Aprender
y dar continuidad a lo recibido
«Aquellos
que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo», escribió el
filósofo y literato George Santayana. La
Historia no es sólo un relato de hechos pasados, sino un retrato del ser humano
a través del tiempo, que nos ayuda a entender la naturaleza íntima que subyace
en él. Aunque el escenario sea cambiante, hay un poso que permanece, que corresponde
a cada ser humano gestionar a lo largo de su vida enfrentándose al entorno; dos
realidades confluyen: una imagen de Dios –contingente, creativa…- y una naturaleza
herida –endiosada, autocomplaciente, vanidosa…-.
De la
Historia, transmitida con rigor y explicada con honradez, no sólo se aprende,
sino que se obtienen las herramientas que favorecen una buena convivencia, un
respeto hacia nuestros semejantes. El
menosprecio a los que nos han precedido es propio de quien une a la ignorancia
la superficialidad; el adanismo no es otra cosa que una emanación de la
soberbia. El monje e historiador Agustí Altisent lamentaba en una entrevista
(*) esta actitud prepotente: «la Historia es quizás más necesaria que nunca:
lamentablemente, asistimos en nuestros días a una siniestra ruptura con el
pasado», y apuntaba «Con la Historia uno se da cuenta, además, de que no estamos en un lago, sino en un río, que
va hacia adelante pero viene de atrás.»
Tener en
cuenta esta premisa puede ayudar a que los avances técnicos, científicos y
tecnológicos no se desvinculen de lo más profundo del ser humano: su razón de
ser. Dice Altisent: «El progreso humano –en el aspecto intelectual de
comprensión del mundo y en el aspecto moral de madurez del comportamiento- es
individual, aunque aprovechando lo recibido de los antepasados y (como decía
Goethe) conquistándolo para poseerlo. Un ejemplo sencillo: cuando yo descubro
el fantástico sentido que tiene un dicho que repetía mi abuela, creo que he
progresado. Es decir: el progreso no
consiste tanto en buscar una cosa que todavía no existe como en encontrar algo
que ha existido siempre y que es como el centro moral del universo humano,
descubrir algo que estaba guardado en los rescoldos profundos de la Humanidad.»Junto a los
avances, hay males que aquejan a la Humanidad persistentes, aunque aparezcan representados
de otro modo. Altisent cita al hitoriador ateniense Tucídides que «decía que
mientras los hombres sean como son, las cosas ocurrirán del mismo modo». Este
comentario se puede complementar con lo escrito por Antonio López Eire, catedrático
de Filología Griega, en un artículo publicado en una revista universitaria
madrileña: «Nos enseña el pesimista Tucídides que el imperialismo, las guerras y las stáiseis
o revoluciones derivan indiscutiblemente de las tres características
principales de la inmutable naturaleza humana: su afán de dominar a los demás (állōn arkhḗ), la codicia (pleonexía) y la ambición (philotimía)» (2).
Al monje
cisterciense esta visión no le hacía ser pesimista. Saber cómo somos, o cómo
podemos llegar a ser, no tiene porqué desmoralizarnos, sino que puede estimularnos
a vivir más intensamente nuestra realidad: «La vida es apasionante». Hace
falta, eso sí, saber qué terreno se pisa y saber sacarle jugo: «Ocurre que la
gente -mucha gente, y yo mismo muchas veces-, a causa de un exceso de avidez, perdemos el goce de las cosas
elementales. La gente, por ejemplo, viaja mucho; pero puede dejarse
olvidado frente a su casa aquello que va a buscar con su largo y apresurado
viaje. La gente tiene mucha prisa y, en ocasiones, pierde por la prisa aquello
que ya tenía. Todos somos muy ambiciosos y, en la búsqueda de lo que no tenemos, perdemos lo que ya tenemos. |
Agustí Altisent (1923-2004) |
Detrás de eso está la no-aceptación de
lo que se es, el
orgullo (y el engaño) de preferir ser lo que no se es; la falta de
mortificación del corazón. Hay que
querer la vida como Dios nos la hace, no como nos la haríamos nosotros. He
dicho a veces que Adán quería hacerse dios por su cuenta comiendo manzanas en lugar
de recibir y cultivar la “imagen de Dios” que el Creador la había hecho ser. Y
así perdió tanto. Los males actuales proceden también de este tipo de pecado.»Conocer el
pasado ayuda a comprender el presente en muchas cuestiones que nos conciernen.
Estar abiertos a ese conocimiento nos permitirá descubrir muchos misterios que
subyacen en comportamientos humanos que nos cuesta asimilar. El respeto a los
que nos han precedido permitirá que transitemos nuestro camino con mayor
solidez.
(*) La historia vista desde Poblet. Reportaje
sobre el monasterio y entrevista de Josep Mª Tarragona al monje cisterciense
Agustín Altisent. Publicado en la revista Nuestro
Tiempo, número 354, diciembre 1983
(1) Jorge
Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, más conocido como George Santayana (Madrid, 16 de
diciembre de 1863-Roma, 26 de septiembre de 1952), fue un filósofo, ensayista,
poeta y novelista español. Santayana, que creció y se formó en Estados Unidos,
escribió toda su obra en inglés y es considerado un hombre de letras
estadounidense… Probablemente su cita más conocida sea «Aquellos que no pueden
recordar el pasado están condenados a repetirlo», de La razón en el sentido común, el primero de los cinco volúmenes de
su obra La vida de la razón. Recogido de https://es.wikipedia.org/wiki/George_Santayana
(2) Antonio López Eire, catedrático de la Universidad
de Salamanca (1943-2008): La revolución
en el pensamiento político de Tucídides (1), página 97. Extraído de https://revistas.ucm.es/index.php/GERI/article/download/GERI9090110089A/14654
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada