santidad, a la que se llega por diversos caminos y cada
uno ha de encontrar el suyo, que muy probablemente será uno que de buenas a primeras es poco apetecible, por las dificultades que comporta o las renuncias que plantea. Si uno
tiene la sensación de estar bien aposentado en su fe, si vivirla le resulta cómodo,
muy probablemente es un reflejo que algo no va del todo bien, que el enraizamiento es
poco profundo y el edificio que se ha construido corre el riesgo de
desmoronarse cuando se produzca alguna dificultad relevante.
En el pasaje que sigue al
prendimiento de Jesús, Anne Katherine Emmerick –religiosa visionaria de la
pasión de Jesús que experimentó en su cuerpo Sus estigmas— describe el comportamiento
de los que presenciaban el paso de Jesús maniatado camino de la casa de Anás,
entre ellos “personas bien intencionadas, pero débiles e indecisas, se escandalizaban,
caían en tentación y vacilaban en su convicción. El número de los que
perseveraba era escaso. Entonces sucedía lo que hoy sucede: se quiere ser buen
cristiano cuando no se disgusta a los hombres, pero se avergüenza de la cruz
cuando el mundo la ve con mal ojo.”
También narra Emmerick: “Sin embargo, hubo muchos
cuyo corazón fue movido por la paciencia del Salvador en medio de tantas
crueldades y que se retiraron silenciosos y desmayados.” (3) Hay acontecimientos
que nos desbordan o desconciertan. También conductas personales que nos
inquietan: torpezas, infidelidades, resquemores, iracundias… Situaciones que
nos pueden empujar al desánimo, a querer tirar la toalla, a dejarse arrastrar por la
corriente de la moda, -lo que se lleva en comportamiento social-… ¿Para qué complicarse la vida? Como
le oí a un amigo: ‘si no quieres complicarte la vida, la vida te complicará a
ti’. Con frecuencia no nos percatamos que contamos con el auxilio de la gracia para
tirar adelante con garbo; la misericordia de Dios nos la provee a poco que nos
pongamos a tiro. Nunca hay motivos concluyentes para la desesperanza aunque los
nubarrones dificulten ver con suficiente claridad.
(1) Charles J. Chaput:
Extranjeros en tierra extraña. Vivir como católicos en un mundo poscristiano. Título original: Strangers in a strange land living
the Christian Faith in a Post-Christian (2017). Editorial: Ediciones Palabra – Colección: Mundo y
cristianismo – 1ª edición (2018). Traductor: Diego Pereda. 333 páginas. Capítulo
1: Residentes extranjeros, página 17
(2) id., página 18
(3) Anne KatherineEmmerick
(1774-1824): La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Editorial: ADADP –
1ª reimpresión (2017). 187. Capítulo 13: Jesús delante de Anás, página 86
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