dimecres, 19 de juliol del 2017

Orgullo rasante

Siempre al acecho

Dice María la protagonista de Orgullo y prejuicio: “El orgullo… es un defecto muy común. Mis lecturas me han convencido de que la naturaleza humana es en extremo propensa a él, y de que hay muy pocos que no abriguen sentimientos de propia complacencia con motivo de tal o cual condición real o imaginaria… El orgullo se refiere… a nuestra opinión sobre nosotros mismos…” (1) El orgullo parece estar agazapado esperando cualquier oportunidad para manifestarse, aprovechando incluso situaciones banales, como me ocurrió recientemente.

Fuimos a pasar el día a la piscina municipal que tenemos cerca de casa. Mi mujer y mis hijas llegaron primero y yo lo hice dos horas más tarde. Al comprar la entrada, la joven taquillera me pide un importe menor que la tarifa que teóricamente me correspondía (2,65€ en lugar de 4,60€). No hice ningún comentario y pensé interiormente que era una cuestión de horario, había llegado pasadas las 2 de la tarde.

Ya en casa, acabada la jornada acuática, comento en voz alta: “¿Sabes que sólo me han cobrado 2,65€?" Mi mujer respondió: “Eso es que te han aplicado tarifa de jubilado”. Mi ego se pronunció: “No puede ser. Ni se lo he solicitado, ni me han pedido el DNI. Además, hubieran visto que todavía no tengo la edad de jubilación –ordinaria-”.

Ahí quedó la cosa hasta que unos días más tarde me desprendí del tiquet que tenía en el monedero con intención de tirarlo a la papelera. Lo cogió mi mujer y le echó un vistazo antes de echarlo al cesto de los papeles y exclamó: “¿Qué te dije? La entrada de la piscina es de jubilado, por eso te costó menos”. Efectivamente en la entrada indicaba claramente ‘Jubilat individual’. Buscando una salida honrosa pregunté: “¿Quieres decir que hago cara de jubilado?” La respuesta -expresada con dulzura- fue la que más temía: “Sí, cariño, sí”. Comprendí entonces al pequeño Guille de la tira de Mafalda que reproduzco:



Charlie Rivel
Finiquitado, asumido, pensando que estaba totalmente repuesto y, además, decidido a escribir sobre ello para demostrarlo, aparece un nuevo brote. Llego una tarde a casa después de realizar unas gestiones y tras cruzar el umbral oigo unos gritos de alborozo de mis hijas. “¿A qué se debe este recibimiento?”, pensé esbozando una sonrisa. El encanto se desvaneció de pronto al llegar al salón y escuchar: "¡Ohhhh, es papá!" (estaban esperando a su tío para que les ayudase en un juego de ordenador). Al instante, simulé un llanto al estilo del legendario payaso Charlie Rivel (2) -emular a Nobita de Doraemon me pareció excesivo- y mi hija menor acudió a mi rescate intentando consolarme.

Manifestaciones de orgullo de bajos vuelos que no estoy seguro que merezcan seguir el consejo del malogrado Carles Capdevila en su último artículo, en que nos animaba a que nos dijéramos cosas bonitas para superar las exigencias a las que nos somete la vida diaria (3). O quizá sí, y mimándonos un poco al mirarnos al espejo consigamos que el semblante se relaje para afrontar la jornada con un talante más alegre y amable que se refleje en el rostro… aunque pueda costarnos más caro ir a la piscina.

(1) Jane Austen: Orgullo y prejuicio. Editor: Boreal (1998) Colección: Obras maestras. Título original: Pride and Prejudice (1813). Traductor:    J. de Urríes de Azara. 318 Páginas. Fragmento: Capítulo VI. Páginas 23-27
(2) Josep Andreu i Lasserre (Cubellas, Barcelona, 23 de abril de 1896-Sant Pere de Ribes, Barcelona, 26 de julio de 1983), conocido por su nombre artístico Charlie Rivel, fue un payaso español, uno de los más famosos de la historia del circo.

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