La bondad requiere fortaleza
Discrepaba con un compañero
del equipo de fútbol en el que jugaba sobre un tipo de comportamiento. Mis
reparos fueron contraargumentados estadísticamente citando un famoso libro de
aquella época, que sentenciaba que un porcentaje muy elevado de chicos de
nuestra edad actuaban como él decía. No consiguió convencerme, pero sí dejarme
algo tocado: ¿seré un tipo raro?; ese sentimiento de aislamiento sobre el que
trabajó la socióloga Noelle-Neumann buscando explicaciones a los
comportamientos del electorado que plasmó en La espiral del silencio.
En esa etapa, llevado por
una curiosidad malsana, también hubo espacio para emular otros comportamientos nocivos,
que aunque poco tiempo después llegué percibirlos como tales y abandonarlos, primero
por propia reflexión y luego por trabar amistad con personas cuyos horizontes
vitales transcurrían por otros derroteros, no merecen justificarse aduciendo
que les pasan cosas parecidas o peores a muchos a esa edad –‘mal de muchos… ¡epidemia!’-,
como dan a entender quienes con tono jocoso se refieren a sus pretéritos desmanes:
‘no hablo de ello públicamente porque todavía no ha prescrito’.
Haciendo referencia a
personas que han caído en la delincuencia o la drogadicción hemos oído en muchas
ocasiones a los progenitores o personas allegadas comentar que ‘es un buen
chico, pero las malas compañías lo han llevado por un camino equivocado’.
Probablemente ese comentario podría aplicarse a casi todos los miembros de esas
‘malas compañías’. Por distintos motivos el mal se presenta atractivo, la
transgresión por sí misma parece que a uno le engrandece, le reafirma en su
propio yo, y en épocas emocionalmente inestables, como la adolescencia, ejerce
un efecto estimulante que arrastra.
También incide en el
comportamiento el cobijo que ofrece el grupo, que muchas veces es dominado por
aquel que tiene las ideas más disparatadas, temerarias o radicales. En ese
contexto adquiere relevancia la frase de Edmund Burke: “Lo único que se
necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada”. Si
en el grupo no hay nadie que sea capaz de pararle los pies a quien quiere
conducirlos por una senda perversa todos los que permanecen en él quedarán
manchados y aprisionados por el temor a quedar aislados, amparados –a veces- en
una malentendida lealtad: ¿qué va a ser de mi si me aparto del grupo, qué van a pensar si no sigo
sus decisiones o consignas?
La bondad se confunde
muchas veces con la pusilanimidad –no crea problemas, es dócil, no ha roto
nunca un plato…-. El pusilánime bondadoso se suele sustentar en principios
inestables –es lo que toca hacer- inmaduros y superficiales, que se desvanecen
cuando se hace preciso defenderlos. La volubilidad es habitual en estas
personas, que se contagian con facilidad del ambiente que les rodea: ‘donde fueres haz lo que vieres’. (1)
La bondad requiere la fortaleza
de ánimo que aporta la siguiente definición: “En situaciones ambientales
perjudiciales a una mejora personal, resiste las influencias nocivas, soporta
las molestias y se entrega con valentía en caso de poder influir positivamente
para vencer las dificultades y para acometer empresas grandes.” (2) Es una
cualidad que conviene a todos los públicos y se entrena esforzándose en dominar
las tendencias falsamente pacificadoras de la conciencia en forma de comodidad,
pereza, reclusión tecnológica, falta de compromiso, pasotismo, relativismo, indiferentismo…
Para ser bueno también hay que ser mental y anímicamente fuerte.
(1) Refrán 'Donde fueres haz lo que vieres': Recomienda, por educación, acomodarse a las costumbres y usos del país en el que uno se encuentra, al tiempo que aconseja no singularizarse saliendo de los modos y usos establecidos en cada lugar para evitar conflictos. Fuente: https://cvc.cervantes.es/lengua/refranero/ficha.aspx?Par=58540&Lng=0
(2) La educación de la fortaleza. https://www.aciprensa.com/recursos/la-educacion-de-la-fortaleza-442
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