Reflexiones jóbicas (3) *
Tras el trauma inicial
protagonizado por la muerte de un ser querido llega lo que yo denomino el día después, que tiene lugar tras desaparecer el ajetreo del velatorio y las exequias: el momento a partir
del cual la ausencia se hace más presente. No lo experimenté en toda su crudeza
hasta que falleció mi padre hace más de dos décadas, sin saber muy bien lo que
me pasaba. Y no empecé a entenderlo hasta que leí Acompañando en la pérdida (1), el libro
en el que Alfons Gea vierte su larga experiencia profesional en el tratamiento
del duelo, que continúa divulgando en el canal de Youtube que ha puesto en
marcha recientemente (2), donde lo va tratando desde distintos ángulos en
espacios de corta duración -no sobrepasan los 10 minutos y un buen número no
llega ni a los 5-.![]() |
| Fotograma de uno de los videos de Alfons Gea en Youtube |
En Soportar la desgracia (3) dejé el recorrido por el libro de Job en
su respuesta inicial al gran número de desgracias que le habían acontecido, en
las que perdió a todos sus hijos y todo su patrimonio y la enfermedad se cebó
con su cuerpo. Además tuvo que soportar la reprimenda de su
esposa que le recriminó que siguiera confiando en Dios después de todo lo que les
había pasado. La reacción de Job es a la vez admirable e incomprensible para el
común de los mortales; leyéndola recordé una chocante oración que profería quien
de una forma un tanto burda expresaba su lamento ante una contrariedad: 'Dios
de la gran bondad, si tan fastidiados nos tienes será porque nos conviene,
¡hágase tu voluntad!'
Escribe Alfons Gea en el
libro citado: “Una pérdida significativa es psicológicamente traumática en la
misma medida que una herida y, por lo tanto, siempre es dolorosa: la persona
necesita un tiempo y un proceso para volver al equilibrio normal”. El trance es
personal y viene acompañado de muchos interrogantes: porqués, paraqués y
ahoraqués, pero resulta beneficioso –imprescindible en muchos casos- contar con
apoyo para ayudar a conducir ese tránsito a buen puerto.
A pesar de lo que pudieran
dar a entender sus primeros comentarios, Job se encuentra abatido –hundido en
la miseria como se dice popularmente-. Tres de sus amigos extranjeros “se
enteraron de la desgracia que le había sobrevenido y acudieron desde sus
respectivos países… Los tres se pusieron de acuerdo para ir a compartir su pena
y consolarlo.” Verle tan desmejorado les mueve a la compunción: “Al verlo de
lejos no lo reconocieron. Empezaron entonces a llorar a gritos, rasgaron sus
mantos y echaron polvo sobre sus cabezas”. Deciden sin embargo no alterar el
silencio introspectivo del patriarca: “Se sentaron en el suelo a su lado
durante siete días y siete noches, sin decirle una sola palabra, viendo su
terrible dolor.”
La introspección duradera
conduce a un callejón sin salida que acarrea somatización; el hematoma moral
que ha generado el trauma recibido necesita drenarse para que la sangre
putrefacta deje de corroer las entrañas del alma: “El dolor puede trabajarse
cuando se expresa, pero no cuando se oculta o se reprime. En consecuencia, lo
primero que hay que hacer es exteriorizarlo: facilitar que la persona libere
sus sentimientos de angustia, principalmente”, dice Alfons Gea.
Al salir de su ensimismamiento Job vierte su amargura en un largo y poético discurso: “Finalmente Job
empezó a hablar y maldijo el día de su nacimiento con estas palabras: «Muera el
día en que nací, la noche que anunció: '¡Ha sido concebido un varón!'. Que ese
día se vuelva tinieblas, que Dios, desde lo alto, no lo eche en falta, que la
luz no brille sobre él… ¿Por qué dio luz a un desdichado, vida a los que viven
amargados…; a los hombres carentes de futuro porque Dios les ha cerrado el paso?…
Me sucede lo que más temía, me encuentro con lo que más me aterraba. Carezco de
paz y tranquilidad, no descanso, todo es sobresalto.” La oscuridad se cierne
sobre el ánimo de Job, su esperanza se desvanece, la confianza en Dios se
resquebraja… Aún queda mucho texto por delante.
Me parece oportuno traer a
colación unas palabras del papa Francisco pronunciadas durante una homilía en
la capilla de la casa Santa Marta: «el Señor nos aconseja dos cosas. Dos cosas
que son distintas según cómo vivimos. Porque es diferente vivir en el momento y
vivir en el tiempo… El cristiano es, hombre o mujer, aquél que sabe vivir en el
momento y sabe vivir en el tiempo… El engaño es creernos dueños del tiempo. El
tiempo no es nuestro. El tiempo es de Dios… El cristiano para vivir el momento
sin dejarse engañar debe orientarse con la oración y el discernimiento… Pero
deja el tiempo a la esperanza. El cristiano sabe esperar al Señor en cada
momento; pero espera en el Señor al final de los tiempos. Hombre y mujer de
momentos y de tiempo, de oración y discernimiento y de esperanza» (4).
*Libro de Job, versión de la Biblia de Jerusalén, 3ª edición. Fragmento
considerado: del capítulo 2, versículo 11 al capítulo 3, versículo 26. Enlace: https://www.bibliatodo.com/la-biblia/Biblia-de-jerusalem-3-edicion/job-3
(1) Alfons Gea Romero:
Acompañando en la pérdida. Editorial San Pablo - Colección Salud y Vida número
12 – 2ª edición (2007). 183 páginas.
(2) Alfons Gea: Duelo y
consciencia. Acompañar y sentir. Canal de Youtube al que se accede desde el
siguiente enlace https://www.youtube.com/channel/UCqsjFW20tiJg8nipK1Yp93g/videos?disable_polymer=1
(3) Joaquim Montoliu: Soportar
la desgracia, blog Quimsaments. Enlace https://quimmontoliu.blogspot.com/2019/10/soportar-la-desgracia.html
(4) Papa Francisco: El dueño del tiempo, Misas matutinas en
la capilla de la casa Santa Marta, 26 de noviembre de 2013. Enlace http://www.vatican.va/content/francesco/es/cotidie/2013/documents/papa-francesco_20131126_tiempo.html


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