El odio sólo sabe
destruir
El odio en cualquiera
de sus manifestaciones es una enfermedad y fomentarlo es una vileza por su
esencia destructora. Quizá se pretenda con él obtener una ventaja económica,
social, política o personal –es su atractivo-; pero deja un poso putrefacto en
el interior del ser humano.
Conviene poner remedio
cuando se perciba algún atisbo de esta enfermedad y no dejar que progrese. Surge
de ordinario como un chispazo, un movimiento reflejo involuntario, una reacción
instantánea, donde transitoriamente la emoción se sobrepone a la razón. Pero
cuando se consolida y se deja que penetre en la intimidad de nuestro ser la
situación se agrava hasta el punto que ni se ve lo que no se quiere ver, ni se
oye lo que no se quiere oír. Una distorsión de la que no se está del todo inmune,
tal como expresó Orwell: “ver lo que tenemos delante de nuestras narices
requiere una lucha constante”.
Si hay algo por lo que
vale la pena pedir si se quiere una buena convivencia es no dejarse arrastrar
nunca por el odio y, por supuesto, no cometer la desfachatez de confundirlo con
la justicia. Oía hablar de ayer de Savonarola, yo pensé también en Robespierre,
justicieros ambos a los que se puede aplicar el refrán “quien a hierro mata a
hierro muere”.
Un buen consejo para
moderar la aversión que se puede sentir por alguien nos la ofrece San Agustín:
“procurad adquirir las virtudes que creéis que faltan en vuestros hermanos, y
ya no veréis sus defectos, porque no los tendréis vosotros”. (1)
Me han parecido especialmente
oportunas la anécdota y la reflexión que para esta fecha escribe Agustín
Filgueiras en Orar con… unas gotas
diarias de humor que reproduzco a continuación:
(1) San Agustín:
Enarrationes in psalmos 30, 2, 7


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