dijous, 13 de juliol del 2017

Antídoto casero de la vanidad

Aterrizaje suave


La popularidad es un estímulo para la vanidad. Mucha gente pendiente de lo diga o haga uno le hace sentir importante y se convierte en un poderoso reclamo para la sobreestimación y la jactancia. Ser objeto de tantas miradas y de la atención de tantos medios permite que en algunas exhibiciones de divismo que repelen a las mentes sensatas, aunque también puede hacer crecer la idolatría de los fans.

Traigo a colación tres ejemplos. El genial pintor Salvador Dalí dijo “que hablen bien o mal, lo importante es que hablen de mí, aunque confieso que me gusta que hablen mal porque eso significa que las cosas me van muy bien”. El piloto Fernando Alonso tras ganar su primer mundial de Fórmula 1 dijo: “solo me lo dedico a mí y a mi familia, no tengo que agradecer nada a nadie”. (1) Y el futbolista Cristiano Ronaldo, molesto por los silbidos que le propinaron: “yo pienso que por ser guapo, ser rico y un gran jugador, las personas tienen envidia de mí, no tengo otra explicación”. (2)

Siendo conscientes de esta tendencia al fantasmeo de los seres humanos, los antiguos romanos, que solían ser muy prácticos, instauraron la figura de un aguafiestas cuya misión era en los desfiles triunfales recordarles insistentemente a los homenajeados su condición mortal (memento mori). Es decir, consideraban que habían de ponerles un alerón para evitar que levitaran al ser aclamados por la multitud.

Pero algunos personajes que arrastran grandes éxitos profesionales han encontrado el remedio en su hogar, como el exentrenador del Barça Luis Enrique Martínez, que tras haber cosechado su equipo varios triunfos consecutivos dijo: Si recibo muchos elogios, cuando llego a casa mi mujer me pone en mi sitio”. (3)

En el mismo sentido, y más ampliamente, se expresaba el animador radiofónico Pepe Domingo Castaño durante una conversación con Luis del Olmo: “Pienso… en la gente que nos ha echado una mano… Empiezo a pensar en quien, a quien tengo que darle las gracias. Y se me ocurre una persona. Porque en un momento de tu vida nos creemos dioses. Hay un momento en que la fama, la popularidad, la gente te conoce, vas a un restaurante te saludan, cuando hay un acto en Madrid te invitan. Yo recuerdo aquel momento en que estaba en la cúspide y ya me creía Dios. Y siempre viene una persona a cruzarse en tu camino para recordarte, como le pasaba a los antiguos emperadores romanos o los grandes triunfadores que llegaban en el desfile de la victoria y había una persona detrás que le decía ‘eres hombre, eres hombre, eres hombre, eres humano’. Yo tengo que agradecérselo a mi mujer… Gracias a Tere yo bajé de aquella cúspide en la que estaba a punto de desmoronarme y me acerqué a la tierra y empecé a darme cuenta de que aquello no era mío, sino que era de más gente, sobre todo de la audiencia, los oyentes, de los que me habían ayudado, de la gente que me rodeaba, de mis amigos, de mis jefes… y entonces me volví un poco más humano y a raíz de ahí yo creo que adquirí una personalidad que no tenía y que se lo debo a ella. Por eso en la vida hay que ser agradecido y se lo agradezco de corazón.” (4)

Bien sabemos que la vanidad está alcance de todos, no hacía falta que Pascal lo recordase: “la vanidad está tan metida en el corazón del hombre que un soldado, un servidor de un soldado, un cocinero, un maletero, se jacta de sí mismo y desea tener  sus admiradores” (5); pero puestos a tener que necesitar un Pepito Grillo a nuestro lado, mejor que sea alguien de casa o, al menos, un buen amigo.


(5) Blaise Pascal: Pensées II,150 -Reproducido en la revista Nuestro Tiempo nº 412 Octubre 1988-

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada