Soy ex-empleado de
Catalunya Caixa. Me acogí voluntariamente al ERE del año 2013. Otros compañeros
no tuvieron posibilidad de elegir: sin criterio definido, alguien decidió que
la oficina donde trabajaban se cerraría y si no tenían la suerte de ser recolocados
para cubrir las bajas voluntarias estaban despedidos.
Catalunya Caixa afronta su tercer ERE en cinco años. Siendo empleado de Caixa Catalunya fui testigo de unas políticas crediticias suicidas, toleradas por el Banco de España, que obligaban a la entidad a financiarse cada vez más para cubrir la brecha respecto a los recursos. A la vez la filial inmobiliaria, Procam, iba añadiendo a su cartera macroproyectos urbanísticos.
De las fusiones
derivadas de la crisis financiera y los cambios legislativos nació Catalunya
Caixa con Adolf Todó al frente de la dirección, y poco después llegó el primer
ERE y la transformación en banco. El continuo deterioro de las cuentas y la
entrada del FROB como accionista mayoritario no supuso un cambio en la
dirección, como parecía lógico, que se jactaba de profesionalidad sin que la
situación de la entidad mejorase. Se suspendieron dos subastas y cambió la
dirección que trajo un nuevo ERE bajo el brazo. En una tercera subasta es
adjudicada al BBVA, que anuncia un nuevo ERE que afectará a cerca de 2000
empleados.
Las incomprensibles decisiones
que ha generado el proceso han desconcertado a los empleados. La sensación de
ser el patito feo del sistema financiero, la diana de la contienda política o el
chivo expiatorio a imagen de Lehman Brothers, podían llenar el vacío de explicaciones
solventes de las autoridades.
Es evidente que entre
los motivos que han impulsado al FROB a adjudicar Catalunya Caixa al BBVA no ha
primado la salvaguarda de los puestos de trabajo. Y ante la cercanía del cierre
de la negociación del nuevo ERE y con todo lo sufrido de antemano es lógico que
los empleados manifiesten una vez más su disconformidad como víctimas que son
de un proceso disparatado.
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