Antes de entrar, dejen salir
En la época en que trabajaba en una entidad financiera había dos meses del año en que parecía que se acababa el mundo: el mes de julio, antesala de la gran diáspora agosteña; y el mes de diciembre, cuyo final servía de pauta para hacer balance del año. En ocasiones ello conllevaba algunas actuaciones precipitadas o engañosas: cerrando operaciones que no estaban suficientemente maduras, para no entorpecer en disfrute del periodo vacacional; maquillando el resultado de fin de año para que la foto estática resultante fuera lo más bonita posible, por cuestión de imagen, de clasificación o de las repercusiones pecuniarias que pudieran derivarse.Las fechas señaladas
acostumbran a ser un aliciente que focaliza la atención de los días
precedentes. El deseo de que lleguen y se desarrollen tal como preveíamos, o
mejor aún si cabe, hace que en contrapartida restemos, o dejemos de
prestar, la atención que merece cada día, el hoy-aquí-ahora que con frecuencia
consideramos de poco interés por su aparente monotonía. ¡Cómo nos cuesta
aprovechar el tiempo que se nos ha dado!: apetecemos lo extraordinario y nos
olvidamos de la riqueza que se esconde en lo ordinario. Sublimamos la novedad y
minusvaloramos lo que permanece y estabiliza.
‘Antes de entrar, dejen salir’ se advierte en la parte superior de las puertas de los vagones del metro. Estos días nos deseamos ‘buen año’, ‘feliz año nuevo’, ‘feliz salida y entrada de año’… Celebremos la llegada del año 2024, pero también celebremos también lo cotidiano, lo que nos aporta el 30 y 31 de diciembre de 2023 y el 1, 2, 3… de enero de 2024..., y todos los que les siguen.


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