diumenge, 5 de juliol del 2015

Enseñar deportividad

Reproduzco un artículo que me publicó la revista “El entrenador español” hace cerca de 30 años, también se publicó en Argentina y Uruguay. Lo transcribo tal cual, sin cambios de lenguaje o estilo, convencido de que su contenido sigue teniendo interés en la actualidad.

El entrenador como educador de la deportividad
Publicado en "El entrenador español. Fútbol" nº 29 2ª época, octubre de 1986, páginas 30 a 32.
Texto: JOAQUIN MONTOLIU.
Entrenador regional del Colegio Catalán

La importancia de la deportividad en el desarrollo de las competiciones deportivas suele ser un aspecto incuestionable. Sin embargo, con harta frecuencia su influencia apenas se percibe en los acontecimientos deportivos.
¿Qué sucede? Fundamentalmente se debe a que la práctica deportiva se desorbita y, como consecuencia, otros factores, —fuera de los estrictamente deportivos— pasan a tener mayor importancia.
Dentro de este ámbito, el entrenador puede colaborar eficazmente para que en dichas confrontaciones prevalezca la deportividad. Su labor, que siempre es importante, adquiere especial relevancia cuando instruye a jóvenes jugadores.
Siguiendo esta pauta, Jesús Cuevas (1) hacía el siguiente llamamiento a los entrenadores del fútbol base: «Sed por encima de todo educadores, porque si a esta dedicación desinteresada le unís el intentar crear una nueva generación basada en la nobleza deportiva, es posible que dentro de unos años, en la prensa de los lunes, podamos leer en muchas crónicas de partidos y en el apartado de incidencias: “a resaltar la gran deportividad de ambos conjuntos que facilitaron la labor arbitral y que contagiaron a los aficionados”».
Llevar a la práctica el criterio apuntado en el párrafo anterior supone, para el entrenador, impregnar toda la preparación de acuerdo con los principios básicos del espíritu deportivo.
¿Qué aspectos configuran estos principios? Siguiendo a Jaime Dalmau (2), se pueden distinguir tres apartados:
a) Espíritu de lucha y superación constantes.
b) Autocontrol.
c) Respeto al Reglamento y a las decisiones arbitrales.

a) Espíritu de lucha y superación constantes
El jugador debe ser consciente de que el rendimiento se adquiere como consecuencia de un trabajo continuado y que difícilmente será capaz de descubrir sus posibilidades si no desarrolla sus cualidades físicas y técnicas, lo que supone un incremento paulatino del grado de exigencia. En este supuesto, la labor del entrenador ha de consistir en hacer agradable la preparación prevista: motivando las superaciones, ilusionándoles por las metas altas y escogiendo formas didácticas atractivas.
Como los niveles adquiridos y el grado de asimilación difieren de un jugador a otro, los planes de trabajo deben adecuarse a estas peculiaridades con el fin de poder evaluar suficientemente los progresos realizados. Puede resultar útil que conozcan cómo se han forjado los deportistas que han sobresalido, siempre y cuando sea de forma positiva, conjugando los éxitos con el esfuerzo y la dedicación. La información que suelen recibir se asemeja, de ordinario, a lo que mencionaba un conocido periodista y escritor (3): «Sus imágenes bombardean a la opinión pública, pero al igual que las de los anuncios: de forma superficial y con programada e interesada finalidad».

