dissabte, 16 de setembre del 2017

Espíritu de gobierno

Humildad y discernimiento


En la carta dominical del 10 de septiembre (1) el obispo de Terrassa, Josep Àngel Saiz, aludiendo a un discurso de Benedicto XVI, glosa un episodio del Libro de los Reyes de la Biblia que recoge la petición de Salomón a Dios –que le había dicho en sueños “Pídeme lo que quieras”- cuando sucede a su padre David en el trono de Israel: “Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso?” Y la respuesta que recibe es afirmativa:Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti”. (2)

Cuando el poder político se concibe como una competición y el liderazgo como un objetivo de dominio es difícil concebir el gobierno como un servicio, porque hay otras prioridades que se sobreponen: la confrontación, la diferenciación, la imagen, el control interno y externo… ¿Dónde queda relegado entonces el bien común, el interés de los ciudadanos?
Josep Àngel Saiz

En otro fragmento de la carta dice el prelado egarense: “Dirigir un pueblo es una misión de tal envergadura que cualquier líder, si tiene un mínimo de sensatez, por fuerza ha de sentirse abrumado y superado. Es imprescindible hacer un ejercicio continuo de realismo, porque gobernar no es un privilegio, ni un dominio, sino un servicio, y como servicio al pueblo es indispensable estar atentos a la compleja realidad de las personas, de todas las personas, para saber discernir, buscando siempre el bien común. Gobernar es trabajar al servicio de la verdad y la justicia.

Es imposible gobernar a gusto de todos: a las limitaciones personales que todos tenemos –también los gobernantes, aunque algunos una vez encumbrados se olviden de ello- se une la escasez de recursos –materiales y personales- y la imperiosa necesidad de seleccionar y priorizar: no se pueden, ni se deben, atender a todas las demandas, pero la bondad de las medidas que se tomen estriba en el criterio de preferencia que se tome y el objetivo que se persiga.

Los gobernantes necesitan comprensión y exigencia de los gobernados. Comprensión por la dificultad que conlleva la tarea que tienen que sobrellevar y exigencia porque conviene que sientan cercano el aliento de los ciudadanos para que su labor no se desvíe del principal objetivo para el que se les eligió. Elementos de distracción no les faltarán –medradores, aduladores, lobbies, exigencias de partido…- y, por ello, la capacidad de discernimiento, como pedía Salomón, se convierte en un factor fundamental para obrar con eficacia.

(2) Libro de los Reyes 3, 5. 7-12

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