Promesas y
limitaciones
Con la
hiperactividad discursiva de los candidatos, el martilleo de los mensajes y las
aspiraciones programáticas cobra actualidad en la campaña electoral el refrán ‘del
dicho al hecho hay un largo trecho’. Las formaciones venden, con fundamento o
no, expectativas a los ciudadanos, que éstos compran, quizá con reticencias, cuando
se vota a una de ellas.
Es conocida la
frase de Tierno Galván: “las promesas electorales están hechas para no
cumplirlas”, que refleja la inconsistencia del discurso de muchos políticos. De
hecho, sólo se debería prometer lo que se está en condiciones de poder cumplir
si no surgen imponderables. Si no es así, el discurso se convierte en
verborrea, en engaño y, tarde o temprano, en descrédito.
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| Enrique Tierno Galván |
Del iceberg
político la mayoría de los ciudadanos apenas conocemos lo que sobresale. Están
fuera de nuestro alcance muchos de los manejos que se producen en su entorno; además
se nos escapan gran parte de las decisiones que se toman, de las que se hace muy
poca publicidad, salvo en los tediosos boletines oficiales.
Políticos y
ciudadanos deberían moderar sus expectativas. Los primeros porque no basta la
voluntad política para resolver muchos de los problemas que surgen; y los
segundos porque no han de pretender, ni les conviene, que el poder político les
solucione todos sus problemas. ¿Por qué? Porque cuanta mayor sea la dependencia,
más se resentirá la libertad y más elevada será la exposición a medidas arbitrarias.
El vaticinio de las
encuestas y los anuncios de los candidatos parecen abocarnos a una nueva
versión de Atrapado en el tiempo. O
cambian algunos mensajes y actitudes, o el bucle será muy difícil de desenredar.
Sería preciso abandonar maximalismos. Poco a poco, con paso firme y buena
orientación se consiguen grandes transformaciones. Los cambios bruscos, aunque
sean bienintencionados, acostumbran a generar tensión y división. Piano, piano, si arriva lontano. Gobernar
un país no es dirigir un partido.

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