divendres, 17 de març del 2023

Inmersos en la eternidad

Un camino sin fin

Extemporáneo. A la mayoría ni le va ni le viene. Un tema obsoleto, propio de nostálgicos o ilusos… A pesar de ello, se manifiesta de diversas maneras: dedicatorias mirando hacia lo alto, expresiones como ‘allí donde estés’… No es una cuestión caducada por los avances científicos o tecnológicos, aunque el ritmo de vida al que solemos estar sometidos impida prestarle suficiente atención. La vida eterna es un misterio porque trasciende el alcance de nuestra mirada mundana, una realidad que molesta especialmente a los poderosos que tienen tenerlo todo bajo control. ¡Cuánto dinero derrochado en proyectos transhumanistas y posthumanistas! ¿Para qué? ¿Para crear un ser cuasiinmortal al que no conozca ni la madre que lo parió? La tecnología aporta facilidad para realizar múltiples funciones a expensas de los seres humanos que la han diseñado y fabricado; nunca suplirá plenamente la capacidad creativa del ser humano de quien en último término depende. Los ansiosos perseguidores de una nueva Babel deben darse cuenta de que un ser humano no dejará de ser lo que es, por mucho que se esfuerce en parecer algo diferente, a pesar de legisladores que quieran desmentirlo; el ser humano seguirá siendo un ser contingente, a pesar de los experimentos transformadores que se realicen, porque no se puede crear algo superior a uno mismo.

La vida eterna es un anhelo al que el deseo inmoderado de acumular (experiencias, bienes materiales, relaciones…) ensombrece. Se gasta mucho tiempo en actividades que no enriquecen porque falta tiempo para saborearlas; el ruido no permite atender al sonido; los likes desestabilizan; la ingente suma de conocimientos banales arrastra a la superficialidad…

La vida eterna se suele plantear como un futuro –algo por llegar- y, sin embargo, no es más que un presente continuo. Es una característica diferenciadora del ser humano respecto a otros seres vivos terrenales. Significa que a partir de la concepción se inicia un camino sin fin, aunque el destino permanezca incierto: respecto al futuro tenemos expectativas, no certezas. Reflexionar sobre la eternidad no está reservado a creyentes. Dos filósofos, cuyas biografías muestran reparos a la existencia de Dios, uno desde el ateísmo y otro desde el agnosticismo lo abordan. André Comte-Sponville en El amor, la soledad: «La eternidad es el ahora: no es un futuro que se nos promete, es el presente mismo que se nos brinda. Se podría citar a Wittgenstein: “Si por eternidad se entiende no una duración temporal infinita, sino la intemporalidad, entonces, quien vive en el presente, vive eternamente”. Pero, ¿cómo vivir de otro modo o en otra parte? La eternidad es nuestro lugar común, y el único. Pero nuestros discursos nos separan, lo mismo que nuestros deseos, lo mismo que nuestras esperanzas… En el fondo, no estamos separados de la eternidad más que por nosotros mismos» (1).

Extiendo la cita de Wittgenstein para ampliar el contexto: «La muerte no es un evento en la vida: no llegamos a vivir la experiencia de la muerte. Si tomamos la eternidad no como la infinita duración temporal, sino como la intemporalidad, entonces la vida eterna pertenece a aquellos quienes viven en el presente. Nuestra vida no tiene final del mismo modo en el que nuestro campo visual no tiene límites» (2).

Vivir la eternidad desde el presente puede aportar serenidad a nuestra vida, desembarazándose de pensamientos infundados que nos inquietan -‘el 90% de las cosas que nos preocupan nunca suceden’ dice la psiquiatra Marián Rojas Estapé- (3); desentendiéndose de las urgencias banales; poniendo atención en lo que se hace para saborear cada momento; cuidando las relaciones con nuestros semejantes… Pero, ¿basta con ello para que se colmen nuestros anhelos? ¿Nos conformamos con más de lo mismo indefinidamente? ¿Nos consuela la idea de poseer un espíritu errante que un vez abandona un cuerpo se inserta en otro? La propuesta cristiana es la bienaventuranza eterna, un estado de felicidad inimaginable por el ser humano, capaz de colmar nuestras aspiraciones sin saciarlas. Depende de que uno, sabiéndose criatura, confíe en el Creador, en Dios, y lo quiera, no con un querer caprichoso, sino comprometido durante la vida terrenal, con los vaivenes que lleva consigo, y se manifiesta en el amor que profesamos a Dios y a nuestro prójimo. La satisfacción que produce el amor del bueno es un aperitivo de lo que está por venir.

(1) André Comte-Sponville: El amor, la soledad. Título original: L’amour, la solitude (2000). Editorial: Paidós – Colección: Paidós contextos, número 68 – 1ª edición (2001). Traductor: Godofredo González. 130 páginas. Capítulo: Más allá de la esperanza. Entrevista con Patrick Vighetti. Páginas 27-28

(2) Extraído de https://pijamasurf.com/2019/12/estamos_viviendo_la_eternidad_wittgenstein_sobre_la_intemporalidad_del_presente/

(3) Ver vídeo de Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=kz00kzBYaec&ab_channel=HacerFamilia

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