Biología y
sentimientos
Al hablar de hombres y
mujeres o niños y niñas se alude en primer lugar a las características físicas básicas
que diferencian a los seres humanos, algunas apreciables a simple vista y otras
de carácter interno. Una distinción que responde a datos objetivos y no es
exclusiva de nuestra especie.
La asociación Chrysallis
ha hecho una campaña publicitaria con el eslogan “Hay niñas con pene y niños
con vulva. Así de sencillo”. Hazte Oír ha contrarrestado este anuncio con un
mensaje estampado en un autobús: “Los niños tienen pene. Las niñas tienen
vulva. Que no te engañen”. Analizando el contenido terminológico de los
mensajes –no su interpretación-, el de Chrysallis es falso, aunque no ha
recibido apenas reparos, y el de Hazte Oír verdadero, a pesar de la desaforada
reacción que ha provocado en el ámbito político y mediático, atribuyéndole
incitación al odio hacia los transexuales.
Por razones históricas
y culturales se ha asociado la diferenciación sexual a unos determinados
comportamientos y desempeño de roles sociales. Escribe Esther Vivas que los
transexuales “han nacido con unos órganos sexuales determinados pero su
identidad de género no se corresponde con la que la sociedad les atribuye, y
les impone”; su impulso natural para actuar contrasta radicalmente con lo que
socialmente se supone que debería ser su comportamiento. Se trata de un conflicto
social, no orgánico.
Los transexuales
merecen respeto, como todas las personas, y se ha de prestarles la atención que
precisen. Tienen, además, derecho a no ser estigmatizados por mostrarse como se
sienten; pero ello no otorga licencia para manipular los conceptos, aunque sea
para aliviar la carga emocional. “Somos lo que sentimos que somos, y punto”,
dice Vivas, una aseveración que se queda coja, porque los rasgos antropológicos
de una persona no se limitan a sus sentimientos.
Poca ayuda se puede
proporcionar si el camino elegido es enmascarar o negar lo obvio o enmarañar el
lenguaje.


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