Digerir la información
El pasado domingo escuché de nuevo el fragmento del
evangelio que narra el episodio de Jesús con la mujer acusada de adulterio.
¿Cuántas veces lo había oído hasta entonces? Innumerables. Y, a pesar de ello,
por primera vez –que recuerde- presté atención a un detalle: el motivo de la
acusación, el adulterio flagrante, es cosa de dos, pero sólo la mujer es
acusada. Probablemente debe haber muchos escritos que glosan esta apreciación,
pero los desconozco. Han pasado bastantes siglos y esta discriminación todavía
se produce en algunos países, incluso se dan casos de mujeres a las que se
condena adulterio tras haber sido violadas. * Una situación lamentable y
lacerante, una lacra social que lastra a algunas culturas.
A la discriminación referida se puede unir también la
actitud hipócrita de los acusadores. Aparentan estar movidos por el
cumplimiento de la ley, pero el objetivo principal está al margen de la
justicia: se pretende erosionar el crédito de quien se considera un adversario
molesto poniéndolo en un aprieto. Esta postura se escenifica con demasiada
frecuencia en el ámbito político con el inestimable amparo de medios de
comunicación.
Sufrimos un bombardeo informativo de asuntos transmitidos
de forma sesgada e interesada que deberíamos aprender a poner en su sitio si
queremos tener un criterio equilibrado antes de opinar o emitir un juicio. Muchos
comentarios están contaminados por la simpatía o animadversión hacia
determinadas personas o colectivos y, si se quiere ser objetivo, corremos el
peligro de fiarnos exclusivamente de lo que transmite un único grupo mediático.
¡Cuántas conversaciones reproducen miméticamente los mensajes transmitidos por
algún medio como si fueran cosecha propia!
La sensatez invita a reflexionar antes de juzgar; a
digerir lo que se nos transmite para evitar, en lo posible, ser manipulados; a procurar no dejarse llevar por el ruido
mediático y las declaraciones altisonantes de los comunicadores y personajes
públicos.
Muchos malentendidos, estigmatizaciones y crispaciones se
ahorran si se toma la precaución de contrastar aquello que llama más la
atención. Se trata, en definitiva, de valorar los hechos en su justa medida.

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