dilluns, 16 de novembre del 2015

Aprender a procrastinar

Filtrar la irrelevancia

Leí el ‘palabro’ en el titular de un artículo de opinión de Enrique García-Máiquez*. Me sonaba de algún texto en latín y efectivamente procrastinatio quiere decir dilación y en el diccionario de la RAE dice que procrastinar es diferir, aplazar.

Buscando imágenes por internet relacionadas con esta palabra la connotación del concepto es peyorativa.  Se la asimila a la pereza, como la de aquel miembro de la nobleza elegante, cortés y alérgico al trabajo, que comentaba que a veces tenía la tentación de ponerse a trabajar y cuando le preguntaban: “y entonces, ¿qué haces?”,  contestaba, “me echo en la cama y espero a que se me pase”.

Conocemos el refrán: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Una invitación a ser diligentes. Pero, a veces, el problema está en detectar qué es lo que realmente debes hacer en cada momento.

Estuve unos años trabajando como operador en el centro de cálculo de una entidad financiera. Nos llegaban órdenes de trabajo que había que procesar, pero solía pasar que los responsables después de atender una llamada telefónica interferían en la organización del operador con una orden de trabajo: “dale prioridad a esto sobre todo lo demás”. Pero no era extraño que poco después se cursase otra orden del mismo cariz, que suponía la pérdida de prelación de la anterior. En alguna ocasión la acumulación de órdenes prioritarias hizo exclamar al operador: “En qué quedamos, hay todas estos trabajos acumulados que son prioritarios sobre todos los otros”. La respuesta solía ser: “tú mismo, haz lo que puedas”.

Sin embargo, hay quien lo tiene más claro. En una reunión en Santiago de Compostela me sorprendió el comentario de uno de los asistentes hablando de los documentos que llegaban a su despacho para ser tratados con urgencia. Su lema era “lo urgente puede esperar, lo muy urgente debe esperar”. Su argumento era que entendía la urgencia como importancia, lo que significaba que cuanto más perentorio era el asunto con más detenimiento se había de tratar.

A los funcionarios de las administraciones públicas se les cuelga el sambenito de usar con bastante asiduidad la frase “vuelva usted mañana”, que inmortalizó Mariano José de Larra, para desembarazarse del sufrido contribuyente. También a algunos políticos se les atribuye el mérito de haber aprendido a tener en su despacho dos montones de papeles: “problemas que el tiempo aún no ha resuelto” y “problemas que el tiempo resolvió”. Se supone que es propio de los problemas que escampen.

Nicholas Carr
Pero las nuevas tecnologías han incidido para dar otra valoración del tiempo. Las facilidades de comunicación que nos ofrecen se traducen para muchos usuarios en esperar respuestas inmediatas a sus requerimientos, una impaciencia que afecta a su capacidad de concentración. Es un virus contagioso por mimetismo. Nicholas Carr** lo expresa de esta manera: “Durante los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien (o algo) ha estado cacharreando con mi cerebro, rehaciendo la cartografía de mis circuitos neuronales, reprogramando mi memoria. No es que ya no pueda pensar (por lo menos hasta donde me doy cuenta), pero algo está cambiando. Ya no pienso como antes. Lo siento de manera muy acentuada cuando leo. Sumirme en un libro o un artículo largo solía ser una cosa fácil. La mera narrativa o los giros de los acontecimientos cautivaban mi mente y pasaba horas paseando por largos pasajes de prosa. Sin embargo, eso ya no me ocurre. Resulta que ahora, por el contrario, mi concentración se pierde tras leer apenas dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. Es como si tuviera que forzar mi mente divagadora a volver sobre el texto. En dos palabras, la lectura profunda, que solía ser fácil, se ha vuelto una lucha.”

Para alcanzar la cumbre espiritual Josemaría Escrivá da un consejo: “¿Quieres de verdad ser santo? -Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces.” (Camino, 815) Si estamos dispuestos a seguirlo, quizá hará falta en bastantes ocasiones aprender a procrastinar un montón de ‘ineludibles’ asuntos irrelevantes.

* Enrique García-Máiquez: Procrastinación, Revista Nuestro Tiempo, número 685, otoño de 2014.



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