Reproduzco
un artículo que me publicó la revista “El entrenador español” hace cerca de 30
años, también se publicó en Argentina y Uruguay. Lo transcribo tal cual, sin
cambios de lenguaje o estilo, convencido de que su contenido sigue teniendo
interés en la actualidad.
El
entrenador como educador de la deportividad
Publicado en "El entrenador español. Fútbol" nº 29 2ª época, octubre de 1986, páginas 30 a 32.
Texto:
JOAQUIN MONTOLIU.
Entrenador regional del
Colegio Catalán
La importancia de la
deportividad en el desarrollo de las competiciones deportivas suele ser un
aspecto incuestionable. Sin embargo, con harta frecuencia su influencia apenas
se percibe en los acontecimientos deportivos.
¿Qué sucede?
Fundamentalmente se debe a que la práctica deportiva se desorbita y, como
consecuencia, otros factores, —fuera de los estrictamente deportivos— pasan a
tener mayor importancia.
Dentro de este ámbito,
el entrenador puede colaborar eficazmente para que en dichas confrontaciones
prevalezca la deportividad. Su labor, que siempre es importante, adquiere
especial relevancia cuando instruye a jóvenes jugadores.
Siguiendo esta pauta,
Jesús Cuevas (1) hacía el siguiente llamamiento a los entrenadores del fútbol
base: «Sed por encima de todo educadores, porque si a esta dedicación desinteresada
le unís el intentar crear una nueva generación basada en la nobleza deportiva, es
posible que dentro de unos años, en la prensa de los lunes, podamos leer en
muchas crónicas de partidos y en el apartado de incidencias: “a resaltar la
gran deportividad de ambos conjuntos que facilitaron la labor arbitral y que
contagiaron a los aficionados”».
Llevar a la práctica el
criterio apuntado en el párrafo anterior supone, para el entrenador, impregnar
toda la preparación de acuerdo con los principios básicos del espíritu deportivo.
¿Qué aspectos configuran
estos principios? Siguiendo a Jaime Dalmau (2), se pueden distinguir tres
apartados:
a) Espíritu de lucha y
superación constantes.
b) Autocontrol.
c) Respeto al Reglamento
y a las decisiones arbitrales.
a) Espíritu de lucha y superación constantes
El jugador debe ser
consciente de que el rendimiento se adquiere como consecuencia de un trabajo
continuado y que difícilmente será capaz de descubrir sus posibilidades si no
desarrolla sus cualidades físicas y técnicas, lo que supone un incremento
paulatino del grado de exigencia. En este supuesto, la labor del entrenador ha
de consistir en hacer agradable la preparación prevista: motivando las
superaciones, ilusionándoles por las metas altas y escogiendo formas didácticas
atractivas.
Como los niveles
adquiridos y el grado de asimilación difieren de un jugador a otro, los planes
de trabajo deben adecuarse a estas peculiaridades con el fin de poder evaluar suficientemente
los progresos realizados. Puede resultar útil que conozcan cómo se han forjado los
deportistas que han sobresalido, siempre y cuando sea de forma positiva,
conjugando los éxitos con el esfuerzo y la dedicación. La información que
suelen recibir se asemeja, de ordinario, a lo que mencionaba un conocido
periodista y escritor (3): «Sus imágenes bombardean a la opinión pública, pero
al igual que las de los anuncios: de forma superficial y con programada e
interesada finalidad».
b) Autocontrol
La dificultad que
entraña la educación de esta faceta puede quedar reflejada en el siguiente
relato de un novelista (4): la escena transcurre en el interior de una escuela rural.
El profesor, don Cato, está hablando a un grupo de alumnos, de edades diversas,
de la urbanidad. De pronto, su exposición es interrumpida por un chico de unos
diez años, apodado ‘El Chuta’, que pregunta: «¿No hay que pegar patadas al
portero?». Pacientemente el profesor le contesta: «Eso es deportividad, Chuta,
pero, ya que lo preguntas, te diré que no. Un buen jugador tiene que ser
también un caballero, respetar al contrario y obedecer las reglas». No muy
convencido, el Chuta exclama: «¡Pues sí que es difícil eso!»; a lo que don Cato
responde: «Sí, es difícil. Todo lo que limita nuestros instintos es difícil».
