Todo derecho supone una obligación
Cuando se trata de legislar,
utilizar como argumento los sentimientos íntimos de una persona supone
adentrarse en un terreno pantanoso o, como mínimo, resbaladizo. Porque cada ser
humano no es un departamento estanco, aislado: lo que él quiera hacer con su
vida repercute en su entorno personal y social.
El debate sobre la
eutanasia se suele plantear desde el punto de vista del solicitante que desea
que se ponga fin a su vida: no soporta seguir viviendo por su estado de salud u
otra razón. Desde la perspectiva del sufrimiento que manifiesta y la firmeza de
su decisión puede parecer comprensible atender a su deseo, incluso considerarse
como un gesto humanitario. Pero la repercusión de esta decisión no solo le
afecta a él.
Cuando se impulsa una ley
que prescribe las condiciones en las que se puede hacer efectiva la eutanasia,
el foco no recae exclusivamente en el solicitante, sino también en aquellos que
tienen que autorizarla y ejecutarla. Todo derecho comporta una obligación para
quien debe atenderlo, una o más personas. Se distorsiona el contenido del texto
legal si ante la opinión pública se pone el énfasis en el derecho que se otorga
-ser eutanasiado- y no se pone el mismo acento en la exigencia que ello supone para
los profesionales que han de eutanasiar, colaborando o ejecutando. Si, además, se
prevé que éstos últimos han de ser aquellos cuyo cometido primordial es cuidar
a los enfermos, velar por su salud hasta donde sea naturalmente posible, se
está pervirtiendo el fin específico de su profesión.Una vez aprobada la ley, dictaminar la muerte del solicitante –real o presunto- pasa a ser un trámite burocrático, donde solo se comprueba que se cumplen los requisitos y protocolos previstos; los sentimientos ya no cuentan.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada