dissabte, 9 d’abril del 2016

Liderar y gobernar

Una diferencia sustancial

¿Quién está más capacitado para gobernar un país? Albino Luciani cuenta una anécdota (1): “Fue en un cónclave. Los cardenales andaban dudosos entre tres candidatos que se significaban uno por la santidad, otro por su elevada cultura y el tercero por el sentido práctico. A la indecisión puso fin un cardenal… «Es inútil titubear más, nuestro caso está ya considerado en la carta 24 del Doctor Melifluo (Bernardo de Claraval). Basta aplicarla y todo saldrá a las mil maravillas. ¿Que el primer candidato es santo? Pues bien, oret pro nobis, que diga algún padrenuestro por nosotros, pobres pecadores. ¿Es docto el segundo? Nos alegramos mucho, doceat nos, que escriba cualquier libro de erudición. ¿Es prudente el tercero? Iste regat nos, que éste nos gobierne y sea designado papa».

Los tres candidatos tenían cualidades dignas de consideración, pero uno de ellos sobresalía en un aspecto que auguraba que podía desempeñar la función requerida con mayor eficacia.

Se asume socialmente que debería presidir un gobierno el líder del partido político ganador de las elecciones o que cuente con apoyo suficiente. Trasladada esta lógica a otros ámbitos se podría suponer que un deportista de élite está llamado a ser un buen entrenador o directivo en su especialidad, o que un reputado médico es el mejor preparado para dirigir un hospital. Laurence J. Peter advierte: “En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia: la nata sube hasta cortarse.” El principio de Peter o principio de incompetencia de Peter. (2) Se puede objetar que no todos los que desempeñan cargos de responsabilidad se encuentran en la misma tesitura, pero esos son, según un corolario del principio, los que todavía no han alcanzado su nivel de incompetencia.

Es distinto estar al frente de un partido político que gobernar un país. En el primer caso el compromiso es con la organización y la militancia; en el segundo con todos los ciudadanos, que esperan ver mejoradas sus condiciones de vida y el grado de convivencia, entre otras cosas. Pero muchas formaciones afrontan la contienda política como una competición donde vale casi todo para ganar. Si se consigue puede ocurrir lo que expresa el protagonista de El candidato, interpretado por Robert Redford, cuando le dice a su jefe de campaña tras las elecciones: "Ya soy senador. ¿Y ahora qué?" Con el poder no se adquieren dotes taumatúrgicas que permitan transformar los deseos en realidad;  ni bastan las buenas intenciones –sólo con buenas intenciones no se fríe un huevo-; se dispone de herramientas para poder ejercer la tarea con eficacia, pero hay que aprender a usarlas adecuadamente.

Hay algo más. Agustín Filgueiras (3) cuenta que un cardenal le hizo una petición al papa Paulo III que éste no veía con muy buenos ojos. Para salvar las reticencias del papa el cardenal le dijo: “Vuestra Santidad sabe muy bien cuánto trabajé por hacerle Papa. Ahora no puede negarme este favor.” La respuesta del Pontífice fue contundente: “Pues ya que, según vos, me habéis hecho Papa, dejadme serlo.” Parece una perogrullada pero hay que recordar que quién gobierna un país se debe a sus ciudadanos, tanto si han colaborado para auparle como si no. No debe haber favores que haya que devolver en forma de privilegios.

Quién, para qué y para quién. Tres interrogantes que hay que resolver para desentrañar la madeja de la gobernación.

(1) Albino Luciani: Ilustrísimos señores. Cartas del patriarca de Venecia (Illustrissimi). A San Bernardo, abad de Claraval.
(2) Laurence J. Peter: El principio de Peter (The Peter Principle)
(3) Agustín Filgueiras: Orar con una sonrisa diaria. 3 de febrero- Ser lo que somos



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