divendres, 8 de març del 2019

El pretexto de las ‘malas compañías’


La bondad requiere fortaleza


Discrepaba con un compañero del equipo de fútbol en el que jugaba sobre un tipo de comportamiento. Mis reparos fueron contraargumentados estadísticamente citando un famoso libro de aquella época, que sentenciaba que un porcentaje muy elevado de chicos de nuestra edad actuaban como él decía. No consiguió convencerme, pero sí dejarme algo tocado: ¿seré un tipo raro?; ese sentimiento de aislamiento sobre el que trabajó la socióloga Noelle-Neumann buscando explicaciones a los comportamientos del electorado que plasmó en La espiral del silencio.

En esa etapa, llevado por una curiosidad malsana, también hubo espacio para emular otros comportamientos nocivos, que aunque poco tiempo después llegué percibirlos como tales y abandonarlos, primero por propia reflexión y luego por trabar amistad con personas cuyos horizontes vitales transcurrían por otros derroteros, no merecen justificarse aduciendo que les pasan cosas parecidas o peores a muchos a esa edad –‘mal de muchos… ¡epidemia!’-, como dan a entender quienes con tono jocoso se refieren a sus pretéritos desmanes: ‘no hablo de ello públicamente porque todavía no ha prescrito’.

Haciendo referencia a personas que han caído en la delincuencia o la drogadicción hemos oído en muchas ocasiones a los progenitores o personas allegadas comentar que ‘es un buen chico, pero las malas compañías lo han llevado por un camino equivocado’. Probablemente ese comentario podría aplicarse a casi todos los miembros de esas ‘malas compañías’. Por distintos motivos el mal se presenta atractivo, la transgresión por sí misma parece que a uno le engrandece, le reafirma en su propio yo, y en épocas emocionalmente inestables, como la adolescencia, ejerce un efecto estimulante que arrastra.

También incide en el comportamiento el cobijo que ofrece el grupo, que muchas veces es dominado por aquel que tiene las ideas más disparatadas, temerarias o radicales. En ese contexto adquiere relevancia la frase de Edmund Burke: “Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”. Si en el grupo no hay nadie que sea capaz de pararle los pies a quien quiere conducirlos por una senda perversa todos los que permanecen en él quedarán manchados y aprisionados por el temor a quedar aislados, amparados –a veces- en una malentendida lealtad: ¿qué va a ser de mi si me aparto del grupo, qué van a pensar si no sigo sus decisiones o consignas?

La bondad se confunde muchas veces con la pusilanimidad –no crea problemas, es dócil, no ha roto nunca un plato…-. El pusilánime bondadoso se suele sustentar en principios inestables –es lo que toca hacer- inmaduros y superficiales, que se desvanecen cuando se hace preciso defenderlos. La volubilidad es habitual en estas personas, que se contagian con facilidad del ambiente que les rodea: ‘donde fueres haz lo que vieres’. (1)

La bondad requiere la fortaleza de ánimo que aporta la siguiente definición: “En situaciones ambientales perjudiciales a una mejora personal, resiste las influencias nocivas, soporta las molestias y se entrega con valentía en caso de poder influir positivamente para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes.” (2) Es una cualidad que conviene a todos los públicos y se entrena esforzándose en dominar las tendencias falsamente pacificadoras de la conciencia en forma de comodidad, pereza, reclusión tecnológica, falta de compromiso, pasotismo, relativismo, indiferentismo… Para ser bueno también hay que ser mental y anímicamente fuerte.

(1) Refrán 'Donde fueres haz lo que vieres': Recomienda, por educación, acomodarse a las costumbres y usos del país en el que uno se encuentra, al tiempo que aconseja no singularizarse saliendo de los modos y usos establecidos en cada lugar para evitar conflictos. Fuente: https://cvc.cervantes.es/lengua/refranero/ficha.aspx?Par=58540&Lng=0

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