Peligro de ofuscación
La afición al fútbol puede
imprimir un cierto carácter que va más allá de los éxitos deportivos del equipo
que se sigue: ¡Viva er Beti manque pierda!, dice uno de los lemas más conocidos
del equipo sevillano. Desde tiempo inmemorial ser del Barça ha sido para muchos
un refugio reivindicativo del catalanismo y sus derivaciones que se ha manifestado en la conocida expresión: ¡Més que un club!
Cuando todavía estaba
vigente el régimen franquista asistí con mi padre a un Barça-Madrid en el Camp
Nou –éramos socios-. El Barça marcó un gol que desde mi posición me pareció que
se había conseguido de forma irregular. Con o sin razón dije en voz alta:
¡Es falta! De inmediato un aficionado que estaba en la fila inferior se giró
recriminándome el comentario, aludiendo a los agravios que había recibido Catalunya
del régimen gobernante. Me quedé sorprendido y perplejo, porque entendía que su reproche estaba fuera de lugar, por mucho que cundiese entre la
afición azulgrana la sensación de que se favorecía políticamente al Madrid: ‘Hala
Madrid, hala Madrid / el equipo del gobierno / la vergüenza del país’, era uno
de los cánticos que se coreaban en aquella época al son del himno madridista.
Desconozco la biografía de
aquel apasionado –por la forma de seguir los partidos- aficionado con el que
coincidía cada vez que acudía al estadio, pero su reacción me ha hecho pensar
en la ofuscación esporádica, transitoria o permanente que se puede producir cuando
en determinadas circunstancias las emociones se desbocan hasta el punto de
impedir, obviar o desechar cualquier atisbo de razonamiento.
Hace unas semanas recibí
por Whatsapp una imagen que procede de una cuenta de Twitter (1) donde se leía: “No
pierdas tus amigos por política. Los políticos después de las elecciones se
abrazan y se hacen socios, pero tú pierdes una amistad, una hermandad y nada te
lo devolverá.” Quien me lo envió lo circunscribía al actual momento político
que se vive en Catalunya y de alguna manera corroboraba lo que les dije a mis
hijas en edad escolar –y he repetido en otros ámbitos- cuando me transmitían
los comentarios que se hacían en el colegio y la posición que mantenían sus
colegas: ‘No os peleéis por esto’ -peleéis podría sustituirse por ‘discutáis
acaloradamente’ o ‘enemistéis’-.
Fútbol y política alimentan
controversias, encienden pasiones y producen ofuscaciones que se hacen más
patentes cuando el grado de tensión se acrecienta. La crisis política catalana tiende
a intentar empujar a los ciudadanos hacia la polarización y una vez alguien se sitúa
en uno de los polos el peligro de sufrir un embotamiento -restringido a ese
tema- se incrementa, alcanzando su punto más álgido cuando sólo se da crédito a
las informaciones, consignas o eslóganes que proceden del propio bando sin
tener la precaución de someterlas a un mínimo ejercicio de contrastación interno
o externo. El ansia por contribuir a conseguir el objetivo que se persigue
anula cualquier atisbo de duda o extrañeza.
Al final de uno de los capítulos
de Perception (2) se citaba a Henri Bergson: “El ojo ve sólo lo que la mente está preparada para
comprender”. No podemos impedir las emociones, pero está en nuestra mano gestionarlas
con la colaboración de la razón. En la medida en que las emociones predominan en
cualquier asunto se va oscureciendo la realidad que le atañe o se tiñe del
color que se quiere ver –hay una gran resistencia a desmentirse o a reconocer
un error-. No es un problema que se resuelva exclusivamente con mayor formación,
pues el grado de afección posible va desde ignorantes a grandes intelectuales,
sino con el nivel de apertura de mente y honradez con que se afronte la realidad a la
que estamos circunscritos.
Nadie puede considerarse
inmune a esta enfermedad, los sentimientos son un gran estímulo para nuestra
vida –no somos de piedra-, pero pienso que conviene que no nos hagan perder la
cabeza. Tragarse sapos siempre resulta indigesto.
(2) Perception, serie de televisión, temporada 2, episodio 3: Ceguera


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