La dulzura no debe empalar
Dice C. S. Lewis en el
capítulo XXVI de Cartas del diablo a su
sobrino que uno de los conflictos que se producen entre hombres y mujeres
deriva de la diferente consideración del ‘desinterés’.
Para dicho autor “una mujer entiende por
desinterés, principalmente, tomarse molestias por los demás; para un hombre
significa no molestar a los demás.” (1) Como en tantos casos, el
problema es la incomprensión: no se tienen en cuenta las diferencias psicológicas y se pretende que el otro comparta el mismo sentimiento. La situación se agrava cuando la falta de entendimiento se disimula ocultando el propio deseo, opinión
o planteamiento para no desagradar al otro. Sin apenas percibirlo se puede ir
cargando pólvora en un contenedor que puede hacer saltar por los aires una
relación cuando por cualquier motivo, aunque sea nimio, prenda la mecha.
Algunos eventos que afrontamos como una obligación 'por quedar bien' crean una tensión interior. El entendimiento se obceca y se afronta con desgana, malhumor o desdén. En estas condiciones mejor ausentarse sin necesidad de excusarse -que supone admitir una cierta culpabilidad-, aunque disgustemos a alguien a quien queremos. Pero es posible que si le quitamos la etiqueta de 'compromiso ineludible' lo veamos de otra manera y descubramos aspectos positivos que pueden favorecer nuestra presencia con buen ánimo. Dice Sartre que “felicidad no es hacer lo que uno quiere sino querer lo que uno hace”.
Tienen fama las mujeres,
especialmente las madres, de ser pesadas queriendo ser demasiado atentas ‘por nuestro bien’. Pero, ¿y los padres? ¡Cuántos se muestran tremendamente exigentes con sus hijos en
las calificaciones escolares, la orientación profesional o en la práctica
deportiva! También ‘por nuestro bien’. O más
bien porque quieren ver realizados en sus hijos sus propios deseos. Andre Agassi nos ofrece en su libro autobiográfico Open un testimonio explícito de ello, aunque seguramente ya hemos vivido esta experiencia directa o indirectamente. Formas y puntos de interés distintos entre hombres y mujeres, pero la misma actitud de fondo.
La dulzura es agradable, pero el empalago repele. Tener a alguien cercano en
quien confiar es de gran ayuda, estímulo y consuelo; pero tenerlo encima sintiendo
su aliento molesta, encorseta e impide absorber el aire necesario para poder respirar y
desarrollarse con autonomía.
Dice Spaemann que amor se puede traducir en “hacer real al
otro para mí”, (2) es decir, querer lo mejor para
él, no lo que pienso que es mejor para él; que me importe tal como es, no que
se convierta en lo que yo querría que fuese.
(1) Ver enlace http://www.fluvium.org/textos/jovenes/jov176.htm
(2) http://arvo.net/dios-existe/por-que-si-dios-no-existe-no-podemos-pensar-en-absoluto/gmx-niv588-con17008.htm
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