Comprensión latente
He ido a la peluquería. Siscu es un buen conversador y tras el mutuo saludo protocolario '¿cómo estás?' me comenta que un cliente suyo le decía que siempre contestaba que estaba fantástico –refinamiento de una fórmula grosera-, porque de este modo no permites que se preocupe quien te quiere bien y fastidias a quien te quiere mal. A renglón seguido me cuenta que este cliente se expresaba así comparando las penurias con que había vivido en el pasado con el bienestar que gozaba en el presente en lo que se refiere a las necesidades básicas. Convenimos ambos en la facilidad con que solemos quejarnos y en no prestar atención a todas las cosas buenas que nos ocurren. Siscu me ha ilustrado el comentario con una frase que luego he descubierto que se atribuye a Tagore: «Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.»Poco antes, mientras esperaba a que me tocase el turno, leía el whatsapp que envía casi a diario mosén Oriol; una invitación a reflexionar sobre el evangelio del día. Hoy Jesús pone en su sitio a unos seguidores que se han convertido en perseguidores tras la multiplicación de panes y peces: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna…» (1) De hecho, unos versículos más adelante –que no forman parte de la lectura de hoy- se produce un abandono masivo cuando Jesús les explica de qué va ese ‘alimento’: «Es dura esta enseñanza, ¿quién puede escucharla?… Desde ese momento muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él» (2).
El fragmento escogido por mosén Oriol procede de un
sermón de san John Henry Newman titulado Christ
Manifested in Remembrance, que tiene relación con la conversación con Siscu.
Newman toma como referencia la reacción de los apóstoles tras la resurrección
para hablarnos de la providencia divina, que se hace comprensible cuando cotejamos
con fe situaciones presentes con hechos pasados: «No reconocemos la presencia
de Dios en el instante que está con nosotros, sino después, cuando volvemos la
mirada sobre los acontecimientos pasados.»
Esa fe es necesaria para atar cabos, pero necesita que uno se ponga a ello. Tenemos mucha oferta de distracción que la publicidad y nuestro entorno se esfuerza en convertir en obligación: ‘imprescindible ver, imprescindible escuchar, imprescindible leer, imprescindible ir… ¡no te lo puedes perder!’, saturando nuestro entendimiento, que se queda sin espacio para la reflexión y para el disfrute profundo de lo que hacemos. Dice Newman: «Acontecimientos agradables o dolorosos: no sabemos en el momento su significado. No vemos en ellos la mano de Dios. Si tenemos fe, confesamos lo que no vemos y acogemos todo lo que nos acontece como venido de su mano. Con todo, tanto si lo aceptamos con espíritu de fe como no, no hay otro medio de aceptarlo que la fe. No vemos nada. No comprendemos cómo puede suceder tal cosa o a qué sirve tal otra.» (3)La fe es una luz que ha sido dada, no es solo una cuestión de voluntad como parece sugerir Antonio Fornés (4); es un don, un regalo que la libertad puede amplificar, menospreciar o desechar. Se puede dar la paradoja de querer ser libres y a la vez querer tener todo bajo control. La libertad comporta riesgos, la libertad descubre nuestras limitaciones, la libertad tiene que zafarse del corsé del acomodo que proporciona el bienestar material… La fe pone la libertad en su sitio, el que corresponde a una criatura, y permite exclamar al apóstol advenedizo: «Sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios…» (5)
(1) Evangelio según san Juan, capítulo 6, versículos 26 y
27
(2) Evangelio según san Juan, capítulo 6, versículos 60 y
66
(3) San John Henry Newman: Christ
Manifested in Remembrance. Fragmento completo enviado por mosén Oriol:
«Cristo no da testimonio de sí mismo ni dice quién es ni
de dónde viene. Él está entre sus contemporáneos como el que sirve (cf Lc
22,27) Aparentemente, sólo después de la resurrección, y sobre todo, después de
su ascensión, cuando el Espíritu ya había venido, los apóstoles comprendieron
quién era aquel que había estado con ellos. Cuando todo lo demás había acabado,
no antes, ellos lo supieron. De manera que aquí vemos, creo yo, la
manifestación de un principio general que se presenta ante nosotros a menudo,
tanto en la Escritura como en la vida del mundo: No reconocemos la presencia de Dios en el instante que está con
nosotros, sino después, cuando volvemos la mirada sobre los acontecimientos
pasados.
Acontecimientos
agradables o dolorosos: no sabemos en el momento su significado. No vemos en
ellos la mano de Dios. Si tenemos fe, confesamos lo que no vemos y acogemos
todo lo que nos acontece como venido de su mano. Con todo, tanto si lo
aceptamos con espíritu de fe como no, no hay otro medio de aceptarlo que la fe.
No vemos nada. No comprendemos cómo puede suceder tal cosa o a qué sirve tal
otra. Un día, Jacob exclama: “Todo se vuelve contra mí.” (Gn
42,36) Realmente parece que fuera así... Y no obstante, todas sus desventuras
se habían de trocar en bienes. Considerad su hijo José, vendido por sus
hermanos, llevado a Egipto, encarcelado de cuerpo y de espíritu, esperando que
el Señor se compadeciera de él. Repetidamente dice el texto sagrado: “El Señor estaba
con José.” ...Una vez pasada la calamidad, comprendió lo que en su momento
resultaba tan incomprensible y dijo a sus hermanos: “Dios me envió delante de
vosotros para salvar vuestras vidas...No fuisteis vosotros quienes me
enviasteis a este lugar sino Dios.” (Gn 45,7)
¡Prodigiosa providencia, silenciosa y no obstante tan
eficaz, constante e infalible! Ella destruye las maquinaciones del diablo.
Satanás no puede conocer la mano de Dios que obra en el curso de los
acontecimientos.»
Quien quiera leer el sermón completo en inglés lo
encontrará en el siguiente enlace https://www.newmanreader.org/works/parochial/volume4/sermon17.html
(4) Antonio Fornés: Creo. Aunque parezca absurdo, o quizá por eso (2016). Editorial: Diëresis – 1ª edición (2016). 114 páginas. Capítulo 2. Credo quia absurdum, página 35: «La peculiaridad básica del ser humano es la de que su propia naturaleza le empuja hacia un fin, hacia la búsqueda de unas respuestas radicales y últimas que están más allá de esta naturaleza. Creer o no creer es una cuestión de voluntad, de decisión, pero sea cual sea la opción que tomemos, no podemos dejar, al mismo tiempo, de buscar e interrogarnos continuamente al respecto de nuestras creencias, de nuestros valores, del significado de nuestra existencia, pues si dejamos de hacerlo estamos renunciando a nosotros mismos, a nuestra auténtica identidad como personas.»




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