dimarts, 31 de març del 2020

El corazón endurecido del codicioso


De rapiñas y usuras


En situaciones de crisis humanitaria como la que estamos viviendo se pone de manifiesto el alto grado de generosidad que subyace en tantos de nuestros conciudadanos, prestos a dar lo mejor de sí mismos para paliar los dañinos efectos de la pandemia en todos los órdenes de la vida.

Junto a estos loables ejemplos tan estimulantes, coexisten otros de mezquinos que tienen como objetivo sacar tajada de una situación de debilidad de la población propiciada por el temor al contagio y el efecto de las medidas preventivas que se han ordenado, para favorecer sus propósitos políticos, económicos, o ideológicos.

La historia está repleta de ejemplos de este cariz y para ilustrarlo me valgo de un par de ellos incluidos en El maestro Juan Martínez que estaba allí, una novela escrita por Manuel Chaves Nogales donde se narran las andanzas de una pareja de bailaores españoles, Juan y Sole que, “después de triunfar en los cabarets de media Europa… fueron sorprendidos en Rusia por los acontecimientos revolucionarios de febrero de 1917. Sin poder salir del país, en San Petersburgo, Moscú y Kiev sufrieron los rigores provocados por la Revolución de Octubre y la sangrienta guerra civil que le siguió… Chaves Nogales conoció a Martínez en París y asombrado por las peripecias que éste le contó, decidió recogerlas en un libro.” (1)

Las actitudes carroñeras protagonizan el primer relato:
Chaves Nogales
Resultó que el rumano aquel a quien habíamos ido a buscar era nada menos que el jefe de una formidable banda de desvalijadores de cadáveres que operaban en el frente. Había empezado por merodear él mismo por las trincheras y despojar de cuanto tenían de valor a los infelices soldados que quedaban muertos en el campo de batalla y abandonados. El negocio debía de ser productivo, porque pronto tomó vuelo y ya no era él solo, sino que eran unos cuantos tipos… los que se lanzaban… para despojar a los muertos por la patria de cuantas cosas son positivamente superfluas para los muertos: relojes, dinero, sortijas, capotes…

»Aprendí entonces algo que después iba a ser ley general de vida; la de que un hombre que cae de un balazo en la lucha pasa a ser automáticamente como una pieza cobrada… lo mismo que un zorro; vale… lo que valga su piel, y si uno se alegra cuando se le presenta la ocasión de cobrar la piel de un buen zorro, ¿por qué no va a alegrarse también cuando puede cobrar un buen capote de paño? En aquel tiempo, aquello no era más que un negocio clandestino emprendido por unos cuantos tipos valientes y sin escrúpulos. Más adelante vi muchas veces cómo se mataba a un hombre, no por éstos o los otros ideales, no por defender la bandera de su patria o la de la revolución, sino por cobrar su piel, sencillamente porque llevaba encima un capote de paño en buen estado. Por lo mismo que se mata a los zorros.» (2)

La usura: aprovecharse de la necesidad para acaparar para sí, es una característica emergente en circunstancias dramáticas, como constata el siguiente fragmento:
«Se notaba una contracción de la vida bastante desagradable. La gente se hacía reservada y huraña. El ruso, que de por sí es muy irritable, lo estaba mucho más en aquellos días…

»Casi todo el comercio de Moscú estaba en manos de judíos, y desde que empezó a hablarse de movimientos revolucionarios en Petrogrado comenzó a notarse la escasez de alimentos, provocada por el acaparamiento de los judíos, con vistas a la especulación. Entre ellos y los campesinos escondieron la harina y el pueblo se quedó sin pan. Vi entonces por primera vez las colas a las puertas de las tahonas, que durante tantos años habían de ser nuestro tormento.

»Claro es que, aunque faltaba el pan, quienes tenían dinero lo tenían todo, porque la verdad es que no faltaba de nada, sino que había sido escondido para especular. Yo creo que si no hubiera ocurrido esto no habría habido revolución.

»Quien primero sufrió las consecuencias de los movimientos revolucionarios fue el pueblo mismo. Los señoritos, a pesar de lo irritados que estaban, se reían de la revolución. Cada cual tenía acaparado lo suficiente para subsistir, mientras las pobres mujeres de los barrios se pasaban las madrugadas en las colas (3)

El ser humano convertido en un objeto en el corazón avaricioso y codicioso. Comportamientos que una vez inoculados en la conciencia se convierten en insaciables –nunca se tiene suficiente-. Sus consecuencias son siempre nefastas. Conviene no dejarse arrastrar por estas conductas si la situación se complica aún más; tampoco ser tan ingenuos para hacer seguimiento de quienes enmascaran su voraz ambición personal aparentando perseguir un beneficio social generalizado. Una de las actitudes más miserables del ser humano es encaramarse en un pedestal apoyándose en el sufrimiento de sus semejantes.

Manuel Chaves Nogales: El maestro Juan Martínez que estaba allí. Editorial: Libros del Asteroide.
(1) Prólogo de Andrés Trapiello extraído de http://www.librosdelasteroide.com/-el-maestro-juan-martinez-que
(2) Capítulo 4: El desvalijador de cadáveres. Páginas 37-38
(3) Capítulo 5: El gabinete número dos. Páginas 46-47

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