Hay Alguien ahí
Hace algunas semanas que no veo a Torín. Mendigaba sentado en el suelo o de rodillas junto a la verja de entrada a la iglesia los domingos. Le daba siempre alguna moneda, a pesar de las advertencias del párroco respecto a la mendicidad profesional. A otros que ocupaban su lugar en ocasiones no les daba, pero a él sí. Varias veces me entraron ganas de decirle que el tesoro estaba dentro. No llegué a hacerlo por esos remilgos amparados en la oportunidad que tantas veces son un freno injustificado. Mi madre, que no era lo que se viene en llamar mujer de misa, no tenía reparo en hablar con naturalidad y desparpajo de sus devociones a las personas con las que se relacionaba, mientras yo me sentía algo incómodo a su lado en determinadas circunstancias.No pretendía hablar a Torín de los objetos materiales que hay en el templo, sino de la presencia de Jesús sacramentado en el sagrario. A veces le veía acercarse al umbral del templo, supongo que para inspeccionar por dónde iba la Misa, pero en una ocasión le vi dirigirse al Cristo crucificado situado a la izquierda de la entrada. El tesoro al que quería referirme es el que diferencia un templo católico de otros espacios cerrados destinados a congregar personas –auditorios, salas de actos o conferencias, otros templos…-. La presencia real y actual de Cristo es el fundamento de la fe cristiana: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva», dice el papa Benedicto XVI (1).
Sin esa presencia real de Cristo en nuestras vidas la fe se convierte en algo banal o cultural o reglamentario o meramente racional. ¿Lo tenemos claro los que nos consideramos católicos, independientemente del grado de práctica pública o privada de la fe? ¿Lo tenemos claro cuando entramos en el templo? ¿Lo tenemos claro como para acercarnos a orar junto al sagrario al margen de las celebraciones aunque solo sea unos breves minutos? ¿Lo tenemos claro como para darnos cuenta que la vivencia de la fe no se reduce a un conjunto de prácticas externas y comunitarias? ¿Lo tenemos claro como para saber que la benemérita actividad asistencial será fructífera si sirve para acercarnos a Él cualquiera que sea la relevancia social que adquiera?
Me contaron que a un chico de catequesis le preguntaron dónde estaba Dios y contestó: ‘Estar, estar, está en todas partes, pero donde más para es en el sagrario’. Otro chaval expresaba con sencillez ‘para quererlo hay que rozarlo’. No basta con la formación catequética o intelectual y la práctica ritual, es necesario tratarlo personalmente para crecer, una actividad que no precisa de un espacio o un momento determinado. Un poema de Santa Teresa de Jesús nos orienta: “Vuestra soy, para Vos nací: / ¿Qué mandáis hacer de mí?”Me sorprendió el comentario de un joven periodista que relataba su proceso de conversión al preguntarle qué les diría a los que, como a él le había ocurrido, estaban alejados de la fe: ‘que entren en una iglesia, se pongan unos minutos delante del sagrario y abran su corazón; a ver qué pasa’. Un consejo que puede aplicarse a los que ya transitan en ella: buscar el sagrario, abrir el corazón y dejar espacio para que se Él manifieste en ese momento o en otro. El esfuerzo que hacen las parroquias por mantener abierto el templo durante un buen número de horas ha de ser un estímulo para que delante del sagrario siempre haya alguien dispuesto a entablar ese diálogo.



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