Humildad y discernimiento
En la carta dominical del 10 de septiembre (1) el obispo de Terrassa, Josep Àngel Saiz, aludiendo a un discurso de Benedicto XVI, glosa un episodio
del Libro de los Reyes de la Biblia que recoge la petición de Salomón a Dios –que
le había dicho en sueños “Pídeme lo que quieras”- cuando sucede a su padre David en el
trono de Israel: “Da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo,
para discernir el mal del bien, pues ¿quién sería capaz de gobernar a este
pueblo tan numeroso?” Y la respuesta que recibe es afirmativa: “Por haber
pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus
enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo
tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes
ni lo habrá después de ti”. (2)
Cuando el poder político se
concibe como una competición y el liderazgo como un objetivo de dominio es
difícil concebir el gobierno como un servicio, porque hay otras prioridades que
se sobreponen: la confrontación, la diferenciación, la imagen, el control
interno y externo… ¿Dónde queda relegado entonces el bien común, el interés de
los ciudadanos?
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| Josep Àngel Saiz |
En otro fragmento de la
carta dice el prelado egarense: “Dirigir un pueblo es una misión de tal
envergadura que cualquier líder, si tiene un mínimo de sensatez, por fuerza ha
de sentirse abrumado y superado. Es imprescindible hacer un ejercicio continuo
de realismo, porque gobernar no es un privilegio, ni un dominio, sino un
servicio, y como servicio al pueblo es indispensable estar atentos a la
compleja realidad de las personas, de todas las personas, para saber discernir,
buscando siempre el bien común. Gobernar es trabajar al servicio de la verdad y
la justicia.”
Es imposible gobernar a
gusto de todos: a las limitaciones personales que todos tenemos –también los
gobernantes, aunque algunos una vez encumbrados se olviden de ello- se une la escasez
de recursos –materiales y personales- y la imperiosa necesidad de seleccionar y
priorizar: no se pueden, ni se deben, atender a todas las demandas, pero la
bondad de las medidas que se tomen estriba en el criterio de preferencia que se
tome y el objetivo que se persiga.
Los gobernantes necesitan
comprensión y exigencia de los gobernados. Comprensión por la dificultad que
conlleva la tarea que tienen que sobrellevar y exigencia porque conviene que sientan
cercano el aliento de los ciudadanos para que su labor no se desvíe del
principal objetivo para el que se les eligió. Elementos de distracción no les
faltarán –medradores, aduladores, lobbies, exigencias de partido…- y, por ello,
la capacidad de discernimiento, como pedía Salomón, se convierte en un factor fundamental
para obrar con eficacia.
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