divendres, 12 de gener del 2018

Temor impregnado de amor

Estímulo para mejorar


Es corriente entre los que actúan en público que manifiesten inquietud o nerviosismo en los momentos previos al inicio del acto o la representación. Ese temor es propio de la naturaleza contingente, limitada, del ser humano que hace que todas sus acciones vayan acompañadas de algún grado de incertidumbre que se intenta minimizar con una preparación previa basada en el estudio, los ensayos, el entrenamiento y la experiencia.

El temor puede atenazar o estimular. En el primer caso, que ocurre sobre todo cuando solo se piensa en uno mismo, influye negativamente en aquello que se lleva entre manos: priorizar aferrarse a la silla cuando se ocupa un cargo relevante, construir un complicado entramado societario para ocultar el patrimonio, someterse indiscriminadamente a la moda o convencionalismos sociales, obstinarse en mantener una posición social, rehusar ir a contracorriente, obsesionarse por el ‘qué dirán’… En el segundo caso el foco está centrado en los demás y puede ser un acicate para esforzarse en procurar ser mejor: intensificar el trabajo, corregir defectos, prestar más atención, formarse, interesarse o ser más considerados con los demás…

En las relaciones personales el temor se asocia a menudo con debilidad o con sumisión. Un temor servil de miedo al castigo que entronca con la dialéctica hegeliana amo-esclavo (1), un paradigma del que nace la “filosofía de la prepotencia” (2), en palabras de Juan Pablo II, que lo contrasta con el temor filial que nace del amor –el runrún que va unido al interés por los seres queridos- y define al denominado temor de Dios. Así lo expresa Susanna Tamaro en Querida Mathilda: “En el mundo de recuerdos que me dejó mi abuelo hay algo que este siglo ha borrado casi por completo. Y este algo es el «temor de Dios», el sentimiento de la fragilidad y finitud del hombre y de cómo esta fragilidad y finitud están misteriosamente englobadas en un proyecto más grande." (3)

Con demasiada frecuencia se confunde el ‘temor de Dios’ con ‘temor a Dios’, anteponiendo la negatividad del miedo al castigo frente a la positividad de la magnanimidad que busca el Bien. La Sagrada Escritura atribuye al temor de Dios ser el principio –también raíz, plenitud y corona- de la Sabiduría y otras cualidades: “gloria y motivo de orgullo”, “gozo y corona de alegría”, “deleita el corazón, da gozo, alegría y larga vida”. (4)

Respondiendo a la última pregunta de Vittorio Messori incluida en Cruzando el umbral de la esperanza propone el santo pontífice polaco: “para liberar al hombre contemporáneo del miedo de sí mismo, del mundo, de los otros hombres, de los poderes terrenos, de los sistemas opresivos, para liberarlo de todo síntoma de miedo servil ante esa «fuerza predominante» que el creyente llama Dios, es necesario desearle de todo corazón que lleve y cultive en su propio corazón el verdadero temor de Dios, que es el principio de la sabiduría. Ese temor de Dios es la fuerza del Evangelio. Es temor creador, nunca destructivo.” (2)

(2) Juan Pablo II y Vittorio Messori: Cruzando el umbral de la esperanza. Capítulo XXXV: Entrar en la esperanza. Se puede consultar en mercaba.org/JUANPABLOII/Juan%20Pablo%20II-Cruzando_el_umbral_de_la_esperanza.pdf
(3) Susanna Tamaro: Querida Mathilda, no veo el momento en que el hombre eche a andar. Título original: Cara Mathilda - Non vedo l'ora che l'uomo cammini (1997).Editor:  Seix Barral (1998) Traductor: Atilio Pentimalli Melacrino. 188 páginas. Capítulo 7 de mayo: El temor de Dios.
(4) Ver: Eclesiástico. Capítulo 1: Origen divino de la Sabiduría. Versículos 11 a 21 y Salmo 111(110), 10

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