b) Autocontrol
La dificultad que entraña la educación de esta faceta puede quedar reflejada en el siguiente relato de un novelista (4): la escena transcurre en el interior de una escuela rural. El profesor, don Cato, está hablando a un grupo de alumnos, de edades diversas, de la urbanidad. De pronto, su exposición es interrumpida por un chico de unos diez años, apodado ‘El Chuta’, que pregunta: «¿No hay que pegar patadas al portero?». Pacientemente el profesor le contesta: «Eso es deportividad, Chuta, pero, ya que lo preguntas, te diré que no. Un buen jugador tiene que ser también un caballero, respetar al contrario y obedecer las reglas». No muy convencido, el Chuta exclama: «¡Pues sí que es difícil eso!»; a lo que don Cato responde: «Sí, es difícil. Todo lo que limita nuestros instintos es difícil».
El autocontrol es una cualidad de la persona y, por tanto, supera el ámbito de lo estrictamente deportivo. Sin embargo, el deporte puede colaborar positiva o negativamente a que esta característica tome cuerpo en la actitud de los deportistas. La labor del entrenador en este terreno deberá consistir en fomentar en su equipo un ambiente sereno y alegre donde el jugador se encuentre atendido y comprendido: estimulado.
Llevar a cabo esta tarea supondrá crear un clima de confianza tal que sea capaz de encauzar positivamente tanto la desazón como el entusiasmo de sus jugadores para que no deriven por un lado en rabietas, insultos o hirientes críticas ni por otro en burlas o vanaglorias. Al mismo tiempo se deberá ayudar a que los acontecimientos se enjuicien una vez apaciguada la tensión del primer momento, donde lo subjetivo prevalece sobre lo objetivo. Una vez transcurrida esta situación se está en condiciones de analizar con ecuanimidad lo sucedido con el fin de extraer experiencias útiles.
Otro aspecto a tener en cuenta será el potenciar el espíritu de colaboración entre los componentes del equipo. Para ello habrá que ayudarles a comprender los errores de sus compañeros y a que estén más prestos a animarles que a criticarles.
El clima de confianza antes aludido debe propiciar también que cada jugador comprenda sus propios errores y limitaciones. Los errores han de servirle de experiencia; el descubrimiento de las limitaciones, de estímulo para perfeccionarse y para saber aprovechar sus bazas.
Pero la eficacia de esta labor quedaría seriamente dañada si faltase coherencia en el comportamiento del entrenador. Esta coherencia puede concretarse en tres puntos:
1. Ejercer el autocontrol consigo mismo.
2. Estar suficientemente disponible para sus jugadores de manera que puedan acudir a él siempre que sea preciso.
3. Estar dispuestos a aplicar medidas disciplinarias a aquellos jugadores que se obstinan en no corregir sus hábitos de conducta negativos.

c) Respeto al Reglamento y a las decisiones arbitrales
Emilio Mauriz (5) publicaba en un periódico barcelonés: «Las reglas del fútbol, como las de otros muchos deportes, fueron una invención de los ingleses, y técnicamente resultaron casi perfectas, ya que en más de un siglo apenas han sufrido variaciones. En ellas todo es concreto, todo tiene una finalidad: que el fútbol sea un juego noble y deportivo. Esto obliga a que los futbolistas conozcan el Reglamento. ‘La Vanguardia’, a través de una encuesta entre 26 jugadores de equipos catalanes encuadrados en equipos de Primera y Segunda División, quiso averiguar el nivel de conocimiento de las citadas «reglas». El resultado de la encuesta lo calificaba de «inquietante», lo cual quedaba de manifiesto en el titular de dicha información: «El Reglamento, gran desconocido de buena parte de los futbolistas».
Difícilmente se pueden respetar las reglas si no se conocen bien. La tarea de dar a conocer las reglas a los jugadores incumbe al entrenador, como es obvio, y su explicación debe formar parte de la preparación teórica prevista. Al mismo tiempo los consejos impartidos a los jugadores no deben marginar al Reglamento aunque, aparentemente, de ello dependa la posibilidad de conseguir un resultado favorable. De lo contrario, se incorporan elementos negativos adicionales que desvirtúan el desarrollo de los encuentros derivando fácilmente en incidentes.
En lo que hace referencia al respeto a las decisiones arbitrales cabe señalar que conviene sobremanera a los conjuntos facilitar la labor del árbitro, pues ello colabora a que los encuentros transcurran con normalidad. Las protestas e improperios en alguna ocasión pueden significar que se rectifique una decisión; de ordinario sólo añaden tirantez, pudiendo afectar al estado anímico del encargado de dirigir el partido con el indudable prejuicio que esto supone.
Jaime Dalmau (6) proponía: «Enseñar a arbitrar y así aprenderán a jugar». Puede ser un buen medio para ayudar a valorar la labor del árbitro.

