Enseñanzas de un hecho singular
Con respecto a años anteriores este año me he espabilado más. Cuando están próximas a llegar las celebraciones entorno a la Navidad procuro, al escribir las felicitaciones que envío por correo postal, alejarme en lo posible de las frases tópicas y redacciones estandarizadas, lo que supone que el proceso es más lento y cueste desperezarse para ponerlo en marcha. Apuro a veces tanto que hace imposible que los empleados de Correos –tan denostados a veces- las entreguen a tiempo. Confío en que este año no haya imponderables para que esto ocurra.
Una destinataria se llama Encarna y al verbalizar su nombre pensé en algo que es obvio, aunque suela pasar desapercibido: para que hubiera Nacimiento al modo humano, tuvo que haber antes concepción –la Encarnación-. En términos de celebración litúrgica el 25 de diciembre es consecuencia del 25 de marzo, el día en que el plan redentor de Dios a través de su Hijo tocó tierra.
En el episodio de la
concepción se puede contemplar a una joven mujer, una adolescente de nuestros
días, que pasado el susto inicial es capaz de reconocer que quien le habla no
es un farsante, un adulador o un embaucador que quiere aprovecharse de ella,
sino un mensajero que le trae una propuesta de Dios –el Todopoderoso no impone,
sino que propone, respeta la libertad de María-. Es la vida interior –fruto de
la oración personal- la que permite percibir a Dios en los acontecimientos
cotidianos y en los extraordinarios.
María reacciona con prudencia
para poder decidir –hay algo que no cuadra- y, una vez aclarada la aparente
incompatibilidad, consiente con valentía, porque se arriesga a ser
incomprendida, repudiada, extrañada o, incluso, lapidada. En la vida hay buenas
decisiones que se toman que, sin embargo, son recibidas con recelo por el
entorno.
La sensibilidad de María le permite captar un efecto colateral del mensaje. La referencia al embarazo de su anciana prima Isabel despierta el deseo de ir a atenderla y, al llegar descubrirá que Dios le tiene preparada una sorpresa: «Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre… bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.» Isabel, inspirada por Dios, no se puede contener y pronuncia estas palabras «exclamando en voz alta». Si había vecinos que la oyeron debieron pensar ¿a esta qué le pasa?, ¿qué mosca le ha picado? Es la primera confirmación de que María ha tomado la mejor decisión, que dará paso a la manifestación de agradecimiento por excelencia: el Magníficat (1).
René Girard nos traslada «una idea de Simone Weil según la cual, antes incluso de ser una “teoría de Dios”, una teología, los Evangelios son una “teoría del hombre”, una antropología.» (2) En los primeros compases del Evangelio de san Lucas se presentan junto a las intervenciones divinas unas actitudes humanas que constituyen una rica enseñanza apta para todos los públicos, cualquiera que sea su estado de creencia o increencia, que al rememorarlas estos días pueden dar pie a reflexionar sobre ellas y sacar algún provecho para aplicar a nuestras vidas.(1) Confrontar Evangelio según san Lucas, capítulo 1,
versículos 26 a 56.
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