Reproduzco
un artículo que me publicó la revista “El entrenador español” hace 27 años. Durante
este periodo ha habido cambios notables que afectan a la edad de iniciación, la
mejora de las instalaciones y la adecuación del terreno de juego a la edad de
los jugadores. Pese a ello lo transcribo tal cual, sin cambios de lenguaje o estilo,
convencido de que contiene elementos igualmente válidos en la actualidad.
El fútbol base, criterios para un desarrollo
eficaz
Texto: JOAQUIN MONTOLIU. Entrenador regional de fútbol
El entrenador español – fútbol – nº 35 de la 2ª época – marzo de 1988
Con cierta frecuencia oímos hablar de la falta de calidad del fútbol
profesional, siendo muchas las personas autorizadas que coinciden en dicha
afirmación, dando a entender que sólo con una buena preparación físico-técnica
desde la base se puede mejorar la calidad de nuestro fútbol.
Son significativas las palabras que, en este sentido, expresa Santiago Coca
(1): «Sin contar con maestros que se vuelquen en las edades infantiles y
juveniles, el fútbol se nos va a morir de vulgaridad, y por eso defiendo, estoy
convencido de ello, el hecho de una responsabilidad educativa, en ese fútbol
estructurado desde la base, que pueda paliar, por una parte la penuria de la calidad
técnica que echamos en falta y, por otra, los descalabros económicos que
afectan a tantos equipos.»
Recuerdo por otra parte un comentario de Vicente Sasot, dirigido a futuros
entrenadores, en el que venía a decir que, en ocasiones, el entrenador de
equipos profesionales se encontraba con jugadores que no habían desarrollado
convenientemente sus cualidades técnicas, lo que condicionaba las posibilidades
técnicas y estratégicas del equipo.
Ante esta situación —que no es exclusiva del fútbol, pues ocurre también en
otros deportes—, la única solución que se vislumbra es la potenciación del
fútbol base. La promoción de una amplia masa de jóvenes futbolistas preparados
de forma progresiva e integral, necesariamente ha de conducir a mejorar la
calidad de los futuros profesionales de este deporte.
La etapa que comprende el comúnmente denominado fútbol de base se extiende
básicamente desde la categoría alevín hasta la juvenil, o sea, desde los once a
los dieciocho años, y tiene por principal objetivo que el jugador vaya
adquiriendo las destrezas técnicas necesarias para el dominio del balón en sus
distintas vertientes: conducción, control y golpeo. Sólo después de haber conseguido
un cierto grado de destreza individual, se pasará a facilitar los principios tácticos
que harán más eficaz su juego de conjunto.
Es imprescindible que, a lo largo de este período, vaya el chico recibiendo
la preparación física adecuada a cada etapa de su desarrollo. Esta preparación
será eminentemente multilateral, aunque también se desarrollarán aspectos
específicos para la práctica del fútbol.
En opinión de Jaime Dalmau —gerente de la Escuela Deportiva Brafa de
Barcelona—, «este período formativo no puede dirigirse exclusivamente al
aspecto técnico, sino que hay que fomentar una calidad humana en los jugadores,
a través del desarrollo de las virtudes». Un jugador con reconocidas cualidades
físicas, técnicas y tácticas, puede no ser útil al equipo por su escasa talla humana.
Todo el mundo conoce los problemas con que se encuentran algunos de los grandes
clubs que tienen en su plantilla jugadores polémicos, no precisamente por su
manifiesta calidad técnica, sino por su deficiente comportamiento.
Planteamientos técnico-teóricos
¿Cómo desarrollar esta etapa del deportista para que resulte eficaz?
Comúnmente se converge en que se ha de partir de un trabajo programado que
contemple el conjunto de conocimientos a proporcionar, en forma tal que se
adecue perfectamente a las necesidades y posibilidades concretas del joven y no
perjudique el desarrollo natural del mismo. Es obvio que este trabajo debe
individualizarse, adaptándose a las características propias de cada jugador, porque
lo que es bueno para uno no lo es tanto para otro.
Un aspecto a considerar dentro del planteamiento de la enseñanza del fútbol
es la competición. Ella nos ha de servir de banco de pruebas que nos permita
observar la asimilación de las enseñanzas por parte de los jugadores y para que
nos enriquezca en el conocimiento de los aspectos particulares de los mismos.
Es evidente que el proceso requerido para alcanzar los objetivos previstos
es largo y requiere, consecuentemente, cierto grado de paciencia por parte de
los jugadores, así como de los técnicos. Por otro lado, se requiere una
continua valoración del aprendizaje en función de los planes. El disponer de unos
planes de trabajo bien delimitados y en los que se pueda apreciar de forma
continua los niveles de adiestramiento a los que debe llegar el joven,
permitirá hacer las correcciones oportunas.
Por regla general, pretender éxitos en breve plazo conduce a un rompimiento
del proceso de aprendizaje, buscando un rendimiento próximo y condicionando el futuro.