El autocontrol es una
cualidad de la persona y, por tanto, supera el ámbito de lo estrictamente
deportivo. Sin embargo, el deporte puede colaborar positiva o negativamente a que
esta característica tome cuerpo en la actitud de los deportistas. La labor del
entrenador en este terreno deberá consistir en fomentar en su equipo un
ambiente sereno y alegre donde el jugador se encuentre atendido y comprendido: estimulado.
Llevar a cabo esta tarea
supondrá crear un clima de confianza tal que sea capaz de encauzar
positivamente tanto la desazón como el entusiasmo de sus jugadores para que no
deriven por un lado en rabietas, insultos o hirientes críticas ni por otro en
burlas o vanaglorias. Al mismo tiempo se deberá ayudar a que los
acontecimientos se enjuicien una vez apaciguada la tensión del primer momento,
donde lo subjetivo prevalece sobre lo objetivo. Una vez transcurrida esta
situación se está en condiciones de analizar con ecuanimidad lo sucedido con el
fin de extraer experiencias útiles.
Otro aspecto a tener en
cuenta será el potenciar el espíritu de colaboración entre los componentes del
equipo. Para ello habrá que ayudarles a comprender los errores de sus compañeros
y a que estén más prestos a animarles que a criticarles.
El clima de confianza
antes aludido debe propiciar también que cada jugador comprenda sus propios
errores y limitaciones. Los errores han de servirle de experiencia; el descubrimiento
de las limitaciones, de estímulo para perfeccionarse y para saber aprovechar
sus bazas.
Pero la eficacia de esta
labor quedaría seriamente dañada si faltase coherencia en el comportamiento del
entrenador. Esta coherencia puede concretarse en tres puntos:
1. Ejercer el
autocontrol consigo mismo.
2. Estar suficientemente
disponible para sus jugadores de manera que puedan acudir a él siempre que sea
preciso.
3. Estar dispuestos a
aplicar medidas disciplinarias a aquellos jugadores que se obstinan en no
corregir sus hábitos de conducta negativos.
c) Respeto al Reglamento y a las decisiones arbitrales
Emilio Mauriz (5)
publicaba en un periódico barcelonés: «Las reglas del fútbol, como las de otros
muchos deportes, fueron una invención de los ingleses, y técnicamente
resultaron casi perfectas, ya que en más de un siglo apenas han sufrido
variaciones. En ellas todo es concreto, todo tiene una finalidad: que el fútbol
sea un juego noble y deportivo. Esto obliga a que los futbolistas conozcan el
Reglamento. ‘La Vanguardia’, a través de una encuesta entre 26 jugadores de equipos
catalanes encuadrados en equipos de Primera y Segunda División, quiso averiguar
el nivel de conocimiento de las citadas «reglas». El resultado de la encuesta
lo calificaba de «inquietante», lo cual quedaba de manifiesto en el titular de
dicha información: «El Reglamento, gran desconocido de buena parte de los
futbolistas».
Difícilmente se pueden
respetar las reglas si no se conocen bien. La tarea de dar a conocer las reglas
a los jugadores incumbe al entrenador, como es obvio, y su explicación debe
formar parte de la preparación teórica prevista. Al mismo tiempo los consejos
impartidos a los jugadores no deben marginar al Reglamento aunque,
aparentemente, de ello dependa la posibilidad de conseguir un resultado favorable.
De lo contrario, se incorporan elementos negativos adicionales que desvirtúan
el desarrollo de los encuentros derivando fácilmente en incidentes.
En lo que hace
referencia al respeto a las decisiones arbitrales cabe señalar que conviene
sobremanera a los conjuntos facilitar la labor del árbitro, pues ello colabora
a que los encuentros transcurran con normalidad. Las protestas e improperios en
alguna ocasión pueden significar que se rectifique una decisión; de ordinario
sólo añaden tirantez, pudiendo afectar al estado anímico del encargado de
dirigir el partido con el indudable prejuicio que esto supone.
Jaime Dalmau (6)
proponía: «Enseñar a arbitrar y así aprenderán a jugar». Puede ser un buen
medio para ayudar a valorar la labor del árbitro.
Condicionantes
No ha de sorprender al
entrenador que su trabajo en el fomento del espíritu deportivo pueda ser
cuestionado. De hecho la valoración de la tarea que realiza queda, en muchas
ocasiones, a expensas de los resultados inmediatos. No cabe duda de que esta
situación dificulta en gran medida la posibilidad de llevar a cabo una labor
seria y profunda cuyos frutos son consecuencia de la asimilación del trabajo
realizado, no dependiendo exclusivamente de la inspiración del momento.
