La misericordia nos desborda
Se hace el encontradizo en
múltiples ocasiones durante nuestra vida, pero podemos estar distraídos, pasotas,
esquivos, absortos, embobados… y no enterarnos. Quizá al intuir o detectar su
presencia prefiramos pasar de largo, evitarlo, ignorarlo, desdeñarlo, descartarlo…
Son algunos de los obstáculos que se ponen para que su voz no penetre en
nuestro interior.
Al comentar un fragmento de
la profecía de Oseas la religiosa Cristina Tobaruela hace hincapié en la
respuesta de Dios a la infidelidad de su pueblo y, por extensión, a nuestros
extravíos: “La gran novedad de Oseas es que muestra que el perdón antecede a la
conversión. Dios perdona antes de que el pueblo se convierta, aunque no se haya
convertido. Y esto no significa que la conversión sea innecesaria. Pero sí que
se produce como respuesta al amor de Dios, no como condición previa al perdón.”
(1)
Se puede relacionar esta reflexión
con otro mensaje profético: “no me complazco en la muerte del malvado, sino en
que el malvado se convierta de su conducta y viva. Convertíos, convertíos de
vuestra mala conducta” (2). Lo asocié también a la parábola del hijo pródigo,
tan emotiva como difícil de comprender de tejas para abajo: ¿por qué parece
salir mejor parado quien ha sido insolidario y derrochador? Dice el texto
evangélico que acuciado por el hambre –una de las consecuencias de su arrogante
decisión de vivir a su aire-: “…se puso en camino hacia la casa de su padre. Cuando
aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro,
se le echó al cuello y le cubrió de besos.” (3) No nos ha de extrañar que nos
desconcierte este recibimiento, no nos cabe en la cabeza un gesto tan
magnánimo, como le ocurre al mayor de los hijos, que había permanecido al lado
de su padre. Quizá se puede colegir de ello que el simple cumplimiento puede
conducir a un endurecimiento del corazón, una rutina a la que le falta la chispa
del amor, el ingrediente transformador que da relevancia a lo que se hace.
Continúa sor Cristina: “En
los momentos de fragilidad y de pecado Dios no nos abandona, nos sigue
ofreciendo su perdón antes de que se lo pidamos, nos invita a reanudar nuestra
relación con Él. Dios siempre está a la espera de nuestra vuelta cuando nos
alejamos, y si hace falta, nos llevará al desierto, a la soledad donde podremos
entrar con Él en una nueva alianza.” (1)
Qué poco tienen que ver estas
palabras con la imagen de un Dios justiciero que tantas veces se ha usado para
infundir un temor que tantas veces se convierte en nocivo: carente de amor, paralizante y alimento para el resentimiento. La misericordia de Dios nos desborda, nos
rompe los esquemas y puede confundirnos pensando que es un chollo inmerecido
que uno no se puede permitir –indignidad orgullosa- o bien que tanta bondad ha de permitirle a uno hacer lo que le apetezca, no hace falta ningún esfuerzo ni cambio de conducta –presunción
arrogante-. San Agustín lo resume así: “Dios que te creó sin ti, no te salvará
sin ti” (4).
La misericordia es consuelo
y esperanza. Nunca hay que dar todo por perdido en estas lides. ‘No hay nada que
hacer’, ‘no tengo remedio’ no son respuestas válidas. De una u otra manera Él irá saliendo a nuestro encuentro. Entonces es el momento de hacer realidad las
palabras que san Pablo pone en boca del Espíritu Santo: “Si hoy escucháis su
voz, no endurezcáis vuestros corazones” (5). Un mensaje dirigido a todos,
sean o no creyentes, al que conviene prestar atención, porque nos va en ello gran
parte de nuestra felicidad.
(1) Sor Cristina Tobaruela
O. P.: Comentario a la ‘Lectura de la
profecía de Oseas 2, 16. 17b-18. 21-22. Ver enlace https://www.dominicos.org/predicacion/evangelio-del-dia/6-7-2020/
(2) Libro del profeta Ezequiel, capítulo 33, versículo 11
(3) Ver Evangelio según san Lucas, capítulo 15,
versículos 11 a 32. Mencionado el versículo 20.
(4) San Agustín, Sermón 169, punto 13: “Serás obra de
Dios, no sólo por ser hombre, sino también por ser justo. En efecto, para ti
mejor es ser justo que ser hombre. Si el ser hombre es obra de Dios y el ser
justo obra tuya, tú haces algo mejor que lo que ha hecho Dios. Pero Dios te
hizo a ti sin ti. Ningún consentimiento le otorgaste para que te hiciera. ¿Cómo
podías dar el consentimiento si no existías? Por tanto, quien te hizo sin ti, no te justifica sin ti. Así, pues, creó sin
que lo supiera el interesado, pero no justifica sin que lo quiera él. Con todo,
es él quien justifica; para que no sea justicia tuya, para no volver a lo que
para ti es daño…” Ver enlace https://www.augustinus.it/spagnolo/discorsi/discorso_220_testo.htm
(5) Carta de san Pablo a los Hebreos, capítulo 3, versículos 7 y 8

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