Dos en uno
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| Carles Flavià |
Me enteré de la muerte de
Carles Flavià por la radio mientras desayunaba. Tras la sorpresa inicial, unas autopreguntas
rituales sobre los motivos y una brevísima oración, como suelo hacer cuando
conozco el fallecimiento de alguien.
Flavià sabía que le quedaba
muy poco tiempo de vida: ‘los minutos de la basura de su existencia’, según sus
enigmáticas palabras de un mes antes, y preparó su última representación de
acuerdo con la imagen pública que se había forjado. En ese sentido confluyen las
informaciones que he leído del óbito y las exequias. Se remarcaba la
irreligiosidad de ambos escenarios, probablemente por la condición de clérigo secularizado
del finado. De hecho, tan solo hubiera necesitado, si lo deseaba, del concurso
de su buen amigo el pare Manel, presente junto al lecho. Si este actuó en algún
momento como sacerdote lo saben los que estaban presentes en la habitación del
hospital.
No me atraía la polifacética
actividad profesional de Flavià. Tampoco, cuando le escuché, el tono que empleaba, ni su horizonte vital. Sin embargo, me han
llamado positivamente la atención otros aspectos, como esas amistades labradas
durante muchos años, la vitalidad para sacar adelante gran cantidad de
iniciativas, la actitud decidida para afrontar diversos retos profesionales, la colaboración
en la labor social del pare Manel… Era alguien cuya presencia llamaba la atención y no
dejaba indiferente.
El registro de su obra permitirá seguir hablando del personaje durante mucho tiempo; de la persona es de desear que guarden un grato recuerdo los que le han tratado y que descanse en paz.

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