No ha de ser una más
La Navidad nos invita al reencuentro, a ahondar en la paz interior -sin la cual no la puede haber de exterior-, a ver en nuestros congéneres otro yo…; pero a la hora de la verdad nuestro interés parece encaminarse hacia otras cuestiones: multiplicidad de copiosas cenas o comidas, compras, regalos, ansia febril por quedar bien…
Se repite una y otra vez en la liturgia de estos días el versículo de un salmo: «Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.» (1)
Para restaurar hace falta
quitar todas las capas –las máscaras- sobreañadidas que distorsionan nuestra imagen,
para poder corregir luego los desperfectos que se han producido.
Para que brille el rostro de
Dios sobre nosotros y se refleje que estamos hechos a su imagen y semejanza, es
necesario dejarle espacio en nuestro corazón, fiarnos de Él a pesar de que nos
cueste comprender algunas situaciones, recurrir a Él para que nos ayude a
entender lo que necesitamos entender para crecer interiormente y servir a
nuestros semejantes en lo que corresponda.
Para que nos salve es
necesario querer ser salvados, sabernos dependientes de Él para que transcurra
nuestra vida por el mejor camino, aquel que nos enaltece, no por nuestros
propios méritos, sino por el plus que Él nos aporta.
Nada de ello es posible si
andamos estresados, andando de aquí para allá en un trajín al que la sociedad nos empuja, un ruido exterior para acallar lo que nuestro interior
demanda.
Que no se nos pasa por alto
esta Navidad que Jesús quiere nacer en cada uno de nosotros y en nuestro
entorno.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada