dijous, 9 de juliol del 2020

Siempre en modo alerta


La misericordia nos desborda


Se hace el encontradizo en múltiples ocasiones durante nuestra vida, pero podemos estar distraídos, pasotas, esquivos, absortos, embobados… y no enterarnos. Quizá al intuir o detectar su presencia prefiramos pasar de largo, evitarlo, ignorarlo, desdeñarlo, descartarlo… Son algunos de los obstáculos que se ponen para que su voz no penetre en nuestro interior.

Al comentar un fragmento de la profecía de Oseas la religiosa Cristina Tobaruela hace hincapié en la respuesta de Dios a la infidelidad de su pueblo y, por extensión, a nuestros extravíos: “La gran novedad de Oseas es que muestra que el perdón antecede a la conversión. Dios perdona antes de que el pueblo se convierta, aunque no se haya convertido. Y esto no significa que la conversión sea innecesaria. Pero sí que se produce como respuesta al amor de Dios, no como condición previa al perdón.” (1)

Se puede relacionar esta reflexión con otro mensaje profético: “no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el malvado se convierta de su conducta y viva. Convertíos, convertíos de vuestra mala conducta” (2). Lo asocié también a la parábola del hijo pródigo, tan emotiva como difícil de comprender de tejas para abajo: ¿por qué parece salir mejor parado quien ha sido insolidario y derrochador? Dice el texto evangélico que acuciado por el hambre –una de las consecuencias de su arrogante decisión de vivir a su aire-: “…se puso en camino hacia la casa de su padre. Cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos.” (3) No nos ha de extrañar que nos desconcierte este recibimiento, no nos cabe en la cabeza un gesto tan magnánimo, como le ocurre al mayor de los hijos, que había permanecido al lado de su padre. Quizá se puede colegir de ello que el simple cumplimiento puede conducir a un endurecimiento del corazón, una rutina a la que le falta la chispa del amor, el ingrediente transformador que da relevancia a lo que se hace.

Continúa sor Cristina: En los momentos de fragilidad y de pecado Dios no nos abandona, nos sigue ofreciendo su perdón antes de que se lo pidamos, nos invita a reanudar nuestra relación con Él. Dios siempre está a la espera de nuestra vuelta cuando nos alejamos, y si hace falta, nos llevará al desierto, a la soledad donde podremos entrar con Él en una nueva alianza.” (1)

Qué poco tienen que ver estas palabras con la imagen de un Dios justiciero que tantas veces se ha usado para infundir un temor que tantas veces se convierte en nocivo: carente de amor, paralizante y alimento para el resentimiento. La misericordia de Dios nos desborda, nos rompe los esquemas y puede confundirnos pensando que es un chollo inmerecido que uno no se puede permitir –indignidad orgullosa- o bien que tanta bondad ha de permitirle a uno hacer lo que le apetezca, no hace falta ningún esfuerzo ni cambio de conducta –presunción arrogante-. San Agustín lo resume así: “Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (4).

La misericordia es consuelo y esperanza. Nunca hay que dar todo por perdido en estas lides. ‘No hay nada que hacer’, ‘no tengo remedio’ no son respuestas válidas. De una u otra manera Él irá saliendo a nuestro encuentro. Entonces es el momento de hacer realidad las palabras que san Pablo pone en boca del Espíritu Santo: “Si hoy escucháis su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (5). Un mensaje dirigido a todos, sean o no creyentes, al que conviene prestar atención, porque nos va en ello gran parte de nuestra felicidad.

(1) Sor Cristina Tobaruela O. P.: Comentario a la ‘Lectura de la profecía de Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22. Ver enlace https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/6-7-2020/
(2) Libro del profeta Ezequiel, capítulo 33, versículo 11
(3) Ver Evangelio según san Lucas, capítulo 15, versículos 11 a 32. Mencionado el versículo 20.
(4) San Agustín, Sermón 169, punto 13: “Serás obra de Dios, no sólo por ser hombre, sino también por ser justo. En efecto, para ti mejor es ser justo que ser hombre. Si el ser hombre es obra de Dios y el ser justo obra tuya, tú haces algo mejor que lo que ha hecho Dios. Pero Dios te hizo a ti sin ti. Ningún consentimiento le otorgaste para que te hiciera. ¿Cómo podías dar el consentimiento si no existías? Por tanto, quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti. Así, pues, creó sin que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él. Con todo, es él quien justifica; para que no sea justicia tuya, para no volver a lo que para ti es daño…” Ver enlace https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/discorso_220_testo.htm
(5) Carta de san Pablo a los Hebreos, capítulo 3, versículos 7 y 8

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