Gajes del oficio
Ir de excursión con mi
amigo Felip suponía tener la posibilidad de recibir pequeñas dosis de
conocimientos de biología: ‘esto es un triturus, el agua debe estar limpia’,
dijo en una ocasión mientras pasábamos al lado de una charca; ‘mirad, esto es
un resto fósil’, nos advertía en otra ocasión señalando unas rocas al margen de
un sendero… No pretendía darnos lecciones, sino hacernos partícipes de lo que
le llamaba la atención del paisaje que recorríamos.
La profesión que se
ejerce activa algún radar interior que influye en la percepción que se tiene de
la realidad. Por eso, al oír conocer las decisiones que toman en ocasiones los políticos me pregunto cómo les afecta su actividad. Da la impresión muchas
veces que les introduce en un mundo virtual que se va alejando paulatinamente
de la cotidianidad que viven la mayoría de los ciudadanos, una situación que se
agrava a medida que van escalando peldaños.
Hemingway escribió que
“El poder afecta de una manera cierta y definida a todos los que lo ejercen”,
un afirmación que corroboró el estudio que hizo el político y neurólogo
británico David Owen al introducir el concepto ‘síndrome de hubris’ *, un
trastorno común entre los gobernantes que llevan tiempo en el poder, entre cuyos
síntomas se encuentran una exagerada confianza en sí mismos, desprecio por los
consejos de quienes les rodean y alejamiento progresivo de la realidad. Owen lo
achaca a "Las presiones y la responsabilidad que conlleva el poder termina
afectando a la mente".
Siguiendo las
explicaciones del psiquiatra Manuel Franco, la periodista Isabel Fernández
Lantigua describe cómo se desarrolla este proceso degenerativo (1):
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| Isabel F. Lantigua |
1. "Una persona
más o menos normal se mete en política y de repente alcanza el poder o un cargo
importante. Internamente tiene un principio de duda sobre si realmente tiene
capacidad para ello. Pero pronto surge la legión de incondicionales que le
felicitan y reconocen su valía. Poco a poco, la primera duda sobre su capacidad
se transforma y empieza a pensar que está ahí por méritos propios”.
2. Pronto se da un
paso más "en el que ya no se le dice lo que hace bien, sino que menos mal
que estaba allí para solucionarlo y es entonces cuando se entra en la ideación
megalomaniaca, cuyos síntomas son la infalibilidad y el creerse insustituible".
3. Tras un tiempo en
el poder, los afectados por el 'Hubris' padecen lo que psicopatológicamente se
llama 'desarrollo paranoide'. "Todo el que se opone a él o a sus ideas son
enemigos personales, que responden a envidias. Puede llegar incluso a la
'paranoia o trastorno delirante', que consiste en sospechar de todo el mundo
que le haga una mínima crítica y a, progresivamente, aislarse más de la
sociedad. Y, así, hasta el cese o pérdida de las elecciones, donde viene el
batacazo y se desarrolla un cuadro depresivo ante una situación que no
comprende".
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| Manuel Ángel Franco |
¿Por qué el síndrome
se da con mayor facilidad entre los políticos? El psiquiatra comenta:"En
otros ámbitos es más frecuente que el que esté arriba sea el más capaz, pero en
política no es así, porque los ascensos van más ligados a fidelidades. El poder
no está en manos del más capaz, pero quien lo ostenta cree que sí y empieza a
comportarse de forma narcisista".
En un comentario del Evangelio el sacerdote Josep Vall hace mención a una de las condiciones que serían
aconsejables en quien ha de ejercer un cargo de responsabilidad: “Los antiguos
afirmaban el nolentes quaerimus (siempre es menester elegir a los que rehúsan
los empleos) —«buscamos para los cargos de gobierno a quienes no los
ambicionan; a quienes no desean figurar»— cuando había que hacer nombramientos
jerárquicos.” (2) El corolario podría ser que ‘el mejor gobernante es aquel que
estando capacitado para ejercer un cargo no pretende ocuparlo’. En la política es difícil que sea posible porque lo habitual es que los candidatos deban postularse previamente; pero les
vendría bien recordar aquella escena de Quo Vadis en el que paseando Marco Aurelio triunfador por Roma aclamado por la multitud oía constantemente la voz de un
sirviente que a su lado le repetía: ‘Recuerda que sólo eres un
hombre’. (3)
En el siglo II a. C.
el general tenía que haber sido aclamado imperator por sus tropas para poder
solicitar el triunfo al Senado, que era la institución que podía concederlo. El
espectáculo consistía en un desfile militar que recorría un itinerario previsto
que comenzaba en el Campo de Marte. Para entrar en la ciudad pasaba por una
puerta especial de las murallas llamada Porta Triumphalis; de allí al Velabrum,
Foro Boarium y Circo Máximo, desde donde se dirigía al monte Capitolino a
través de la Vía Sacra del Foro Romano, haciendo el triumphator el recorrido
completo en una cuadriga acompañado por un esclavo, que sostiendo los laureles
de la victoria sobre su cabeza le recordaba constantemente la fórmula: Respice
post te, hominem te esse memento («Mira atrás y recuerda que sólo eres un
hombre»). El cortejo se detenía al pie de la escalinata del templo de Júpiter
Optimus Maximus. El general iba acompañado de sus lictores y con ellos entraba
en dicho templo para ofrecer al dios sus laureles de victoria. A continuación
se celebraba una gran fiesta costeada por el protagonista que solía ser
bastante generoso, en la que participaba todo el pueblo.
1- Propensión
narcisista a ver su mundo principalmente como un escenario donde ejercitar su
poder y buscar la gloria.
2- Predisposición para
lanzar acciones que puedan dar a la sociedad una luz favorable, con el fin de
embellecer su imagen.
3- Preocupación
desmedida por la imagen y la presentación.
4- Modo mesiánico de
comentar los asuntos corrientes y una tendencia a la exaltación.
5- Identificación con
la nación o una organización hasta el extremo de que el individuo valora su
punto de vista y sus intereses como idénticos.
6- Tendencia a hablar
de sí mismos en tercera persona o a usar la forma regia de “nosotros”.
7- Excesiva confianza
en su propio juicio y desprecio por los consejos o las críticas de los demás.
8- Enfoque personal
exagerado, tendente a la omnipotencia, de lo que son capaces de llevar a cabo.
9- Creencia en que
antes de rendir cuentas al conjunto de sus colegas o a la opinión pública, la
Corte ante la cual deben responder es: la Historia o Dios.
10- Idea
inquebrantable de que aquella Corte les absolverá.
11- Pérdida de
contacto con la realidad, a menudo vinculada a un aislamiento paulatino.
12- Agitación,
imprudencia e impulsividad.
13- Tendencia a
privilegiar su amplia visión en detrimento de la entereza moral de un derrotero
señalado, de modo a pasar por alto la necesidad de contemplar las posibilidades
prácticas, los costos y los resultados.
14- Incompetencia
hubrística cuando las cosas van mal porque demasiada confianza en sí mismo
condujo al líder a desatender los peligros y las trampas generados por su
propia política.




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