Un don inmerecido
Ramón de España relata en un rotativo su costumbre de acudir a un templo por estas fechas y su incapacidad, por mucho
que se esfuerce, para decantarse hacía la creencia, tanto de los que confiesan
a Dios como la de los que lo niegan. Los templos invitan a rezar o a
reflexionar, pero también otros escenarios: el mar, la naturaleza u otros ambientes
sosegados. Los templos son edificios construidos desde la fe, donde ésta se vive,
se confiesa y se alienta, pero no son su refugio. Quien tiene fe va a todos
lados con ella, forma parte de su ser. Es una realidad sobrenatural y, por eso,
no es consecuencia inmediata de estrujarse las meninges, formar parte de una
asociación piadosa, leer libros de religión, saberse de pe a pa el catecismo o,
incluso, haber sido testigo de un milagro. Es un don, un regalo de Dios al que
no se tiene derecho -esto suena a herejía laica en nuestra autoproclamada sociedad
de los derechos-. Dado su carácter gratuito y discrecional no se puede reclamar,
los que la tienen deberían agradecerlo y a los que querrían tenerla sólo les
cabe estar bien dispuestos y pedirla, esperando recibir esta gracia conscientes
de que nunca hay merecimiento suficiente. Cuesta de entender esto en una
sociedad de raigambre católica donde hasta no hace mucho tiempo la fe se daba casi
por supuesta, como impregnada en la nacionalidad.
La fe por sí sola
no hace mejores a las personas, pero ayuda a ver las cosas desde una dimensión
trascendente que da sentido a su vida, como constató el neurólogo y psiquiatra Víctor
Frankl tras su experiencia en los campos de exterminio nazi, plasmado en El hombre en busca de sentido. Para conservarla
es necesario estar dispuesto a esforzarse para ser consecuente tanto respecto
al conocimiento y la práctica doctrinal como en el testimonio que se da obrando.
Entra en la
lógica de la posición agnóstica del articulista que considere inconcebibles algunas
cuestiones de fe, pero resulta que la realidad no depende de lo que uno sea
capaz de comprender.
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