Arriesgada cabezonería
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| Punto de partida |
La
curiosidad y el buen camino me animaron a emprender la marcha hacia ese lugar misterioso,
pensando que no estaría muy alejado. Cada vez que el sendero parecía llegar a
lo alto de una montaña pensaba que ya estaba cerca, pero en el macizo de Les
Gavarres por el que transitaba unas cimas se suceden a otras y no observaba ningún
atisbo de algo que justificase los iconos que había visto. Seguía andando en
solitario, no me crucé con ningún ser humano mientras transité por ese camino,
sólo algunas moscas me fueron haciendo compañía. En varias ocasiones pensé en
desistir o llamar a mis familiares para que vinieran a rescatarme, pero pudo
más el orgullo que la prudencia para seguir andando, enviando algunas fotos por
whatsapp para dar señales de vida, por si acaso. El último tramo resultó
bastante penoso, el cansancio, la sed y la incertidumbre pesaban enormemente,
hasta que observé una edificación que podía ser el lugar misterioso que
buscaba, como así fue; faltaban sin embargo unos centenares de metros por
recorrer.
Llegué a un aparcamiento cercano a la cima con un cartel anunciador de la zona donde me encontraba. Faltaba un pequeño esfuerzo más para llegar a la cima del Puig d’Arques donde se ubica un radar meteorológico y una plataforma de madera, con una escalera muy empinada -la bajé de espaldas-, que se es un excelente mirador a expensas de la nitidez del día. En otras circunstancias hubiera disfrutado más de contemplar el espectáculo natural que se me ofrecía pero el cansancio, la sed y el pensamiento sobre la inquietud que podían tener mis familiares no permitieron que me explayase. Me encontré allí con cuatro excursionistas que habían llegado y se fueron por otra ruta, apenas hablamos y no osé pedirles agua. Tomé unas fotos y emprendí el regreso, pensé ya de vuelta que me podía haber hecho algún selfie, pero no estaba dispuesto a dar marcha atrás. Confiaba en que el regreso sería más liviano. Ahora sabía dónde iba y el camino era casi todo de bajada, pero el cansancio y la sed se iban agudizando y hacían más pesado el camino; andaba como un autómata y las referencias que había memorizado mientras subía parecía que se habían escondido, no acababan de llegar. Cuando ya estaba cerca de lo alto de la urbanización Rio de Oro, me llamaron mis familiares alarmados, les dije que estaba llegando y pedí que me prepararan agua con azúcar. Salieron a buscarme y me encontraron en la parte baja de esa urbanización. Estaba tembloroso y fui tomando el agua con azúcar mientras llegaba a la casa. Estaba exhausto y pedí disculpas, pero apenas me sostenía y tenía fuerzas para hablar. Merecía reproches por mi conducta pero lo que obtuve fue un sinfín de atenciones y cuidados velando por mi recuperación. Costó un buen rato recuperar el resuello.
| Vista de Calonge y Sant Antoni de Calonge desde el sendero |


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