Una diferencia sustancial
¿Quién está más capacitado para gobernar un país? Albino
Luciani cuenta una anécdota (1): “Fue en un cónclave. Los cardenales andaban
dudosos entre tres candidatos que se significaban uno por la santidad, otro por
su elevada cultura y el tercero por el sentido práctico. A la indecisión puso
fin un cardenal… «Es inútil titubear más, nuestro caso está ya considerado en
la carta 24 del Doctor Melifluo (Bernardo de Claraval). Basta aplicarla y todo
saldrá a las mil maravillas. ¿Que el primer candidato es santo? Pues bien, oret pro nobis, que diga algún
padrenuestro por nosotros, pobres pecadores. ¿Es docto el segundo? Nos
alegramos mucho, doceat nos, que
escriba cualquier libro de erudición. ¿Es prudente el tercero? Iste regat nos, que éste nos gobierne y
sea designado papa».
Los tres candidatos tenían cualidades dignas de
consideración, pero uno de ellos sobresalía en un aspecto que auguraba que
podía desempeñar la función requerida con mayor eficacia.
Se asume socialmente que debería presidir un gobierno el
líder del partido político ganador de las elecciones o que cuente con apoyo suficiente. Trasladada esta lógica a otros ámbitos se podría suponer que un deportista de élite está llamado a ser un buen
entrenador o directivo en su especialidad, o que un reputado médico es el mejor
preparado para dirigir un hospital. Laurence J. Peter advierte: “En una jerarquía, todo
empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia: la nata sube hasta
cortarse.” El principio de Peter o principio de incompetencia de Peter. (2) Se
puede objetar que no todos los que desempeñan cargos de responsabilidad se encuentran
en la misma tesitura, pero esos son, según un corolario del principio, los que todavía
no han alcanzado su nivel de incompetencia.
Es distinto estar al frente de un partido político que
gobernar un país. En el primer caso el compromiso es con la organización y la
militancia; en el segundo con todos los ciudadanos, que esperan ver mejoradas
sus condiciones de vida y el grado de convivencia, entre otras cosas. Pero muchas
formaciones afrontan la contienda política como una competición donde vale casi
todo para ganar. Si se consigue puede ocurrir lo que expresa el protagonista de
El candidato, interpretado por Robert
Redford, cuando le dice a su jefe de campaña tras las elecciones: "Ya soy
senador. ¿Y ahora qué?" Con el poder no se adquieren dotes taumatúrgicas que permitan transformar los deseos en realidad; ni bastan las buenas intenciones –sólo con buenas intenciones no se fríe un huevo-; se dispone de herramientas para poder
ejercer la tarea con eficacia, pero hay que aprender a usarlas adecuadamente.
Hay algo más. Agustín Filgueiras (3) cuenta que un
cardenal le hizo una petición al papa Paulo III que éste no veía con muy buenos
ojos. Para salvar las reticencias del papa el cardenal le dijo: “Vuestra
Santidad sabe muy bien cuánto trabajé por hacerle Papa. Ahora no puede negarme
este favor.” La respuesta del Pontífice fue contundente: “Pues ya que, según
vos, me habéis hecho Papa, dejadme serlo.” Parece una perogrullada pero hay que
recordar que quién gobierna un país se debe a sus ciudadanos, tanto si han colaborado
para auparle como si no. No debe haber favores que haya que devolver en forma
de privilegios.
Quién, para qué y para quién. Tres interrogantes que hay
que resolver para desentrañar la madeja de la gobernación.
(1) Albino Luciani: Ilustrísimos
señores. Cartas del patriarca de Venecia (Illustrissimi). A San Bernardo,
abad de Claraval.
(2) Laurence J. Peter: El principio de Peter (The Peter Principle)
(3) Agustín Filgueiras: Orar con una sonrisa diaria. 3 de
febrero- Ser lo que somos
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