Conversión y diversión: ejercicios saludables
Hace unos meses, no sé a
cuento de qué, recordé una antigua viñeta en la que aparecen dos personajes
sosteniendo cada uno un cartel. En uno se lee: ‘El fin del mundo está cerca,
convertíos’. En el otro: ‘El fin del mundo está cerca, divertíos’. Desgraciadamente
no he logrado encontrar esa publicación tanto para comprobar la fiabilidad de
mi memoria como para observar como plasmaba el humorista gráfico la escena.
La ironía del dibujante me
hizo sonreír y también pensar acerca de la contraposición entre conversión y
diversión aplicada a la vida de las personas. Dándole vueltas me di cuenta de
que el tema ofrece tantas variantes que pretenderlo abarcar en su totalidad era
como intentar retener el agua en un colador.
A lo largo de nuestra vida
se van produciendo en mayor o menor medida e intensidad conversiones que son fruto
del conocimiento, la reflexión, la adaptación al entorno… Son, en definitiva,
ajustes vitales orientados a los fines más diversos. Me refiero a cambios
voluntarios que tienen como características el ser ‘consentidos’ (queridos
aunque cuesten) y ‘con sentido’ (buscando una finalidad). También se puede
decir que toda conversión es una inversión, porque supone abandonar o corregir
una tendencia y asumir un riesgo para obtener un beneficio. ¿Qué riesgos? Internamente
la inconstancia, cuántos propósitos se desvanecen al poco tiempo de formulados.
Externamente la incomprensión, sobre todo cuando viene del entorno más cercano.
La diversión es un
relajante vital que ayuda a relativizar, a poner las cosas en su sitio, a
quitarse importancia…, un respiro para darse cuenta de que hace falta dedicar
tiempo a descansar, desconectar, realizar una actividad lúdica, para afrontar
de la mejor manera posible las obligaciones y compromisos ordinarios y
extraordinarios.
Tanto la conversión –dar
sentido a lo que hacemos-, como la diversión –distraer la atención, suavizando,
esponjando la tensión vital- contribuyen a dar realce a nuestra existencia y
son fuente de una sana alegría. Sólo cuando se sacan de quicio producen el
regusto amargo de la resaca –en sentido literal y figurado-.
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