Reflexiones jóbicas (4) *
“¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”, frase muy difundida atribuida a Einstein que expresa la dificultad de desembarazarse de las opiniones poco o nada contrastadas que tenemos asumidas, porque tener prejuicios es algo común a los miembros de nuestra especie, una característica que se agrava con la cerrilidad.
Dice el diccionario de la RAE del prejuicio: “Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal.” Sin embargo, el filósofo Antonio Fornés (1) no lo considera exactamente así: siguiendo a Gadamer «para quien el prejuicio, esto es, el juicio previo, es algo imprescindible a la hora de acercarnos al mundo…», estima que «son algo así como las gafas que necesitamos para poder ver la realidad» y descifrarla: «cualquier observación del ser humano es, en el fondo, poco más que una interpretación desde sus presupuestos teóricos», que para él vienen determinados por el entorno: «ni siquiera escogemos nuestros prejuicios, sino que nos vienen dados». El problema que se deriva de esta posición radica, así lo entiendo, en no plantearse si las gafas que usamos para juzgar están bien graduadas y en adoptar una postura subjetiva respecto a la realidad, tal como dan a entender los versos de Campoamor: «nada hay verdad ni mentira / todo es según el color / del cristal con que se mira» (2).
El diccionario también dice que el prejuicio es la acción y efecto de prejuzgar, que define como: “Juzgar una cosa o a una persona antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento”. Una actitud que se puede convertir en un mal hábito, especialmente grave cuando lo adopta un consejero, que no solo ha de aconsejar basándose en su formación, sus conocimientos y sus experiencias, sino que ha de ser capaz de discernir lo que cada situación concreta requiere.
En consejeros de Job* –retomo un serial que inicié hace tres años- se convierten los tres amigos que, advertidos de su desgracia, vienen a visitarle. Tras respetar junto a él una semana de duelo y oírle exteriorizar sus lamentos se disponen a exhortarle uno tras otro. El primero en hablar es Elifaz, que parece molesto tras al oír los lamentos de Job; da la impresión de que ya tiene claro de antemano el diagnóstico y el remedio que hay que aplicar. Así que, siguiendo la táctica ‘remátalo que va herido’, le echa un rapapolvo a Job, acusándole de incoherente: «Tú has dado lecciones a muchos y has fortalecido muchas manos decaídas… Ahora que te sucede a ti, te deprimes; te ha tocado a ti y te vienes abajo», dudando de su bondad: «los que cultivan la maldad y siembran la perfidia, la cosechan…; no nace del polvo la maldad ni brota del suelo la desgracia»; y conminándole para deje de quejarse: «la irritación mata al necio y el furor hace morir al insensato». Poniéndose como modelo (¿?) le sugiere un remedio que no parece ni mucho menos descabellado: «yo en tu lugar me dirigiría a Dios, pondría en Dios mi causa», si no fuera porque parte del prejuicio de que lo que le pasa es consecuencia de una mala conducta: «Bienaventurado el hombre al que Dios corrige, y no desprecia la lección del Poderoso. Pues Él hiere, pero pone la venda; golpea, pero cura con sus manos.»
Los amigos de verdad se ponen a prueba en la desgracia. El éxito es muy atractivo y hay muchos que se arriman a los triunfadores, pero cuando el aura decae las deserciones se multiplican. Job era una persona venerada en su entorno, pero a la desgracia sobrevenida –pérdida de hacienda y descendencia, y una enfermedad que le corroe- se unen los reproches que recibe de unos y el abandono de otros: «El que aparta de su amigo la misericordia abandona el temor del Omnipotente. Mis hermanos me han traicionado como un torrente, como tromba de torrentes pasajeros, que se enturbian en tiempo del deshielo al deshacerse la nieve por ellos, pero en tiempo de sequía se evaporan y cuando llega el calor se extinguen en su cauce.» Elifaz no le ha tratado como un amigo, sino como un juez insensible e inmisericorde; su entorno le ha dejado tirado.
La persona que sufre necesita acompañamiento para que el dolor se exteriorice, fluya. La intensidad del dolor puede provocar que desvaríe, que utilice palabras duras e hirientes, incluso dirigidas a quien le acompaña, que puede quedar desconcertado o molesto -¡encima que me cuido de él!-. Job es consciente de ello: «¡Si pudiera pesarse mi aflicción o mis desgracias en la balanza estuvieran juntas, pesarían más que la arena de los mares! Por eso resultan inconexas mis palabras.» Quien está al lado, si de verdad quiere ayudar, ha de esforzarse en relativizar unas reacciones que no responden a un momento de lucidez, aunque le resulten ofensivas en otro contexto. La pericia del buen profesional y el amor del familiar o el amigo superan la natural tendencia a mandarle a paseo o abroncarle. Tratar con un enfermo grave es difícil, no hay fórmulas mágicas ni interpretaciones unívocas que valgan. Cada caso es único y se ha de aprender a sobrellevarlo.
*Libro de Job, versión de la Biblia de la Universidad de Navarra. Fragmento considerado: del capítulo 4 al capítulo 7. Se puede consultar online en https://www.bibliatodo.com/la-biblia/Biblia-de-Jerusalen/job-4
(1) Antonio Fornés / Jesús A. Vila: ¿Son demócratas las abejas? La democracia en la época del coronavirus (2020). Editorial: Diëresis – 2ª edición (2020). 215 páginas. Capítulo 4: La opinión pública y el malestar generalizado, página 129
«…Hans-Georg Gadamer, para quien el prejuicio, esto es, el juicio previo, es algo imprescindible a la hora de acercarnos al mundo. Éste, en un cierto sentido, es poco más que un gran texto por interpretar y nuestros presupuestos previos generados a través de la historia y el lenguaje son nuestra conexión con el mundo. Los prejuicios son algo así como las gafas que necesitamos para poder ver la realidad. Esta precomprensión no es otra cosa que nuestra precomprensión de nosotros mismos. Cualquier observación del ser humano es, en el fondo, poco más que una interpretación desde sus presupuestos teóricos, al fin y al cabo somos seres finitos conformados por el lenguaje y la historia, por tanto ni siquiera escogemos nuestros prejuicios, sino que nos vienen dados.»
(2) Ramón de Campoamor: Poema Las dos linternas. Extraído de https://biblioteca.org.ar/libros/6769.pdf
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