Por otra parte, estos éxitos prematuros suelen buscarse unilateralmente por
parte del entrenador, anteponiendo el éxito personal al provecho del chico. Es
indudable la importancia que tiene para el jugador la victoria, pues es un
estímulo que colma sus aspiraciones próximas. Sin embargo, la tarea educativa
no puede enfocarse bajo este prisma, ya que ello rompería los planes previstos
y alteraría el desarrollo normal de los entrenamientos en perjuicio del
jugador. Se sustituiría el fin formativo, mucho más amplio, por el éxito
próximo. En definitiva, acortaríamos el horizonte.
Siguiendo en esta línea, es oportuno recordar que en las edades a que nos
referimos, la persona experimenta continuos cambios en su estructura psíquica,
con marcadas influencias en el comportamiento físico-deportivo. Así se explica
cómo los jóvenes pueden pasar con rapidez de la mediocridad a la brillantez y
viceversa. Si el jugador encuentra un ambiente favorable, en cuanto confía en
él y en su futuro, prescindiendo de los estados de ánimo cambiantes de la
adolescencia, estará en disposición de asimilar las enseñanzas y de este modo
se facilitará una regularidad en su aprendizaje.
Planteamientos
técnico-prácticos
Los clubs que deseen realizar eficazmente este fútbol de base, no sólo
tendrán en cuenta los aspectos técnico-teóricos reseñados, sino que deberán
cuidar detalles organizativos prácticos sin los cuales difícilmente se puede
hacer una labor completa.
Es de desear que todos los jugadores componentes de la plantilla de un
equipo actúen con la mayor asiduidad posible, debido a que la actuación en el
terreno de juego es la mayor motivación del jugador y el modo de poder
demostrar sus cualidades. Teniendo en cuenta que el número máximo de jugadores
que participan en un encuentro oficial es de trece o quince, si queremos dar
cumplimiento a este interés de los chicos convendría que los equipos estuvieran
formados por dieciséis o dieciocho jugadores a lo sumo. Esto permitirá
compatibilizar el desarrollo de los compromisos deportivos y la labor educativa
prevista. La experiencia que se desprende de las plantillas amplias, cuyo
número de jugadores excede al apuntado en el párrafo anterior, indica que gran
parte de los chicos que no actúan, o que lo hacen en muy pocas ocasiones, dejan
de asistir a los entrenamientos, al menos de forma habitual.
Junto al aspecto indicado, es importante no caer en el error de
confeccionar un «equipo ideal» que, por una parte, limita las posibilidades de
los jugadores y, por otra, fácilmente puede provocar efectos negativos. Entre
estos efectos está la desilusión del jugador que no participa, y que no ve muy
posible su integración en el equipo base, salvo que medien factores externos —enfermedad
lesión…— en alguno de los componentes de dicho conjunto. Otro efecto negativo
se produce en el jugador que participa y que se siente muy seguro en su puesto,
pues puede engreírse y disminuir sus aspiraciones de mejora. Al ayudarles a
tomar conciencia de que no son imprescindibles, se les motiva a la lucha y
superación personal. La confección de un equipo ideal, generalmente supone la
especialización de cada uno de los jugadores para un puesto determinado, sin
observar su desenvoltura en otras demarcaciones, siendo esto una limitación para
los chicos que están en una edad de aprendizaje en la que difícilmente se puede
asegurar la idoneidad de cada individuo para los distintos puestos de un
equipo. El movimiento de posiciones de los jugadores acrecienta sus
posibilidades en el futuro y les enriquece al conocer las peculiaridades de
cada demarcación.
Los jugadores que han recibido una enseñanza táctica múltiple, habiendo
jugado en distintas posiciones, ofrecen, en el futuro, mayores posibilidades a
sus respectivos entrenadores, pues les permitirán a éstos organizar y dirigir
tácticamente al equipo de la forma más adecuada en cada encuentro.
Conclusiones
Con lo expuesto hasta ahora no se pretende poner en duda la buena labor
realizada por los entrenadores de equipos infantiles y juveniles, de ordinario
sacrificada y sin apenas compensaciones. Muchas veces los responsables de estos
equipos se sienten presionados por la directiva, los aficionados e, incluso las
familias, a quienes parece que tan sólo interesan los triunfos próximos, olvidándose
del futuro.
Para hacer realidad esta labor de conducir a los jóvenes jugadores de una
forma ordenada a la consecución de los fines indicados, habrá que insistir en
la conveniencia de un trabajo programado, con la flexibilidad necesaria para
poderse adaptar a las posibilidades de cada jugador. Será preciso también
contemplar la competición como el medio más adecuado para dar respuesta a los intereses
del chico y facilitarles así la posibilidad de autoevaluarse respecto a las
enseñanzas recibidas. De estas evaluaciones del aprendizaje, el preparador
extraerá las consecuencias precisas para efectuar las correcciones necesarias
para sus programas.
Esta labor de promoción sería de poco valor si no hubiese, entre todos los
implicados en la misma, un marcado interés por la educación integral de la persona.
Es necesario que el jugador vaya adquiriendo la talla humana precisa. Bajar los
objetivos a la mera instrucción técnico-deportiva no conduciría a dar
cumplimiento a esa premisa apuntada por Víctor Manuel Alvarez —siendo director
de la Escuela de Fútbol de Mareo—, en el prólogo de su libro «Iniciación al
Fútbol»: «El jugador nace; el futbolista se hace.»
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