“Resplandecer, escuchar, no tener miedo”*
¿Lo tenían previsto los organizadores de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) al decidir las fechas de su celebración? ¿Ha sido una casualidad que la clausura de estas jornadas coincidiera con la conmemoración del pasaje de la Transfiguración de Jesús? El hecho es que de lo narrado en el Evangelio (1) y lo vivido por los participantes presentes físicamente –especialmente- y los seguidores virtuales, se pueden extraer analogías. Como los tres apóstoles -Pedro, Santiago y Juan-, los centenares de miles de participantes han respondido a una llamada en la que se une la confianza en quien los convoca y la incertidumbre sobre lo que se van a encontrar. Muchos de ellos han quedado deslumbrados por la experiencia y, no es extraño que, como Pedro, algunos de ellos expresaran interior o exteriormente el deseo entusiasta de que no acabase. Lo que han oído y experimentado se puede resumir en las palabras evangélicas de Dios Padre: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle». Escuchar es prestar atención a lo que se oye y se siente, es esforzarse por atender a lo que nos ha removido –una palabra, una experiencia, una anécdota, una moción interior…-, buscando el sentido, pidiendo luces que alumbren el camino a seguir y fortaleza para superar las dificultades que se van a presentar.
Conscientes de su (nuestra) pequeñez la misión recibida les (nos) puede abrumar, como a los apóstoles: les (nos) puede parecer insalvable el contraste entre lo que han escuchado y experimentado y lo que se (nos) van (vamos) a encontrar en el entorno habitual en el que transcurren sus (nuestras) vidas. Entonces Jesús nos dice: «Levantaos, no tengáis miedo». Ese 'no tener miedo' al que se refirió el Santo Padre en la homilía (2).
Ayer también se conmemoraba una luctuosa efeméride: el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima, el 6 de agosto de 1945. Un resplandor de muerte, que es una muestra de la barbarie a la que se encamina el ser humano, alejado de Dios, en su afán de dominio, que lleva aparejado el miedo hacia el otro –entendido como rival, enemigo-, al que se quiere someter; y que de forma quizá menos espectacular se sigue produciendo en la actualidad de forma cruenta a través de las múltiples guerras activas, e incruenta a través de la imposición de ideologías antihumanas promovidas por élites político-económicas.
Esta
realidad descorazonadora, que puede dar al traste con todos nuestros anhelos, no
ha de paralizar, ni mermar la esperanza: «sé de quién me he fiado», nos dice el
apóstol Pablo (3). Resuenan también las palabras del profeta Isaías: «La mano del Señor
no es tan débil que no pueda salvar, ni su oído tan duro que no pueda oír» (4).
Y las de Jesús: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido
al mundo» (5).
*De la
homilía del papa Francisco
(1) Texto
del Evangelio (Mt 17,1-9): En aquel tiempo, Jesús toma consigo a Pedro, a
Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se
transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus
vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y
Elías que conversaban con Él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: «Señor,
bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para
Moisés y otra para Elías».
Todavía
estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube
salía una voz que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco;
escuchadle». Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de
miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: «Levantaos, no tengáis
miedo». Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y
cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No contéis a nadie la visión hasta
que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos».
(2) En este
enlace se puede leer y escuchar la homilía del papa Francisco: https://www.aciprensa.com/noticias/homilia-del-papa-francisco-en-la-misa-de-clausura-de-la-jmj-lisboa-2023-80392
(3) 2ª Carta
a Timoteo, capítulo 1, versículo 12
(4) Libro
del profeta Isaías, capítulo 59, versículo 1


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