diumenge, 29 d’octubre del 2017

Al vaivén de los políticos

Poner las cosas en su sitio


El que te cae bien es el que te hace las mayores putadas’ decía un profesor de secundaria alertando de la tendencia a ser condescendientes con aquellos chicos con los que se empatiza y de los que se espera que respondan positivamente a las atenciones que reciben. Cuántas veces estas expectativas se truncan porque el favorecido intenta sacar ventaja del resquicio de vulnerabilidad del docente.

Lo mismo ocurre con algunos políticos o movimientos que generan grandes esperanzas y a los que se sigue con fruición, atentos a sus proclamas, propuestas o mensajes para difundirlos repetidamente sin pasar el filtro de la razón: el objetivo anhelado no permite el mínimo atisbo de duda. Hasta que llega el chasco y el pedestal que se había construido se derrumba, porque, como tantas veces, se descubre la falibilidad que acompaña a todos los seres humanos.

Carles Francino
El periodista Carles Francino, cansado de las heridas sociales causadas por el culebrón catalán plantea “¿y si no les hacemos caso?” a los políticos: “entre unos y otros han creado las condiciones propicias para que acabemos a guantazos, separados, enfrentados, disgustados…” y más adelante asevera: “…yo paso. Pienso seguir discutiendo con mis familiares y amigos independentistas pero sin renunciar a los abrazos y las carcajadas; voy a continuar tomando cervezas en algún bar de Madrid con los colegas que creen que la independencia es de locos y los catalanes, en general, unos plastas.” (1)

¿Cuándo aprenderemos a discrepar sin enemistarnos? ¿Vale la pena agriar los lazos familiares, romper amistades o andar a la greña con compañeros por una controversia política? ¿No nos damos cuenta que la mayoría de los políticos van a su rollo y que, tantas veces, somos muy ingenuos al esperar demasiado de ellos? Aquel profesor recomendaba exigirles más a los predilectos para romper con la propensión paternalista. Lo mismo cabría hacer con los políticos que nos resultan atractivos: aumentar la lupa para comprobar que se esfuerzan en hacer bien la tarea que se les ha encomendado.

Mientras tanto Lucia Berlin nos aporta en uno de sus relatos una sabia plegaria inscrita en las paredes de una lavandería: “Concédeme Señor la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar” (2).

(2) Lucia Berlin: Manual per a dones de fer feines. Editorial L’altra editorial. Fragmento: La bugaderia de l’Àngel

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