El equilibrio requiere
esfuerzo
En un corrillo con antiguos compañeros/as de colegio durante la
celebración de un cumpleaños, uno de ellos expresó con rotundidad: “antes la gente
estaba mal, pero ahora está desquiciada”. Una aseveración que cabe enmarcar
tanto en su contexto –un desahogo emocional en el transcurso de una conversación
informal- y reflejaba una preocupación ante muchos de los casos que tenía
que tratar profesionalmente como educador social.
Constataba un deterioro
psicológico bastante generalizado achacable a circunstancias culturales y
ambientales. Estoy convencido que hablaba con conocimiento de causa, aunque
quizá le faltaban referencias compensatorias que hicieran de contrapeso para
que el juicio fuese más ecuánime.
La alusión temporal –antes
y ahora- cuestiona cómo influyen las mejoras en las condiciones de
vida material y social en el bienestar emocional de las personas. Se observa
que no hay una correlación directa, porque, aunque parezca paradójico, vivir
más cómodamente no supone necesariamente vivir mejor.
En los juicios de valor,
sobre todo si se expresan espontáneamente, influyen poderosamente los estados
de ánimo. Conscientes de la distorsión subjetiva que se puede producir se debería
juzgar el pasado con prudencia, sobre todo si se hace con baremos del presente o
con tintes nostálgicos. Somos los mismos pero no somos idénticos a como éramos anteriormente,
tanto por el rol social que desempeñamos, como por las circunstancias internas
y externas que nos acompañan.
Un buen juicio necesita de
una actitud serena, que es fruto de un equilibrio interior. Una armonía que
detesta la pasividad, porque hay que ganarla día a día con esfuerzo y tesón, para
corregir los desajustes que producen nuestras acciones y las de los demás.
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