El requerido voto de los
militantes
Pedro Sánchez precisaba un
acuerdo y ya lo tiene, además escenificado solemnemente. Se comprometió ante el
comité federal de su partido, en una maniobra para zafarse de las voces
críticas, a consultar a todos los militantes los pactos a los que llegase con
otras formaciones y necesitaba que alguno estuviera formalizado antes de
someterse al debate de investidura y ha llegado a tiempo. Hasta aquí todo
impecable, pero resulta que la pregunta que se formula a los afiliados no
concreta qué acuerdo es el que se vota, aunque el militante confiado pensará que
es el que se ha presentado a bombo y platillo con Ciudadanos. Si el resultado
de la consulta es favorable, la dirección socialista dispondrá de un aval
interno ilimitado para llegar a los pactos que estime oportunos.
¿A dónde lleva el acuerdo
firmado si es insuficiente por si solo para lograr la investidura? Para el PSOE tiene sobre todo un valor
estético. Algunos de sus efectos podrían ser los siguientes: salvar la
reputación de Sánchez ante la militancia, a pesar del contenido de la pregunta;
conseguir que Ciudadanos presione al PP para que se sume o lo acepte; reprochar
a Podemos que vaya a votar lo mismo que el PP en la investidura, los motivos no
se toman en consideración; reforzar la imagen de su líder, presentándolo como
un estadista capaz de entenderse con un amplio espectro de formaciones
políticas; alejar al PP de presidir el gobierno y frenar las pretensiones de
Podemos.
La estrategia seguida por los
firmantes del acuerdo es desconcertante y resulta difícil augurar lo que se
quiere conseguir, ya que parece bastante improbable que se logre la
investidura, salvo que se produzca un cambio radical de postura en el PP,
Podemos y el resto del arco parlamentario. Quizá el debate de la semana que
viene ayude descubrir la senda que permita salir del laberinto político en que
estamos inmersos. De momento continúa el suspense y no hay acomodador que nos
pueda explicar cómo acabará la película.
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