Estímulo para mejorar
Es corriente entre
los que actúan en público que manifiesten inquietud o nerviosismo en los
momentos previos al inicio del acto o la representación. Ese temor es propio de
la naturaleza contingente, limitada, del ser humano que hace que todas sus acciones
vayan acompañadas de algún grado de incertidumbre que se intenta minimizar con
una preparación previa basada en el estudio, los ensayos, el entrenamiento y la
experiencia.
El temor puede
atenazar o estimular. En el primer caso, que ocurre sobre todo cuando solo se
piensa en uno mismo, influye negativamente en aquello que se lleva entre manos:
priorizar aferrarse a la silla cuando se ocupa un cargo relevante, construir un
complicado entramado societario para ocultar el patrimonio, someterse indiscriminadamente
a la moda o convencionalismos sociales, obstinarse en mantener una posición
social, rehusar ir a contracorriente, obsesionarse por el ‘qué dirán’… En el
segundo caso el foco está centrado en los demás y puede ser un acicate para
esforzarse en procurar ser mejor: intensificar el trabajo, corregir defectos,
prestar más atención, formarse, interesarse o ser más considerados con los
demás…
En las relaciones
personales el temor se asocia a menudo con debilidad o con sumisión. Un temor
servil de miedo al castigo que entronca con la dialéctica hegeliana amo-esclavo
(1), un paradigma del que nace la “filosofía de la prepotencia” (2), en
palabras de Juan Pablo II, que lo contrasta con el temor filial que nace del
amor –el runrún que va unido al interés por los seres queridos- y define al
denominado temor de Dios. Así lo expresa Susanna Tamaro en Querida Mathilda: “En el mundo de recuerdos que me dejó mi abuelo
hay algo que este siglo ha borrado casi por completo. Y este algo es el «temor
de Dios», el sentimiento de la fragilidad y finitud del hombre y de cómo esta
fragilidad y finitud están misteriosamente englobadas en un proyecto más grande."
(3)
Con demasiada
frecuencia se confunde el ‘temor de Dios’ con ‘temor a Dios’, anteponiendo la
negatividad del miedo al castigo frente a la positividad de la magnanimidad que
busca el Bien. La Sagrada Escritura
atribuye al temor de Dios ser el principio –también raíz, plenitud y corona- de
la Sabiduría y otras cualidades: “gloria y motivo de orgullo”, “gozo y corona
de alegría”, “deleita el corazón, da gozo, alegría y larga vida”. (4)
Respondiendo a la
última pregunta de Vittorio Messori incluida en Cruzando el umbral de la esperanza propone el santo pontífice
polaco: “para liberar al hombre contemporáneo del miedo de sí mismo, del mundo,
de los otros hombres, de los poderes terrenos, de los sistemas opresivos, para
liberarlo de todo síntoma de miedo servil ante esa «fuerza predominante» que el
creyente llama Dios, es necesario desearle de todo corazón que lleve y cultive
en su propio corazón el verdadero temor de Dios, que es el principio de la
sabiduría. Ese temor de Dios es la fuerza del Evangelio. Es temor creador,
nunca destructivo.” (2)
(2) Juan Pablo II
y Vittorio Messori: Cruzando el umbral de
la esperanza. Capítulo XXXV: Entrar en la esperanza. Se puede consultar en mercaba.org/JUANPABLOII/Juan%20Pablo%20II-Cruzando_el_umbral_de_la_esperanza.pdf
(3) Susanna
Tamaro: Querida Mathilda, no veo el momento en que el hombre eche a andar.
Título original: Cara Mathilda - Non vedo l'ora che l'uomo cammini
(1997).Editor: Seix Barral (1998)
Traductor: Atilio Pentimalli Melacrino. 188 páginas. Capítulo 7 de mayo: El temor
de Dios.
(4) Ver: Eclesiástico. Capítulo 1: Origen divino
de la Sabiduría. Versículos 11 a 21 y Salmo
111(110), 10


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