Condicionantes
No ha de sorprender al entrenador que su trabajo en el fomento del espíritu deportivo pueda ser cuestionado. De hecho la valoración de la tarea que realiza queda, en muchas ocasiones, a expensas de los resultados inmediatos. No cabe duda de que esta situación dificulta en gran medida la posibilidad de llevar a cabo una labor seria y profunda cuyos frutos son consecuencia de la asimilación del trabajo realizado, no dependiendo exclusivamente de la inspiración del momento.
En ocasiones dicha actitud es propiciada por la importancia del evento: «nos jugamos la permanencia», «es nuestro eterno rival»… En otras, serán razones de tipo económico: «la economía del club», «los contratos publicitarios», «las primas», «las renovaciones de contrato»… Hasta pueden argumentarse razones de Estado: «el prestigio de la Nación». Todo ello parece querer transmitir al preparador: «arréglatelas como puedas pero has de sacar el partido adelante», algunas veces incluso acompañado de los famosos «ultimátums». Lo que no se atiende a considerar —no parece que importe— es si se ha de conseguir por medios deportivos o antideportivos.
En otras circunstancias las dificultades pueden derivarse de la actitud de algunos jugadores, especialmente aquellos que sobresalen técnicamente, cuyo comportamiento es deficiente en tal medida que puede aconsejar prescindir de su concurso mientras no mejore su conducta con el fin de que su ejemplo no repercuta negativamente en el resto de sus compañeros.

Beneficios
Frente a los condicionamientos apuntados, ¿qué beneficios puede reportar al entrenador la promoción del espíritu deportivo? Sin ánimo de ser exhaustivo, a continuación se relacionan algunos de ellos:
1. Se potencia la labor de conjunto.
2. Se facilita la concentración en el juego.
3. Se favorece la aplicación de los planteamientos tácticos como consecuencia del espíritu de lucha y superación.
4. Se propicia la armonía en el equipo.
5. Se estimula la fortaleza anímica de los jugadores, situándolos en condiciones de responder favorablemente ante las dificultades que se les presenten.
6. Se evitan complicaciones innecesarias con los árbitros, con el público y con los equipos adversarios.

Conclusión
A través de los párrafos precedentes se ha ido argumentando en favor de que la deportividad esté presente en las competiciones. Esta tarea incumbe a todos los que de una manera u otra participan en la actividad deportiva. Sin embargo, en el presente artículo se ha hecho mención específica al entrenador, de cuya actuación depende, en gran medida, que este trabajo pueda llevarse a cabo eficazmente.
Como ya se ha manifestado, esta labor —como cualquiera que se precie— no está exenta de dificultades, pero los beneficios que se pueden obtener deben ser estímulo para trabajar con tesón con el fin de alcanzar esta meta.
Para finalizar, deseo dejar constancia de la opinión de un joven de quince años (7) vertida en un escrito sobre la deportividad, del cual entresaco unos párrafos con el fin de que nos animen en este afán: «Gracias al juego y al deporte, nuestro carácter y manera de ser mejora en gran manera, dado que, sin darnos cuenta, aprendemos a sufrir la dureza del entrenamiento, a soportar el agradable esfuerzo de la competición y lo que es más importante, a someternos voluntariamente a las reglas del juego del deporte que practicamos y a respetar a nuestro adversario, que bien pronto se convierte en nuestro amigo. (…) Es imprescindible aceptar las leyes y reglamentos del juego y disputar el balón hasta las últimas consecuencias, vayamos perdiendo o ganando, pero con la condición indispensable de respetar a nuestros rivales, sin los cuales no podríamos jugar. (…) Resumiendo, la deportividad consiste en :
—Luchar lealmente,
—Competir con nobleza,
—Respetar al adversario,
—No envanecerse con el triunfo, ni hundirse en la tristeza con la derrota».

Bibliografía consultada
(1) Cuevas, Jesús: Violencia, ¿por qué? «El Entrenador Español» (Madrid) n.º 20, abril 1984.
(2) Dalmau, Jaime: Organización y mejora de la orientación y conducta de los alumnos en las Escuelas Deportivas. Notas Técnicas (Barcelona), diciembre 1977.
(3) Porcel, Baltasar: Derrotas del Rey. «La Vanguardia», 22 de mayo de 1986.
(4) Salvador, Tomás: La Escuela de Don Cato. Capítulo VIII: lección de Urbanidad.
(5) Mauriz, Emilio: El Reglamento, gran desconocido de buena parte de los futbolistas. «La Vanguardia», junio de 1985.
(6) Dalmau, Jaime: Artículo citado en (2).
(7) Ortiz, Alejandro, alumno de un Programa de Mantenimiento Físico y Recreación en la Escuela Deportiva Brafa (Barcelona): la Deportividad, noviembre 1985.

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