En ocasiones dicha
actitud es propiciada por la importancia del evento: «nos jugamos la
permanencia», «es nuestro eterno rival»… En otras, serán razones de tipo
económico: «la economía del club», «los contratos publicitarios», «las primas»,
«las renovaciones de contrato»… Hasta pueden argumentarse razones de Estado:
«el prestigio de la Nación». Todo ello parece querer transmitir al preparador: «arréglatelas
como puedas pero has de sacar el partido adelante», algunas veces incluso
acompañado de los famosos «ultimátums». Lo que no se atiende a considerar —no parece
que importe— es si se ha de conseguir por medios deportivos o antideportivos.
En otras circunstancias
las dificultades pueden derivarse de la actitud de algunos jugadores,
especialmente aquellos que sobresalen técnicamente, cuyo comportamiento es deficiente
en tal medida que puede aconsejar prescindir de su concurso mientras no mejore
su conducta con el fin de que su ejemplo no repercuta negativamente en el resto
de sus compañeros.
Beneficios
Frente a los
condicionamientos apuntados, ¿qué beneficios puede reportar al entrenador la
promoción del espíritu deportivo? Sin ánimo de ser exhaustivo, a continuación
se relacionan algunos de ellos:
1. Se potencia la labor
de conjunto.
2. Se facilita la
concentración en el juego.
3. Se favorece la
aplicación de los planteamientos tácticos como consecuencia del espíritu de
lucha y superación.
4. Se propicia la
armonía en el equipo.
5. Se estimula la
fortaleza anímica de los jugadores, situándolos en condiciones de responder
favorablemente ante las dificultades que se les presenten.
6. Se evitan
complicaciones innecesarias con los árbitros, con el público y con los equipos
adversarios.
Conclusión
A través de los párrafos
precedentes se ha ido argumentando en favor de que la deportividad esté
presente en las competiciones. Esta tarea incumbe a todos los que de una manera
u otra participan en la actividad deportiva. Sin embargo, en el presente
artículo se ha hecho mención específica al entrenador, de cuya actuación
depende, en gran medida, que este trabajo pueda llevarse a cabo eficazmente.
Como ya se ha
manifestado, esta labor —como cualquiera que se precie— no está exenta de
dificultades, pero los beneficios que se pueden obtener deben ser estímulo para
trabajar con tesón con el fin de alcanzar esta meta.
Para finalizar, deseo
dejar constancia de la opinión de un joven de quince años (7) vertida en un
escrito sobre la deportividad, del cual entresaco unos párrafos con el fin de que
nos animen en este afán: «Gracias al juego y al deporte, nuestro carácter y
manera de ser mejora en gran manera, dado que, sin darnos cuenta, aprendemos a
sufrir la dureza del entrenamiento, a soportar el agradable esfuerzo de la
competición y lo que es más importante, a someternos voluntariamente a las
reglas del juego del deporte que practicamos y a respetar a nuestro adversario,
que bien pronto se convierte en nuestro amigo. (…) Es imprescindible aceptar las
leyes y reglamentos del juego y disputar el balón hasta las últimas
consecuencias, vayamos perdiendo o ganando, pero con la condición indispensable
de respetar a nuestros rivales, sin los cuales no podríamos jugar. (…) Resumiendo,
la deportividad consiste en :
—Luchar lealmente,
—Competir con nobleza,
—Respetar al adversario,
—No envanecerse con el
triunfo, ni hundirse en la tristeza con la derrota».
Bibliografía consultada
(1) Cuevas, Jesús:
Violencia, ¿por qué? «El Entrenador Español» (Madrid) n.º 20, abril 1984.
(2) Dalmau, Jaime:
Organización y mejora de la orientación y conducta de los alumnos en las
Escuelas Deportivas. Notas Técnicas (Barcelona), diciembre 1977.
(3) Porcel, Baltasar:
Derrotas del Rey. «La Vanguardia», 22 de mayo de 1986.
(4) Salvador, Tomás: La
Escuela de Don Cato. Capítulo VIII: lección de Urbanidad.
(5) Mauriz, Emilio: El
Reglamento, gran desconocido de buena parte de los futbolistas. «La
Vanguardia», junio de 1985.
(6) Dalmau, Jaime:
Artículo citado en (2).
(7) Ortiz, Alejandro,
alumno de un Programa de Mantenimiento Físico y Recreación en la Escuela Deportiva
Brafa (Barcelona): la Deportividad, noviembre 1985.
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