divendres, 4 de novembre del 2016

Gallos al servicio del gallinero

Figuras, equipos y el ‘sindrome de Apolo’

Miguel Induráin ha sido un gran campeón de ciclismo al que le faltó por conseguir el campeonato del mundo de fondo en carretera. Tuvo una gran oportunidad en la prueba que se disputó en Colombia en 1995, pero antepuso asegurar la victoria de un miembro del equipo.  En el tramo final de la prueba Abraham Olano contaba con una ligera ventaja sobre Induráin y dos corredores más que formaban el grupo perseguidor. Afrontó los últimos metros con una rueda pinchada, pero gracias a la estrategia del corredor navarro, que logró imponer el ritmo a todo su grupo, pudo llegar victorioso a la meta. La reacción que propició la actitud de Induráin no fue unánime: muchos alabaron su generosidad, (1) pero otros tantos se la reprocharon, (2) porque había de haber sido más egoísta mostrándose como el campeón que era, además había perdido la oportunidad de obtener un galardón que engrandecía su palmarés. Sea como fuere, la decisión de Induráin proporcionó el oro y la plata al equipo español en la prueba. ¿Qué hubiera pasado si hubiese optado por ir a la ‘caza’ de Olano para ganar? Quien sabe cómo se hubieran repartido las medallas.

¿Cuál debe ser el papel y comportamiento de una figura dentro de un equipo? En los deportes colectivos tener los mejores jugadores no asegura los triunfos de un conjunto; hace falta que se coordinen bien y que cada uno dé lo mejor de sí mismo con la mirada puesta en el objetivo del grupo. En los grandes clubs deportivos una de las tareas principales del entrenador es gestionar el ‘ego’ de sus afamados y millonarios jugadores.

Cuando se concentran en un equipo componentes con un alto grado de preparación y competencia, puede peligrar la cohesión y el objetivo común del grupo por la actitud arrogante de algunos de sus miembros, que no quieren que su criterio quede supeditado, lo que puede hacer ineficaz el trabajo del colectivo. Este fenómeno aplicado al mundo de la empresa fue denominado ’síndrome de Apolo’ por R. Meredith Belbin. ¿Puede enderezarse el rumbo una vez detectado el problema? La propuesta consta de tres medidas: reconocimiento de las diferentes cualidades personales, prescindir de los individuos excesivamente dominantes y poner al frente del grupo un buen directivo con capacidad para integrar, estimular y propiciar una comunicación fluida. (3)

En las escuelas cada vez se da mayor importancia al trabajo colaborativo, que puede ser tener efectos sinérgicos si está bien aplicado. No se trata de anular la individualidad sino potenciar las cualidades personales poniéndolas al servicio de los demás. Un enriquecedor feed-back.


(3) He tomado como referencias el artículo de María Martín-Lunas El ‘síndrome de Apolo’ en la empresa publicado en Expansión el 4 de enero de 1992 y el contenido de los enlaces http://historias-de-jp.blogspot.com.es/2010/03/el-sindrome-de-apolo.html y http://spanishpmo.com/index.php/el-sindrome-de-apolo-en-la-oficina/

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