Siempre al acecho
Dice María la protagonista
de Orgullo y prejuicio: “El orgullo… es un defecto muy común. Mis lecturas me
han convencido de que la naturaleza humana es en extremo propensa a él, y de
que hay muy pocos que no abriguen sentimientos de propia complacencia con
motivo de tal o cual condición real o imaginaria… El orgullo se refiere… a
nuestra opinión sobre nosotros mismos…” (1) El orgullo parece estar agazapado
esperando cualquier oportunidad para manifestarse, aprovechando incluso situaciones
banales, como me ocurrió recientemente.
Fuimos a pasar el día a la
piscina municipal que tenemos cerca de casa. Mi mujer y mis hijas llegaron
primero y yo lo hice dos horas más tarde. Al comprar la entrada, la joven
taquillera me pide un importe menor que la tarifa que teóricamente me
correspondía (2,65€ en lugar de 4,60€). No hice ningún comentario y pensé
interiormente que era una cuestión de horario, había llegado pasadas las 2 de
la tarde.
Ahí quedó la cosa hasta que unos días más tarde me desprendí del tiquet que tenía en el monedero
con intención de tirarlo a la papelera. Lo cogió mi mujer y le echó un vistazo
antes de echarlo al cesto de los papeles y exclamó: “¿Qué te dije? La entrada
de la piscina es de jubilado, por eso te costó menos”. Efectivamente en la
entrada indicaba claramente ‘Jubilat individual’. Buscando una salida honrosa
pregunté: “¿Quieres decir que hago cara de jubilado?” La respuesta -expresada con dulzura- fue la que
más temía: “Sí, cariño, sí”. Comprendí
entonces al pequeño Guille de la tira de Mafalda que
reproduzco:
![]() |
| Charlie Rivel |
Finiquitado, asumido,
pensando que estaba totalmente repuesto y, además, decidido a escribir sobre
ello para demostrarlo, aparece un nuevo brote. Llego una tarde
a casa después de realizar unas gestiones y tras cruzar el umbral oigo unos
gritos de alborozo de mis hijas. “¿A qué se debe este recibimiento?”, pensé
esbozando una sonrisa. El encanto se desvaneció de pronto al llegar al salón y
escuchar: "¡Ohhhh, es papá!" (estaban esperando a su tío para que les ayudase en
un juego de ordenador). Al instante, simulé un llanto al estilo del legendario payaso
Charlie Rivel (2) -emular a Nobita de Doraemon me pareció excesivo- y mi hija menor
acudió a mi rescate intentando consolarme.
Manifestaciones de orgullo
de bajos vuelos que no estoy seguro que merezcan seguir el consejo del malogrado
Carles Capdevila en su último artículo, en que nos animaba a que nos dijéramos cosas bonitas
para superar las exigencias a las que nos somete la vida diaria (3). O quizá sí, y
mimándonos un poco al mirarnos al espejo consigamos que el semblante se relaje para
afrontar la jornada con un talante más alegre y amable que se refleje en el rostro… aunque pueda costarnos más caro ir a la piscina.
(1) Jane Austen: Orgullo y
prejuicio. Editor: Boreal (1998) Colección: Obras maestras. Título original: Pride
and Prejudice (1813). Traductor: J. de
Urríes de Azara. 318 Páginas. Fragmento: Capítulo VI. Páginas 23-27
(2) Josep Andreu i Lasserre
(Cubellas, Barcelona, 23 de abril de 1896-Sant Pere de Ribes, Barcelona, 26 de
julio de 1983), conocido por su nombre artístico Charlie Rivel, fue un payaso
español, uno de los más famosos de la historia del circo.


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