Engullidos en la masa
Hay personas con gran capacidad
de convocatoria, que tienen una especial habilidad para saber tocar la tecla
oportuna para aunar voluntades, para unir lo disperso, para movilizar… Entre
ellas se encuentran las que se autodenominan activistas, que acostumbran a
mostrarse como profesionales de la proclamación y estímulo del descontento
social.
¿Profetas de nuestro tiempo? ¿Flautistas
de Hamelín? Para el escritor Ignacio Martínez de Pisón se trata de “personas
que, dotadas de un superávit de empatía, experimentan como propio todo el dolor
ajeno. Para ellos la realidad está mal hecha o averiada, y todos hemos de
contribuir a repararla. Apocalípticos por naturaleza, no hay nada para los
activistas que no sea grave y urgente, y apremiándose a sí mismos a actuar se
creen legitimados para apremiar a los demás”.
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| Ignacio Martínez de Pisón |
El relato de los Hermanos Grimm
advierte acerca de la imprudencia de dejarse llevar irreflexivamente, sin prestar
atención hacia dónde conducen los cantos de sirena. Pero para que ello sea posible es preciso distanciarse
del personaje genérico al que alude desdeñosamente Ortega y Gasset hace casi un
siglo: “Los credos políticos… son aceptados por el hombre medio no en virtud de
un análisis y examen directo de su contenido, sino merced a que se convierten
en frases hechas… El hombre medio piensa, cree y estima precisamente aquello
que no se ve obligado a pensar, creer y estimar por sí mismo en esfuerzo
original. Tiene el alma hueca y su única actividad es el eco.” (2)
Con sus alertas, denuncias y reivindicaciones los activistas empujan a los ciudadanos a ser socialmente activos; en ese punto radica, según mi criterio, su mayor utilidad: su capacidad para desperezar conciencias apoltronadas -conformistas, ensimismadas, acomodadas...- impelidas a reaccionar bien sea para seguirles, bien sea para contrarestar sus propuestas. Pero la resistencia a complicarse la vida del socialmente pasivo le mantiene atenazado, incapaz de discernir que hay en el trasfondo de aquello que se le propone -no está acostumbrado a preguntárselo- y fácilmente se sumerge en el adocenamiento de seguir la corriente, donde cree encontrarse más seguro: '¿Dónde va Vicente? Donde va la gente'.

Lo decía un amigo mio: 'Si no quieres complicarte la vida, la vida acaba complicándote a ti'. ¡Cuántos lamentos!, ¡cuántas irritaciones!, ¡cuánta acritud!, ¡cuánta visceralidad!... son consecuencia de inhibiciones y deserciones. Poco o mucho, todos podemos colaborar en hacer nuestro entorno social más amable si nos lo proponemos.

Lo decía un amigo mio: 'Si no quieres complicarte la vida, la vida acaba complicándote a ti'. ¡Cuántos lamentos!, ¡cuántas irritaciones!, ¡cuánta acritud!, ¡cuánta visceralidad!... son consecuencia de inhibiciones y deserciones. Poco o mucho, todos podemos colaborar en hacer nuestro entorno social más amable si nos lo proponemos.
(1) Ignacio Martínez de Pisón:
Humoristas. Fuente: www.lavanguardia.com/opinion/20170526/422927476371/humoristas.html
(2) José Ortega y
Gasset. El espectador. Editorial Salvat. Colección: Biblioteca básica, libro
RTV número 4. Páginas 47-48

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