Un panorama inédito
Lo que han dictaminado las urnas el 20D es el fruto de la decisión individual de millones de electores, que sólo se equivocan individualmente si el voto ha sido condicionado esperando unos efectos que no se han producido.
La aplicación de la ley
electoral ha conformado una representación que ofrece un escenario que
dificulta la formación del nuevo gobierno. La actitud que tomen las fuerzas
políticas determinará si el resultado puede redundar en una mejora de las
condiciones de vida de los ciudadanos en su conjunto, tanto desde el punto de
vista social como económico.
Si se entiende que la
política ha de estar al servicio de los ciudadanos, el nuevo marco invita a
dejar de lado maximalismos, personalismos –positivos y negativos- y la obsesión
por querer imponer criterios ideológicos. Las direcciones de los partidos deberían
percibir que todos los votos recibidos son prestados y que la mejor manera de
devolver esa confianza es orientando la acción política en favor de los
ciudadanos. Cómo afrontar los problemas
que hay que resolver, las ineficiencias que cabe corregir, los proyectos que
conviene impulsar, los retos que hay que abordar… y ponerse a trabajar en ello
marcando un orden de prioridades, deberían ser puntos clave en la negociación.
Se trata, en definitiva, de gobernar para los ciudadanos y no sobre los
ciudadanos.
Con frecuencia la política
se convierte sólo en una lucha por el poder, donde vale casi todo si se logra
el objetivo. Pero eso sólo conduce a actitudes que no aportan valor al conjunto
de la población, aunque puedan ser beneficiosas para quien detenta el poder. La
supervivencia o supremacía del partido se convierte en prioridad y con
facilidad se recurre al chanchullo para mantener el poder o la influencia:
reparto de sillas, ‘hoy por ti, mañana por mí’…
Esta incertidumbre no gusta
a los mercados, pero puede producir un beneficioso cambio de rumbo político en
los partidos. De ellos depende generar confianza o desdén en la población.

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