Aterrizaje suave
La
popularidad es un estímulo para la vanidad. Mucha gente pendiente de lo diga o
haga uno le hace sentir importante y se convierte en un poderoso reclamo para
la sobreestimación y la jactancia. Ser objeto de tantas miradas y de la
atención de tantos medios permite que en algunas exhibiciones de divismo que
repelen a las mentes sensatas, aunque también puede hacer crecer la idolatría
de los fans.
Traigo
a colación tres ejemplos. El genial pintor Salvador Dalí dijo “que hablen bien
o mal, lo importante es que hablen de mí, aunque confieso que me gusta que
hablen mal porque eso significa que las cosas me van muy bien”. El piloto Fernando
Alonso tras ganar su primer mundial de Fórmula 1 dijo: “solo me lo dedico a mí
y a mi familia, no tengo que agradecer nada a nadie”. (1) Y el futbolista
Cristiano Ronaldo, molesto por los silbidos que le propinaron: “yo pienso que por ser guapo, ser rico y un gran
jugador, las personas tienen envidia de mí, no tengo otra explicación”. (2)
Siendo conscientes de esta tendencia al fantasmeo de los
seres humanos, los antiguos romanos, que solían ser muy prácticos, instauraron
la figura de un aguafiestas cuya misión era en los desfiles triunfales
recordarles insistentemente a los homenajeados su condición mortal (memento
mori). Es decir, consideraban que habían de ponerles un alerón para evitar que
levitaran al ser aclamados por la multitud.
Pero algunos personajes que arrastran grandes éxitos
profesionales han encontrado el remedio en su hogar, como el exentrenador del
Barça Luis Enrique Martínez, que tras haber cosechado su equipo varios triunfos
consecutivos dijo: “Si recibo muchos
elogios, cuando llego a casa mi mujer me pone en mi sitio”. (3)
En el
mismo sentido, y más ampliamente, se expresaba el animador radiofónico Pepe
Domingo Castaño durante una conversación con Luis del Olmo: “Pienso… en la
gente que nos ha echado una mano… Empiezo a pensar en quien, a quien tengo que
darle las gracias. Y se me ocurre una persona. Porque en un momento de tu vida
nos creemos dioses. Hay un momento en que la fama, la popularidad, la gente te
conoce, vas a un restaurante te saludan, cuando hay un acto en Madrid te invitan.
Yo recuerdo aquel momento en que estaba en la cúspide y ya me creía Dios. Y
siempre viene una persona a cruzarse en tu camino para recordarte, como le
pasaba a los antiguos emperadores romanos o los grandes triunfadores que
llegaban en el desfile de la victoria y había una persona detrás que le decía
‘eres hombre, eres hombre, eres hombre, eres humano’. Yo tengo que
agradecérselo a mi mujer… Gracias a Tere yo bajé de aquella cúspide en la que
estaba a punto de desmoronarme y me acerqué a la tierra y empecé a darme cuenta
de que aquello no era mío, sino que era de más gente, sobre todo de la
audiencia, los oyentes, de los que me habían ayudado, de la gente que me
rodeaba, de mis amigos, de mis jefes… y entonces me volví un poco más humano y
a raíz de ahí yo creo que adquirí una personalidad que no tenía y que se lo
debo a ella. Por eso en la vida hay que ser agradecido y se lo agradezco de
corazón.” (4)
Bien
sabemos que la vanidad está alcance de todos, no hacía falta que Pascal lo
recordase: “la vanidad está tan metida en el corazón del hombre que un soldado,
un servidor de un soldado, un cocinero, un maletero, se jacta de sí mismo y
desea tener sus admiradores” (5); pero
puestos a tener que necesitar un Pepito Grillo a nuestro lado, mejor que sea
alguien de casa o, al menos, un buen amigo.
(4)
http://www.cope.es/audios/dialogos/escucha-aqui-dialogos-con-pepe-domingo-castano-luis-del-olmo_396426 Fragmento en minuto 26:55 y siguientes
(5) Blaise Pascal: Pensées II,150 -Reproducido en la revista Nuestro Tiempo nº 412 Octubre 1988-

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