El manido recurso
al eufemismo
Durante el tiempo
en que trabajé en una Caja de Ahorros había jefes que justificaban algunos
criterios de actuación, que no formaban parte de la normativa de la entidad, con
la formulación ‘la Caja quiere, o prefiere, o recomienda…’ y sus antónimos. Una
manera de mostrar mi desacuerdo con alguna de esos criterios era comentar que no
era la Caja quien los establecía sino este o aquel director o, como mucho, el
comité de dirección; porque la apelación a un ente superior y difuso no podía eludir
la responsabilidad concreta de quien había tomado la decisión.
Cuando los
ciudadanos ejercen su derecho al voto en unas elecciones políticas sólo se les
permite incluir la papeleta de una de las candidaturas o no poner ninguna, voto
en blanco, en el sobre que depositan en la urna; no se les pide que incluyan
las motivaciones de su voto y si las pusieran el voto sería nulo. Por eso,
cuando los políticos hablan del mandato de las urnas o el mensaje que éstas
transmiten, pretenden hacer creer que no tienen más remedio que actuar de una
manera determinada, enmascarando los motivos reales de sus decisiones:
ambiciones personales o colectivas, animadversiones, estrategias, tácticas…
Una vez conocido
el escrutinio, las reglas establecidas para cada elección determinan los diputados
y senadores que han resultado electos. A partir del momento en que cada uno de
ellos recoge su acta y toma posesión del cargo, todas las decisiones que tome en
función de las atribuciones que le corresponden serán de su exclusiva responsabilidad,
independientemente de las motivaciones que le impulsen a pronunciarse en un
determinado sentido. No cabe recurrir a supuestos a mandatos o mensajes etéreos
para justificar su actitud.
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